Acerca del robo de historias y otros relatos, de Gueorgui Gospodínov

Hay escritores que gozan de una envidiable facilidad para despertar en sus lectores una disposición favorable desde las primeras páginas de sus libros. Unos pocos, como el búlgaro Gueorgui Gospodínov (1968), lo logran incluso antes. El simpático y desenvuelto prefacio, «Prehistorias», que encabeza la edición de su nuevo libro de cuentos, Acerca del robo de historias y otros relatos (Impedimenta, 2024), es una buena muestra de ese talento. Con tan solo tres páginas, el autor nos hace sentirnos casi cómplices de su narrativa, compartiendo con nosotros no solo algunos detalles interesantes de los textos que conforman su libro, sino también un par de reflexiones espontáneas, verdaderos «fogonazos» de lucidez, acerca de lo literario. Una mínima poética que nos convence, aunque de momento no la necesitemos mucho. Si algo tienen estos relatos de Gospodínov es que hablan por sí mismos, y la única incógnita que nos plantean ―y que desearíamos despejar― es la de por qué nos gustan tanto. Quizás su original y cercana sencillez mueva en nuestro interior alguna fibra lectora que teníamos adormecida.

El hecho de que el libro reúna textos de distintas fechas y procedencias (el autor nos lo ha desvelado con todo detalle) no le quita unidad al conjunto, que descansa, a mi manera de ver, en un perfecto equilibrio entre varios principios contrapuestos. De un lado, la admirable sencillez de los relatos, que no está reñida con su indiscutible originalidad, que no nace tanto de una especial elaboración o complejidad del lenguaje como de la elección de los asuntos y una gran libertad en la construcción y desarrollo de las tramas (y donde el giro inesperado es moneda corriente). El estupendo relato que abre la colección, «La octava noche», en el que se recoge una parodia de conferencia enmarcada entre dos breves textos fantásticos, define bastante bien el alcance del libro. Por otro lado, el tono humorístico de los relatos, casi siempre irónicos o incluso paródicos, no les quita un ápice de cercanía, tanto por el hálito cordial que el autor infunde a sus historias como por la humanidad que les brindan sus personajes, pertenecientes en su mayoría al pueblo búlgaro más llano. Un buen representante lo tenemos en ese vagabundo llamado Gaustín, el protagonista de «El hombre de los muchos nombres»: uno de esos locos cuerdos que, como el Licenciado Vidriera de Cervantes, sientan cátedra en plazas y esquinas. El humor con el que Gospodínov nos transmite esa peculiar idiosincrasia búlgara que respiran muchos de sus personajes se canaliza con frecuencia a través de su confrontación irónica con un supuesto mundo más «moderno» o «civilizado». Una aparente burla que en realidad trae a primer plano unos valores humanos que quizás se estén perdiendo en aras de una mayor sofisticación y el culto a las apariencias.

Pero donde mejor se percibe el juego paródico de Gospodínov es en aquellos relatos que parecen apuntar a determinados géneros y estilos literarios. Se trata de historias casi siempre humorísticas, pero en las que es posible hallar desenlaces dramáticos o incluso cruentos. Uno de los relatos más interesantes es «Vaysha la Ciega», compuesto con las hechuras de un cuento folklórico, pero resuelto formalmente de manera muy singular. En un primer momento, el cuento parece entenderse como una alegoría de nuestra neurótica dificultad para vivir el presente, pero un inesperado giro final sumerge el texto en el ámbito metaliterario. A pesar de su trágico desenlace (que parece escrito por Andersen), «El regalo tardío» no deja de ser un divertidísimo cuento de Navidad, protagonizado por un ingenuo mendigo que se cree el protagonista involuntario de un reality. Su ridícula actuación ante la cámara del escaparate le vale al autor para burlarse de su vanidad, pero también de esos tópicos de corrección pequeño burguesa que todos llevamos encastrados en el fondo del alma. Sin embargo, el mensaje que a modo de testamento nos lega el pordiosero denota sabiduría: la felicidad es el regalo que llega a tiempo. En un registro muy distinto podemos situar «L», una imaginativa parodia de relato policial que fuera publicada en su día (así nos lo revela el autor) en Ellery Queen Mystery Magazine. Se trata de una historia bastante macabra, salpicada con algunos guiños explícitos a la Lolita de Nabokov. Lo cómico del asunto es que un concurso literario pueda servir de cebo para atrapar a un asesino aficionado a la escritura. «El tercero» es otro relato paródico de intriga y terror, de inesperado final, en el que Gospodínov parece burlarse de aquellos lectores que necesitan ―como el propio marido de la protagonista― una explicación o glosa final para poder enterarse de algo. Como cabía suponer, el relato amoroso no iba a librarse de comparecer en esta divertida galería de espejos deformantes que nos regala Gospodínov. «Peonías y nomeolvides» narra una acelerada historia de amor, entre fantástica y paródica, que se desarrolla en la sala de espera de un aeropuerto. Un relato dotado de encanto en todos y cada uno de sus pequeños detalles, y cuyo desenlace parece remitirnos al Wakefield de Hawthorne.

Como ya anticipamos, otro aspecto destacable del libro de Gospodínov es el de dar entrada en sus páginas a historias y personajes de su Bulgaria natal. En unos casos, los relatos tienen un cierto componente de crítica histórica; en otros, parecen representar sencillas escenas de tipo «costumbrista». Dentro del primer grupo, uno de los más explícitos es «Forjando el pendiente búlgaro», donde al autor traza una visión alegórica de las penalidades sufridas por el pueblo búlgaro a lo largo de la pasada centuria: una historia de derrota que tuvo su punto de inflexión en la revolución de 1989, pero que no parece haber alcanzado todavía su fin. Las frustraciones de índole histórica que otros pueblos cargan sobre sus espaldas, los búlgaros las llevan ―sin duda, más dolorosamente― prendidas del lóbulo de la oreja. En una parecida línea de reflexión histórica podemos situar «Gaustín», relato con el que Gospodínov cierra su libro. «El hombre de los muchos nombres» reaparece para protagonizar un relato que incide en algunos episodios significativos de la historia del siglo XX, tanto europea como búlgara, que el personaje revive como testigo, gracias a su locura, con sesenta años de retraso. La historia quizás no esté condenada a repetirse, pero sí a parecerse de manera inquietante. Un tono mucho menos dramático hallamos en el relato titulado «Los paños menores de la historia»: una humorística y nada ácida estampa rural de la Bulgaria de finales de los años 70 coloreada por algunos recuerdos de infancia. Los protagonistas de la intrahistoria ―es decir, de los «paños menores» de la historia― casi siempre arrojan una sombra menos opresiva que la de sus actores principales.

Pero las alusiones de Gospodínov a su país dan su mejor fruto literario cuando se desarrollan en un ámbito más reducido, como a modo de modernas estampas costumbristas. Son relatos generalmente humorísticos, donde el autor pretende representar, con tanta ironía como afecto, el «alma» búlgara. Unos encantadores «cuadros» en los que no faltan, en ocasiones, algunos toques autobiográficos, reales o inventados. Tal es el caso de «Primeros pasos», un delicado y cómico popurrí de recuerdos de infancia, donde abuelos, amigos de escuela y primeras lecturas contribuyen a dibujar el paisaje de un mágico reino que no tardará en desaparecer. Dentro de esta categoría narrativa que me he atrevido a denominar «costumbrista», podemos distinguir un grupito de cuentos que se desarrollan en el tren: un lugar idóneo para entrar en contacto con el pueblo. Uno de los mejores es el que da título al libro, «Acerca del robo de historias», donde Gospodínov reivindica la relevancia y actualidad de la tradición oral transmitiéndonos tres historias, protagonizadas por personas de etnia gitana, escuchadas en el tren. Entre ellas destaca la de un violinista ambulante que se gana la vida tocando melodías populares en vagones de tercera, pero que es capaz de emular, cuando quiere y le dejan, al mismísimo Nigel Kennedy interpretando a Vivaldi. «Una segunda historia» es aparentemente poco más que una anécdota graciosa que se desarrolla también en un tren. Pero como sucede en todos los relatos de Gospodínov, bajo la superficie subyace un significado más profundo: las palabras, más que acercarnos, parece que nos distancian, quizás porque la simpatía se mueva en un estrato más profundo e instintivo que el lenguaje. «Historia con estación» es un brevísimo cuento que vuelve a incidir, con mucha ironía y un punto de exageración, en la peculiar mentalidad de las clases populares búlgaras, puesta en evidencia por su económico aprovechamiento de los retretes «de pago» en una estación alemana. En la misma línea cabe situar otro texto aún más reducido, «Mosca en el urinario», una nueva «confrontación» búlgaro-alemana que leeremos con una sonrisa en los labios, pero sin olvidar que, como nos advierte el autor, «ya ninguna historia es inofensiva». Y he dejado para el final uno de los relatos, a mi manera de ver, más encantadores del libro: «Kristín que saluda desde el tren». Una historia mínima, pero cargada de lirismo, que da cuenta de la facundia imaginativa del escritor, que se ve desatada por un ademán tan sencillo como el de saludar al paso del tren. Un gesto espontáneo que, como otros muchos, también vamos perdiendo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El tren pasaba por Europa Central, por algún sitio allende los Tatras, por todo el eslavismo del paisaje, entre largas hileras de alfalfa segada, dientes de león y margaritas. Las amapolas junto a las vías se habían vuelto locas. Tenía la sensación de que todas las compañías de ferrocarriles centroeuropeas se mantenían fundamentalmente gracias a la venta de opio. El sol ya se ponía, el ocaso sobre esos valles prometía ser infinito, y Kristín, asomada por la ventanilla, resplandecía como si estuviese hecha de papel de estaño. Recordé lo que decían de que un solo aleteo de mariposa podría cambiar el mundo».
«Habían agotado todos los temas que podían mantener viva una conversación entre dos desconocidos. Y el silencio empezaba a volverse indecoroso. La mesita entre ellos estaba abarrotada de vasos de plástico vacíos que habían adoptado formas de lo más inesperadas de tanto dar vueltas en sus manos. Los palillos para remover el café hacía mucho que estaban desmenuzados en los trozos más pequeños posibles, los sobrecitos de azúcar vacíos se habían transformado en conos y barcos en miniatura».
Traducción de María Vútova
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Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero, de Francisco Hermoso de Mendoza

Dicen que la cabra tira al monte, y no era de extrañar que Francisco Hermoso de Mendoza, tras ofrecernos tres estupendos libros de narrativa, se resolviera a obsequiarnos con uno de crítica literaria. Que para eso es el amo y señor de Devaneos, uno de los blogs más interesantes y completos del panorama literario actual. Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero (Ápeiron, 2024) es un precioso y diminuto volumen que no alcanza las cien páginas. Mientras me entregaba a su lectura, me parecía tener entre las manos uno de aquellos encantadores libretti de bolsillo que editaba Ricordi (también en 15×10) para los aficionados a la ópera. Como ellos, el libro de Hermoso de Mendoza es también una pequeña llave, que en su caso sirve para abrir el cajón donde se guarda la música de un autor con aura de inescrutable: Roberto Vivero. De parecida manera a como el libreto sin la música tiene a la vez un sentido completo e incompleto, este breve estudio de Hermoso de Mendoza reclama como ineludible la lectura del autor al que se dedica, pero también constituye un logro en sí mismo. Reconocida la dificultad de conquistar la fortaleza, el texto crítico -«reseña fracasada»- se viste de literatura para poder levantarse y dar cuenta, al menos de manera indirecta, de lo que se oculta al otro lado de la muralla.

Hay mucha modestia en el título elegido por Hermoso de Mendoza para su libro, quizás porque no ha pretendido diseccionar las entrañas de la obra de Roberto Vivero, sino algo bastante diferente. Tal como se expresa en el interesante e instructivo epílogo que cierra el volumen, son varios los niveles de aproximación que permite un texto literario: desde el que solo exige una lectura espontánea y ligera, propia del lector común, al que se marca como objetivo un filólogo que necesita fundamentar su tesis doctoral. Este que ha escogido Hermoso de Mendoza para su monografía me parece que es el más adecuado a su brevedad (y nada sencillo, por cierto). En lugar de dar cuenta milimétrica de la obra de Vivero, nos la ha pintado reflejada en su entusiasmo. Es decir, ha alumbrando un segundo texto, también literario, que no pretende «abreviar» ni «traducir» nada, sino solo transmitirnos una suerte de «reconocimiento» a la obra de un escritor que sin duda admira.

En su breve capitulo preliminar, «¿Existe Roberto Vivero?», Hermoso de Mendoza resume algunos de los rasgos esenciales de la escritura del autor: su carácter experimental, su dificultad y su dureza (es decir, «su libertad estética y ética»), así como esa «amarga reflexión sobre la condición humana» que rezuma en algunas de sus páginas. Son los de Vivero unos textos, en su mayoría, muy celosos de su arte y cerrados sobre sí mismos, casi como fortalezas. Una obra, en suma, que se ha gestado como el fruto de un proceso de «investigación» y que se resiste a las simplificaciones y al etiquetado. Para cada obra en concreto, para las que componen el canon más selecto y cerrado de Vivero (que se extiende no solo a lo narrativo, sino también -en menor medida- al teatro y a la poesía), Hermoso de Mendoza ha escrito una colección de artísticas reseñas que obran una aproximación indirecta y amistosa, y donde el discurso crítico unas veces «explica» y otras refleja. O las dos cosas a la vez. ¿Qué pretende ser, sino un espejo, ese elaborado comentario en un solo párrafo referido a Grita?

Desde este punto de vista, creo que la labor que se proponía Hermoso de Mendoza al emprender esta difícil singladura ha quedado airosamente resuelta. Es la suya una invitación a la lectura sincera, que nace de la atracción que experimenta por una obra compleja y poco difundida, que ha leído con mucha atención y placer. Al fin y al cabo, la lectura es una aventura personal, y hasta el más versado y detallista crítico alfa es solo un lector. Lo que queda de la obra, su residuo irreductible tras sufrir una explicación, ya sea minuciosa o sumarísima, es todavía y precisamente lo literario. El libro de Hermoso de Mendoza quizás no nos permita allanar la fortaleza, pero sí acercarnos y echar un vistazo por encima de las almenas. El valioso botín que nos señala quizás nos anime a escalarlas por nuestra propia cuenta. Que de eso se trata.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Leer a Vivero nos obliga a rumiar, para decirlo con Nietzsche. Es ir en busca de un sentido que no resulta evidente en una primera lectura, como si las palabras tuvieran tal fulgor que costase mirarlas a los ojos de buenas a primeras. Hemos de ser pacientes, leer y coger distancia, como ante el cuadro que cobra sentido cuando nos alejamos de él y nos situamos a la distancia justa, la misma que ofrece aquí la tan necesaria y aconsejada relectura».
«En la poesía ayudan los signos de puntuación. Vivero nos invita al «búscate la vida». No hay comas ni puntos, sí un texto que cae en cascada durante casi ochenta páginas. Texto con palabras en castellano, alemán y griego. Formulo la consulta del texto en alemán en un grupo amigo de WhatsApp de gente que habla alemán: se traduce pero no se entiende. Dicen. Así es el arte. Dicen. Conclusión perfecta. Dicen. Palmas, palmitas. Asusta lo que no se entiende, prosigo, aquello velado que no se descifra, el texto viscoso cuyas palabras son un misterio, digo. Aquello que hace rechinar nuestros cojinetes mentales, que nos da de cabezazos contra un muro de las lamentaciones, que nos hace avanzar por una escalera a oscuras y cuyas pareces están llenas de agujeros negros, afirmo».
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Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest y otros relatos, de Gonçalo M. Tavares

Hace ya tiempo que la literatura nos enseñó que no es preciso viajar a países exóticos para entrar en contacto con lo extraño y maravilloso. Lo que para Stevenson fuera la capital británica (una «Bagdad de occidente»), Gonçalo M. Tavares (1970) parece querer encontrarlo en las diversas ciudades europeas que conforman el paisaje de Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest (2022). Bellamente editado por Nórdica Libros, el volumen está compuesto por tres relatos muy diferentes pero relacionados entre sí, que se desarrollan en cuatro capitales centroeuropeas y forman parte de un proyecto más amplio titulado Las ciudades. La notable originalidad de los textos integrantes se le manifiesta al lector en un crescendo de sorpresa e «interioridad»: de la crónica de dos viajes insensatos al delirante deambular de una joven por las calles de Berlín, pasando por un extraño vampiro que prefiere la tinta fotográfica a la sangre. Entre lo improbable y lo fantástico media un abismo estrecho pero muy profundo. El arte de Tavares, para felicidad del lector, consiste en aproximar sus lindes hasta casi confundirlas.

El primero de los relatos, «Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest», yuxtapone dos historias paralelas que no parecen tener otro nexo en común que el de narrar sendos viajes simultáneos que se hacen entre las dos ciudades enunciadas en el título. En una de ellas se narra el robo de una estatua de piedra de Lenin ―por cuenta de un coleccionista millonario― que dormita abandonada en un olvidado almacén de Budapest. Se trata de una de aquellas innumerables efigies conmemorativas que adornaban pueblos y ciudades a lo largo y ancho de todo el paisaje soviético, y que luego fueron retiradas. No siempre se renunció a erigírselas en beneficio de un homenaje de índole más práctica (como hicieran los tejedores de alfombras de Kujan-Bulak, según nos cuenta Brecht en sus Historias de almanaque). Por un avatar comparable al que sufrió Luis XVI ―fue apresado y decapitado, tras ser identificado por su efigie en las monedas―, los ladrones le cortarán ahora la suya a Lenin, a fin de que no pueda ser reconocido: cuerpo y cabeza viajarán por separado. La segunda historia que conforma el relato cuenta la macabra odisea de un joven que viaja de Bucarest a Budapest para traerse en el coche el cadáver putrefacto de su difunta madre. Es muy probable que el lector avisado establezca alguna clase de paralelismo o moraleja entre estos dos delirantes viajes de «cuerpos» sin vida, pero en el relato solo confluyen, digamos topográficamente, en el puesto fronterizo, y de manera inadvertida ―aunque decisiva― para sus respectivos agonistas. Para algunos será una muestra más de los curiosos azares de la vida; para otros, un último sacrificio en honor a Lenin. Los ídolos que adoramos a veces exigen considerables esfuerzos.

El siguiente relato, «La fotografía. Historia del vampiro de Belgrado», tiene como protagonista a un personaje muy extraño ―parece salido de un comic de Tardi―, que entiende la afición por la fotografía de una manera tan patológica como para «merendarse» literalmente las más bellas fotografías y postales (haciendo realidad aquella popular figura retórica de que algo o alguien «está para comérselo»). Con las urdimbres del vampiro centroeuropeo y el miedo a que una fotografía pueda «robarnos» el alma (en La gota de oro, Michel Tournier lo expresaba muy bien) se construye una alegoría de los peligros de la belleza, que para Tavares representa el narcótico que nos hace bajar la guardia ante las asechanzas que nos rodean. Una especie de cebo estético. No olvidemos que la Bella venció a la Bestia, ni que Rilke también temía al ángel de lo bello (aunque sus motivos fueran diferentes). Para Tavares, el Quijote que ve molinos de viento o ejércitos combatiendo en el apacible paisaje manchego no peca, pues, de loco, sino más bien de clarividente. Facultado queda el lector para descubrir en el cuento de Tavares una referencia a nuestra actual obsesión por la imagen, por esa belleza sin sustancia, meramente superficial, que intentan meternos a todas horas, si no por la boca, al menos por los ojos. Pero quizás el autor pretenda ir más lejos en su denuncia…

Cierra Tavares este interesante tríptico con «Episodios de la vida de Martha, Berlín»: el relato en que se representa con mayor evidencia ese «Proyecto de Las ciudades» del que nos habla en su nota final. El cuento lo integran dieciséis breves instantáneas del deambular de una joven por la capital alemana: vivencias de soledad y de búsqueda, de sexo y de rebeldía, de autodestrucción incluso («Berlín, taxi»). No pretenda el lector que se le brinden demasiados pormenores de esta joven insatisfecha y provocadora, que despierta incomprensión y rechazo casi generalizados en el entorno en el que se mueve (y no solo por machismo, que también). Como tampoco busque detalles de callejero o guía turística que le faciliten orientarse en su acompañamiento lector por las calles de la capital prusiana. Como nos revela Tavares en su epílogo, la ciudad no es tanto una sustancia material como orgánica: una suma de las historias reales y ficcionales que la conforman. Pongamos, pues, nuestra parte en el relato (en la medida en que podamos), y «amueblemos» la historia de Tavares por nuestra cuenta. Merece la pena.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Entre el cuerpo y la cabeza habría una separación de varias semanas. Más de un mes. El tiempo suficiente, o eso esperaban, para que el eventual hallazgo de una estatua sin cabeza no alimentara la expectativa de ver llegar una cabeza sola».
«En el fondo eres capaz de rendir vasallaje a la hermosa montaña como si al otro lado no avanzara un terrible ejército; eso es lo que el hermoso mundo ha hecho de ti: un soldado que obedece al mando más bajo de la jerarquía; sedado por lo que es hermoso, experimentas al fin un momento de pausa y, mientras cierras los ojos, intentas recordar rápidamente en qué dirección no hay cosas que emitan ese oriental instinto de pasividad; y, con los ojos cerrados, aciertas a imaginar que no son menos de mil los peligros que te acechan y exiges entonces que el paisaje en tu cabeza se transforme, como en la cabeza de don Quijote, en movimientos humanos peligrosos y deje así de existir el paisaje como palabra neutra».
«… y demostrar por encima de todo que la civilización empieza en el zapato, que no es tan solo un objeto de comodidad para una anatomía antigua, sino un elemento esencial, que marca una frontera, como en un mapa vivo, entre lo que está debajo de ti y es estúpido y lo que está por encima de lo que es estúpido y tiene un nombre, y a veces, quién nos lo iba a decir, llega incluso a ser racional».
Traducción de Rita da Costa
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Plegaria para pirómanos, de Eloy Tizón

Al hablar de las sonatas para piano de Beethoven, es un lugar común asegurar que una parte importante de su mérito estriba en que el autor acertó a componer treinta y dos piezas musicales tan magistrales como diferentes. En esto Beethoven se adelantaba a la sensibilidad artística moderna, para quien la consecución de una fórmula de éxito tan solo puede resolverse en un cambio de dirección. La reciente publicación en Páginas de Espuma del nuevo libro de relatos de Eloy Tizón, Plegaria para pirómanos (2023), me ha movido a reflexionar sobre la pertinencia y actualidad de esta exigencia artística, que parece cardinal para el escritor madrileño. ¿Existe una ley del libro de relatos? En el caso particular de Plegaria para pirómanos parece ser la de alcanzar la excelencia por caminos contrarios y complementarios, aunque sin renunciar a una suerte de unidad. Un empeño difícil en cuanto que presupone una conciliación de opuestos. La polifonía tiene sus exigencias y limitaciones, y solo una mano diestra sabe ensanchar sus límites sin romperla ni volverla ininteligible. La unidad en la diversidad es, pues, una antigua aspiración estética, a la que esa [mal o bien] llamada posmodernidad ha dotado de algunos recursos nuevos. En cualquier caso, y teorías aparte, lo que el libro de Eloy Tizón ofrece al afortunado lector que lo tome entre sus manos es un conjunto de relatos magistrales, atractivos y muy diversos en su unidad (el personaje recurrente, Erizo, es solo el eslabón más perceptible). Nueve cuentos empeñados en apartarse de los caminos más trillados del relato corto; que parece querer reinventarse, conquistar nuevos dominios, contradecirse y desdoblarse, para luego reafirmarse en una dirección tan opuesta como inesperada. Del juego metaliterario a la reflexión existencial, del relato que solo se remite a sí mismo, en una especie de pliegue especular, al que señala nuestro entorno más cercano… Hablar de los textos que integran Plegaria para pirómanos es una empresa arriesgada; intentar explicarlos, una tarea tan difícil como inútil. Pero al menos nos tranquiliza saber que el lector no podrá sufrir ningún daño. La mejor literatura es la que está hecha a prueba de explicaciones.

«Grafía», el relato que abre la colección, desarrolla una brillante y elaborada metaficción de la que el texto es su primer reflejo. Un mosaico disimulado de citas y autores ―se nos revela en una nota― que informan una narración en las antípodas de esa Halma Tigredi en la que anidan mil escribidores mercenarios, condenados a remar en la galera del éxito de ventas. El cuento se articula en torno a tres modelos de escritor: un autor de culto con un nombre poco prometedor, Xavier Serio, otro que aspira a emularlo (el narrador, Erizo), y un tercero, Halma Tigredi, que es como la bestia de las siete cabezas y diez cuernos de ese Apocalipsis literario que se nos viene encima. Aunque los tres retratos son propiamente caricaturas, nos decantaremos por la del narrador, que al menos sabe resistirse a las tentaciones del maligno; es decir, a la de convertirse en uno de los mil demonios que habitan el alma sin alma de Halma Tigredi. Ya se sabe que el camino difícil es el único que merece la pena. En eso no se puede ser original. Mejor las manos limpias.

Nada más diferente a «Grafía» que el siguiente relato del libro, «El fango que suspira»: una dramática evocación de la soledad que padecen algunas personas mayores. Una narración suscitada por el caso concreto de una anciana que fallece olvidada en su domicilio: una noticia demasiado habitual en los periódicos que Eloy Tizón trasciende alumbrando una meditación que nos concierne a todos (el título no puede ser más significativo). Una parte importante del texto da cuenta de la indiferencia con la que el mundo responde a dicha pérdida: los engranajes administrativos que se ponen en marcha, la remodelación del piso donde vivía la mujer, sus nuevos inquilinos… Como la caída de Ícaro en el célebre cuadro de Brueghel, nuestra salida de escena se produce en medio de una naturaleza indiferente que prosigue su camino. Pero lo que en la pintura del flamenco era una consoladora lección de estoicismo, en nuestro caso particular se ve ensombrecida por el patético espectáculo de los restos que dejamos atrás, testigos de la fragilidad de nuestros anhelos: un motivo que Eloy Tizón glosa en unas páginas muy cercanas y llenas de sentimiento («alguien distribuirá la casa en bolsas»). Morimos doblemente. Una historia que nos toca muy adentro y que nos pone en la piel de quienes caminan por delante de nosotros.

El siguiente relato, «Agudeza», está construido de manera bastante compleja, y supone un nuevo punto y aparte en el guion del libro. Dos historias en una, pero de carácter muy diferente, narradas con gran riqueza verbal y un acusado humorismo (de ese que duele un poco) por un abnegado integrante de la tribu de los tímidos; es decir, por uno de esos en los que hace presa fácil la fiera acechante de las oportunidades perdidas y el miedo a triunfar. Una especie de gatillazo emocional ha impelido al narrador a emprender una inesperada huida, nada decorosa, de una cena romántica –quizás demasiado perfecta– que se estaba oficiando a borde de un barco. Casi de inmediato, los sentimientos de culpa hacen presa en él, transformando su relato en un doloroso examen de conciencia que no arroja pecados, sino algo quizás mucho peor. La virtud y la simpleza, como lo sublime y lo ridículo, caminan siempre peligrosamente juntos. De cuando el triunfo puede doler tanto como un par de lentillas mal puestas. Algo así como lo que concluía Borges en su soneto a Emerson: «desearía ser otro hombre». Pero ya es demasiado tarde y quizás no merezca la pena.

«Dichosos los ojos» es un texto más lírico que narrativo: una celebración casi épica del valor que esconde lo cotidiano. Una suerte de inventario jubiloso donde lo bueno y lo menos bueno de la vida son como las notas de una sinfonía cuyo significado ―esto es lo mejor― no acertamos a comprender en su totalidad. Los árboles no dejan ver el bosque, pero algunos son muy bellos y con eso nos va bastando. O dicho de otra manera: no podemos contemplar el tapiz completo, pero sí admirar algunas de sus partes. Que tenga o no tenga un sentido superior es algo que se nos escapa por el momento, pero ¿por qué no soñar con que sí lo tiene? Un nuevo cambio de rumbo nos conduce a «Mi vida entre caníbales», una enigmática fábula protagonizada por unas educandas muy desmelenadas y aceleradas, internas de un colegio religioso, que ensayan en el sótano un drama teológico que lleva el peligroso y equívoco título de Los infortunios de la Virtud. Como era de esperar con tales mimbres, algo se tuerce entre bastidores: el sospechoso hombre de los caramelos desaparece, los vídeos son secuestrados por orden judicial y la trama ―me temo― queda bajo secreto de sumario. El relato se repliega sobre sí mismo (quizás como un erizo) y al lector se le deja con un merecido palmo de narices. No sé si el teatro es la vida (o la vida es un teatrillo), pero no me extraña nada que al final tan solo nos quede «el cuento». De la dificultad de amaestrar a las pulgas para que no salten.

Un nuevo golpe de timón y nos adentraremos en un relato de porte autobiográfico. «Ni siquiera monstruos» constituye un virtuoso ejercicio literario que, más allá de la exposición de algunos hechos particulares, se propone abrir una causa general contra todos esos avatares de la vida que nos lo ponen tan difícil. Una indagación protagonizada por un fotógrafo en crisis (el amigo Erizo) que anda enfrascado en la complicada tarea de averiguar cuál fue la china que le hizo tropezar y darse de bruces contra el suelo. «A partir de cierto punto, todo es caída». ¿Pero cuándo? Un relato empeñado en dar cuenta de ese efecto mariposa que rige nuestro destino, de esas pequeñas cosas inoportunas que nos lo fastidian, y que en el caso concreto del narrador bien pudieron ser, por un lado, un trauma escolar sufrido en edad temprana, y por el otro, una crisis familiar desencadenada por un «descuido» sin aparente importancia. O quizás fueran otros. ¡No lo sabemos! Y es que, huérfanos de toda providencia, con el caos como único aparejo para regir nuestra derrota, escribimos una biografía que hasta a nosotros mismos nos parece descabellada. «A veces lleva toda la vida encontrar una respuesta y, cuando al fin lo consigues, ya ha cambiado la pregunta».

«Anisópteros» se nos presenta como un relato enigmático y oscuro (transitamos el camino opuesto a «Dichosos los ojos»), muy diferente a cualquiera de los anteriores: una angustiosa pesadilla (o quizás algo peor) sobre la que parece pendular en todo momento una ominosa «nostalgia del cuerpo». Un diálogo incorpóreo y fantasmal (¿no será un monólogo?), preñado de recuerdos y alucinaciones, en torno a «lo que está vivo de la muerte, su entraña cruda, que chilla». ¡Un cuento de verdadero terror! Sin desembarazarnos por completo de las pesadillas nos sumergiremos en el siguiente relato, «Cárpatos», escrito con un admirable derroche de imaginación y fantasía, no falto tampoco de algunas gotas de humor. Una droga consumida en la barra de un tugurio con nombre transilvano catapulta al narrador a sudar la gota gorda en lo que parece ser un campo de instrucción de guerrilleros, un reality en plena selva o un cursillo de preparacionistas. Un relato de tintes paródicos, con algunos toques surrealistas (como la aparición del alce en el interior de la mina), que no es sino un capítulo más de las tribulaciones de Erizo, para quien la vida tiene todas las características de un contrato firmado sin haber leído antes la letra pequeña. A estas alturas del libro ya hemos descubierto que cada relato nos invita a correr una aventura tan diferente como impredecible. Cada cuento de Eloy Tizón es un túnel en el que entramos sin saber qué veremos dentro ni por dónde saldremos. ¡Bendita literatura!

Cierra el volumen uno de los textos más ricos en reflexiones del libro, «Confirmación del susurro», que toma el disfraz epistolar para escudriñar las entretelas de un cantautor retirado (songwriter), tan pasado de rosca como lúcido, que permanece recluido en lo que parece ser (pecando un poco de malpensados) una exclusiva clínica de desintoxicación (Mount Baldy). La misiva que dirige a una tal Marianne está cargada hasta los topes de la nostalgia del recuerdo, y es crónica tanto de amores como de odios (la historia del paparazzi Morfo). Una carta imbuida de esa clarividencia que solo se conquista a golpes de desengaño. «La vida está creada de tal manera que es imposible alcanzar conclusión alguna». Pues eso mismo.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Me reafirmé en mi idea: Halma Tigredi era una catedral. Un puzle. Un relato colectivo y polisémico erigido piedra a piedra con los esfuerzos mancomunados de una pandilla de mercenarios dispersos.  Y el negocio que me estaban proponiendo aquella tarde, en aquel gabinete de lectura de la biblioteca pública de Rotonda, con toda la pujanza de las madreselvas, los atardeceres malvas y las armaduras metálicas, no era otro que entrar a formar parte de esta nueva masonería, o logia, consagrada a santificar a su diosa. Había algo feudal en todo aquello, incluso artúrico o templario. Con un escalofrío presentí que pretendían convertirme en una gárgola, un púlpito o una pila bautismal del tiempo de las Cruzadas».
«Encadenado a la misma ventanilla de siempre, divisas y domiciliaciones, subrogaciones y renta per cápita, volcado de datos y fluctuaciones del euríbor, ahora sube ahora baja una décima, acordándome de mi recomendadora Virucha Trigales y su mueca de asco y sus traducciones fumadas, aislado en mi burbuja con ficus, aparte, entre dos columnas, tú a lo tuyo, Erizo, ajeno a chismorreos y conspiraciones de máquina del café, porque vivir también es eso: vivir es no enterarse».

«Paisaje con la caída de Ícaro» (c. 1558), de Pieter Brueghel el Viejo

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La Ilíada o el poema de la fuerza, de Simone Weil

Una característica peculiar de los grandes textos de la literatura universal es la de reunir en sus páginas un amplio resumen del mundo en el que nacieron. El Quijote, la Divina Comedia o La Regenta ―por citar solo algunos ejemplos― pueden ser abordados desde muy diferentes perspectivas, rindiendo siempre un valioso caudal de información, variada e integrada artísticamente en el conjunto de la obra. La épica antigua griega no es una excepción, y basta con leer el libro de Finley, El mundo de Odiseo, para cerciorarse de la riqueza de información que contiene el corpus homérico. Dicha abundancia, que convierte a determinadas obras maestras en verdaderos microcosmos, no implica, claro está, que aproximaciones más particulares, incluso subjetivas, no resulten también significativas, ni queden necesariamente relegadas al árido ámbito de la especialización académica. El trabajo de Simone Weil (1909-1943) que analizamos, La Ilíada o el poema de la fuerza, contempla la epopeya homérica desde un punto de vista muy concreto: el de la violencia que se ejerce sobre los individuos. Un enfoque nada sorprendente para un poema épico que narra un enfrentamiento bélico y que ha sido, a lo largo de la historia, una inagotable cantera de reflexiones ―muchas veces controvertidas― en torno a la guerra y al uso de la fuerza. Para Weil, el poema homérico no constituye un elogio de la guerra o del espíritu heroico («una actitud teatral y manchada de jactancia»), sino la constatación del amargo destino de los hombres, juguetes de una ferocidad ciega y sin medida de la que no parecen ser conscientes y que, más pronto que tarde, se vuelve contra quienes la ejecutan. Ya veamos en la Ilíada un «documento» de épocas pasadas ―supuestamente superadas― o un «espejo» de la actual, Weil recalca el interés que tiene en pleno siglo XX un poema al que considera «la única epopeya verdadera que posee Occidente», y que desde una equidistancia casi perfecta entre los dos bandos contendientes nos retrata los horrores de la guerra sin engaños ni disfraces que la embellezcan.

La editorial Trotta, que ha dado una amplia acogida en su catálogo a la obra de Simone Weil, nos ofrece ahora una primera edición exenta de este breve ensayo, al que se añade, a modo de apéndice, una selección de apuntes y borradores afines procedentes de sus Diarios. El texto, iniciado en 1936, no vería la luz hasta cinco años después, publicado bajo el seudónimo de Émile Novis (anagrama de su nombre) en la revista Cahiers du Sud («L’Iliade où le poème de la force», núms. 230-1, 1940-1941). El ensayo de Simone Weil se nos presenta como una meditación bastante libre: un análisis subjetivo entreverado de citas cuya lectura no es uno de sus menores alicientes. La belleza y profundidad de los textos homéricos, en alternancia con las lúcidas glosas de Weil nos mantienen encadenados a una lectura tan gozosa como pedagógica. Es el suyo un comentario apasionado ―posiblemente polémico―, el propio de una mujer comprometida que vivió una de las etapas más convulsas de nuestra historia reciente. La mirada de Weil no es desde luego la de una arqueóloga. Tampoco la de una mitóloga o una filóloga. Su visión del poema homérico es la de una humanista, testigo privilegiado de un momento histórico marcado por la destrucción y el odio, que vuelve su mirada al pasado buscando una luz que le permita comprender el horror que la rodea. Su texto es una prueba más de que las obras cardinales de nuestra cultura son precisamente aquellas que en los momentos difíciles pueden erigirse en faros que nos alumbren el camino.

La idea crucial del ensayo de Weil es que la fuerza convierte al ser humano que la padece en un objeto inanimado, en una cosa. La fuerza que mata es la más grosera y extrema de todas, la que transforma en cadáver a un hombre. Pero también son posibles otros ejercicios de violencia que, sin matar todavía, convierten al hombre que los sufre en una piedra, cumpliéndose así la terrible paradoja «de transformar en cosa a un hombre que está vivo». El guerrero desarmado y vencido, que tiende sin apenas esperanza sus brazos de suplicante, representa para Weil una imagen que anticipa y retrata con fidelidad―por su inmovilidad― una muerte casi inevitable. Esta figura del suplicante, habitual en el mundo heroico homérico, encuentra su más patética narración en el episodio de la derrota de Héctor a manos de Aquiles. La estampa de un hombre sometido a esta servidumbre de la súplica hiela la sangre de quienes la contemplan tanto o más que la visión de un cadáver. Una situación, en cualquier caso, transitoria, que enseguida se decantará en una u otra dirección, la muerte o el perdón. Un tercer uso de la fuerza es el que convierte a un ser humano libre en esclavo permanente: «una muerte que se estira a lo largo de toda una vida». El horror que representa el horizonte de una vida de esclavitud ―de mujeres y niños en particular― es expuesto por la autora como comentario a una selección de fragmentos homéricos de un enorme dramatismo. Esta fuerza, que nos condena a protagonizar una existencia de la que ya no somos dueños, tan solo es superada, según Weil, por el poder de la propia Naturaleza, que obliga al esclavo o a la viuda prisionera del héroe a comer el pan que le impedirá salvarse mediante la muerte, asumiendo así su destino de muerto en vida: detalle en el que la filósofa francesa ve el máximo exponente de la miseria humana.

Otra idea importante en el análisis de Weil es que esta fuerza que mata o inmoviliza carece de amo, pues no existe un solo hombre sobre la tierra que en algún momento de su vida no se vea sometido a su tiranía. Todos los héroes homéricos sin excepción se ven atrapados en una espiral sin fin en la que alternan los momentos de dominio y de sumisión. Los guerreros ejercen su violencia sin reflexión alguna, sin reparar en que «las consecuencias de sus actos les harán doblegarse a su vez», pues los papeles de verdugo y víctima no están repartidos en bandos inamovibles. Es como si la fuerza volviera ciego a quien la detenta: «la tentación del exceso […] es casi irresistible», y «las palabras razonables caen en el vacío». De ahí los vaivenes continuos de la contienda, que la autora analiza bajo esta perspectiva, y que encuentran su culminación en la muerte de Héctor. De este horror brota precisamente la enseñanza del poema, que se resume para Weil en el concepto griego de Némesis. Es el «castigo de rigor geométrico que sanciona automáticamente el abuso de la fuerza», como se expresa en el terrible verso: «Ares es justo, y mata a los que matan». Pero la fuerza, además de no estar repartida con carácter exclusivo, posee también una cualidad decisiva para su perpetuación, la de «petrificar» no solo al que la sufre, sino también al que la ejerce. El dolor que inflige la guerra sobre sus protagonistas solo se hace soportable si desemboca en la destrucción del enemigo o, en su defecto, en una «sombría emulación del morir» de los compañeros. Esta dualidad de la fuerza, que no distingue entre vencedores y vencidos, es un requisito necesario para que el horror de la guerra pueda prolongarse en un ciclo interminable de acciones y reacciones del que nadie puede escapar. Solo así es comprensible (y solo así, tal vez, sea tolerable) pensar en la guerra sin abominar del ser humano. Quizás por ello los antiguos griegos consideraban a los dioses, con sus caprichos y rencillas internas, los verdaderos culpables de la guerra, sus instigadores.

Pero no todo cuanto sucede en la Ilíada aparece matizado por los tonos sombríos de la violencia y la fuerza. Weil resalta también algunos «momentos luminosos», los correspondientes al mundo de la paz, que cumplen la función de enfatizar, por contraste, los lances de mayor brutalidad o dolor. A esta esfera apartada de la guerra pertenecen las escenas hogareñas o de amistad. Para Weil, los hombres «encuentran su alma» en aquellos momentos en que aman. Tanto el amor conyugal como la amistad o el respeto a los sagrados valores de la hospitalidad representan las facetas más humanas del poema. Además, sobre los episodios de mayor violencia, el poema proyecta una luz que suaviza sus perfiles, y que se concreta en un sutil «acento de amargura incurable» que modula su narración: una suerte de ternura que se extiende a los seres humanos en su conjunto, sin despreciar ni subordinar a ninguno, y que lamenta todo cuanto se destruye. Es precisamente sobre este mundo más humano, el que comprende todo lo amenazado por la guerra, donde mejor se expresa la poesía del poema. Otro rasgo muy importante del texto homérico, relacionado con todo lo anterior, es el de su extraordinaria equidad. Señala Weil que el poema podría haber sido escrito lo mismo en Troya que en Grecia. Para Weil, la destrucción de una ciudad es una de las mayores calamidades imaginables ―la autora debió de ser testigo de más de una―; y la mejor prueba de la neutralidad del poema es que el final de Troya se narre en sus versos con tanto patetismo y dolor como si hubiera sido el de una ciudad griega. También en esto el poema nos da una lección.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

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«Tal es la naturaleza de la fuerza. El poder que posee de transformar a los hombres en cosas es doble y se ejerce en dos sentidos; petrifica de forma diferente, pero tanto a unos como a otros, las almas de quienes la sufren y de quienes la manejan […] Las batallas no se deciden entre los hombres que calculan, reflexionan, toman una resolución y la ejecutan, sino entre hombres despojados de esas facultades, transformados, caídos en el nivel de la materia inerte que no es más que pasividad, o el de las fuerzas ciegas que no son sino impulso. Ese es el secreto último de la guerra, y la Ilíada lo expresa mediante sus comparaciones, en las que los guerreros aparecen como semejantes al incendio, la inundación, el viento, los animales feroces, a cualquier causa ciega de desastre, o bien a animales perezosos, árboles, agua, arena, a todo lo que es movido por la violencia de las fuerzas exteriores.»
«La fría brutalidad de los hechos de guerra no aparece disfrazada con nada, porque ni vencedores ni vencidos son admirados, despreciados u odiados. El destino y los dioses deciden casi siempre la suerte cambiante de los combates. En los límites asignados por el destino, los dioses disponen soberanamente de la victoria y la derrota; son ellos quienes continuamente provocan las locuras y las traiciones que siempre impiden la paz; la guerra es su asunto propio, y ellos no tienen otro móvil que el capricho y la malicia. En cuanto a los guerreros, las comparaciones que les hacen aparecer, vencedores o vencidos, como animales o cosas no pueden provocar ni admiración ni desprecio, sino solamente el pesar de que los hombres puedan transformarse de ese modo.»
Traducción de Agustín López y María Tabuyo

Aquiles y Pentesilea

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Hilma af Klint, visionaria, de Daniel Birnbaum (et alii)

No deja de ser un tanto sorprendente que la obra de un artista de vanguardia despierte el aplauso de crítica y público muchos años después de su momento histórico, cuando sus valores estéticos han debido de perder una parte significativa de su cualidad innovadora. Y sin embargo, es un fenómeno nada inusual, que justificamos asegurando que el artista se adelantó demasiado a su tiempo, o bien, que su obra fue ignorada a causa de factores adversos meramente coyunturales, y corresponde ahora hacerle justicia. Si nos reducimos a estas dos posibilidades, la segunda es la que parece explicar mejor el prolongado olvido de una artista tan original e interesante como la sueca Hilma af Klint (1862-1944): una precursora del arte abstracto que despertó escasa atención en vida y que solo ha sido rescatada y puesta en valor en las últimas décadas. Y no hablamos de una recuperación exclusivamente académica, oficiada por una minoría de estudiosos especializados que la señalan como un eslabón perdido en la historia del arte moderno, sino de un renacimiento verdadero, con todos los honores. Así lo demuestran tanto las exposiciones que ha merecido en los últimos años como el hecho significativo de que su obra cuente con seguidores y haya creado, incluso, una suerte de escuela. La explicación de este tardío reconocimiento quizás resida en el hecho de que muchos de los referentes culturales en los que se apoyaba su legado ―teosofía, antroposofía, etc.― gozan de un renovado interés en nuestros días. No hay mejor cápsula del tiempo para las ideas que el encarnarse en una obra artística valiosa. Arte y pensamiento se retroalimentan, asegurándose mutuamente su pervivencia. Pero de eso hablaremos más adelante.

El libro que acaba de publicar Atalanta, Hilma af Klint, visionaria, constituye un hito importante en la recuperación de la artista sueca, escasamente conocida en nuestro país. Un bellísimo volumen, de gran formato y generosamente ilustrado, que no solo nos posibilita disfrutar de la contemplación de una parte significativa de su obra artística, magníficamente reproducida, sino que también nos provee de las claves necesarias para comprenderla. Los textos acompañantes, escritos por prestigiosos conservadores y especialistas en historia del arte, proceden de un seminario que tuvo lugar en el Museo Guggenheim de Nueva York en 2018, con ocasión de la muestra Hilma af Klint: Paintings for the Future. El trabajo preliminar de Daniel Birnbaum (El increíble legado de Hilma af Klint) expone el estado en que se encuentra actualmente la recepción de la obra de la pintora sueca, todavía no del todo consolidada e inspiradora de una cierta perplejidad. Birnbaum dibuja la figura de una artista de gran originalidad, cuyo encaje en la pintura abstracta no resulta sencillo, pues si bien rompió con el paradigma naturalista, la mezcla de abstracción y figuración que aparece en muchas de sus obras señala una diferencia significativa. Los prejuicios contra las mujeres artistas que imperaban a comienzos del siglo XX, junto con el hecho de que Af Klint trabajara muy alejada de los circuitos donde se desarrollaba la tarea de otros pintores abstractos más famosos, determinarían la escasa difusión de su obra. Af Klint dejó un abultado conjunto de textos explicativos (unas trece mil páginas, distribuidas en numerosos cuadernos), cuyo estudio puede servirnos para comprender la compleja simbología de un legado artístico que se extiende a más de mil obras. Una tarea aún por completar, y que probablemente arrojará una mayor luz sobre su obra en años venideros.

Aunque Hilma af Klint solo se relacionó con un reducido grupo de artistas femeninas de su Estocolmo natal (el grupo de Las Cinco), Julia Voss rechaza en su ensayo (Cinco cosas que hay que saber sobre Hilma af Klint) la tesis de un aislamiento voluntario, y pone en valor las iniciativas de la artista para abrirse a un público más amplio; iniciativas que tuvieron, ciertamente, muy poco éxito. Ni tan siquiera su admirado Rudolf Steiner, con el que mantuvo repetidos encuentros, mostró interés alguno por su producción artística. La única muestra relevante de su obra tuvo lugar en el seno de la Conferencia Mundial de Ciencia Espiritual (Londres, 1928). Aunque logró mostrar algunas de sus pinturas e incluso impartir una charla de presentación, no llegó a despertar el interés de la crítica ni mereció reseña alguna. La propia artista no tardaría en ser consciente de que su legado quedaba encomendado al juicio de la posteridad. Así se desprende de las instrucciones que dejó escritas en su diario (1932), tal como lo refiere Julia Voss: «todas las obras que lleven este signo [+x] no deben abrirse hasta veinte años después de mi muerte». ¡Rudolf Steiner le había aconsejado que fueran cincuenta! Además de repasar brevemente los viajes de Af Klint (en especial, el que la puso en contacto con el Renacimiento en Florencia), Julia Voss señala dos aspectos de su biografía que fueron muy determinantes en su trayectoria artística: por un lado, sus inquietudes y actividades espiritualistas; por otro, la impronta científica que recibió de la rama paterna de su familia, que contaba con eminentes cartógrafos. A principios del siglo pasado, ciencia y espiritualidad estaban mucho más unidas en el pensamiento común de lo que podríamos suponer hoy en día.

Tracey Bashkoff, por su parte, establece en su ensayo una comparativa entre Hilma af Klint y la artista alemana Hilla Rebay, a las que hermana bajo la etiqueta de «visionarias paralelas». Aunque no llegaron a conocerse, las dos mujeres protagonizaron trayectorias artísticas, coincidentes y divergentes, que resulta muy ilustrativo contrastar. Hilla Rebay (1890-1967) compartía similares concepciones artísticas e ideológicas a las de su colega sueca, y se mostró también muy influida por la teosofía, la antroposofía de Rudolf Steiner o las pinturas de Kandinsky. Sus diferencias son las que median entre una artista cosmopolita, plenamente integrada en el mundillo del arte, y una mujer aislada como Af Klint. Pero el elemento en común que desea subrayar Bashkoff es la importancia que las dos artistas conceden al espacio donde se muestra la obra, que va mucho más allá de un simple escenario. Af Klint acarició la idea de contar con un espacio propio, un «templo» del que dejó bocetos en sus cuadernos y para el que compuso sus denominadas Pinturas para el templo (193 piezas, correspondientes a tres series y terminadas en 1915). Este «sueño», que Hilla Rebay compartía, se hizo realidad en el Guggenheim de Nueva York, un proyecto ejecutado por el arquitecto Frank Lloyd Wrigth que ella asesoró. El estudio de Bashkoff enfatiza los rasgos comunes de ambos diseños (aunque del templo de Af Klint solo conservamos mínimos bosquejos y explicaciones), y que podríamos resumir en la preeminencia de la espiral (tal como se aprecia en las rampas ascendentes del museo neoyorkino). Este deseo de contar con un templo donde la obra artística se conservara y se transmitiera de la manera más efectiva a un público devoto es comparable ―me parece― al que propició la construcción del Festspielhaus de Bayreuth: un verdadero santuario hacia el que peregrinaban los melómanos y wagnerianos del mundo entero, y que fuera construido para servir en exclusiva a las concepciones artísticas del compositor y a las particularidades de su música.

Isaac Lubelsky traza en su contribución (Nueva York, 1875: el nacimiento de la teosofía) un sucinto resumen de los orígenes de la teosofía, imprescindible para poder entender la obra de Af Klint, que militó en la Logia Sueca de la Sociedad Teosófica. Fundada en Nueva York (1875) por Madame Blavatsky y el coronel Henry Steel Olcott, la Sociedad Teosófica influiría a su vez en la creación de la Sociedad Antroposófica de Rudolf Steiner, una personalidad de referencia para Af Klint. La teosofía pretendía propiciar un reencuentro entre la filosofía occidental y la oriental, en un momento en que esta última era muy poco valorada en Occidente. Se fundamentaba en la creencia de que las distintas religiones, aunque procedentes de un tronco común, se habían ido distanciando y corrompiendo conforme se transformaban en instituciones meramente seculares. Cumplía sacar a la luz su núcleo compartido de verdad. Aunque Lubelsky no deja de reconocer la «atmósfera un tanto dudosa que caracterizó las primeras actividades teosóficas», así como el hecho de que su contribución al pensamiento moderno «dista de ser apreciada plenamente hoy en día», considera de estricta justicia reconocerle algunos logros incontestables. La teosofía impulsó un nuevo interés por las religiones orientales, desplazando a Egipto por la India como territorio de exploración espiritual en Occidente, un interés que hoy en día permanece extraordinariamente vivo, incluso a nivel popular. La teosofía facilitaba, además, una vía para vivir la espiritualidad de manera privada, alejada de los dogmas autoritarios de las iglesias convencionales. También subraya Lubelsky el programa feminista de la Sociedad Teosófica, fundada y dirigida por mujeres, como la propia Blavatsky o su sucesora, Annie Besant. A este respecto cabe recordar el círculo de artistas femeninas (Las cinco) en el que se desarrolló la actividad de Af Klint en Estocolmo.

El trabajo de Linda Dalrymple Henderson (Hilma af Klint y lo invisible en el dominio ocultista y científico de su tiempo) complementa el estudio de Lubelsky analizando el componente científico presente en el pensamiento y la obra de la pintora sueca. Algunos descubrimientos de finales del siglo XIX, como los rayos X, el electrón o la radiactividad, sirvieron de inspiración a los teósofos y artistas abstractos, pues ponían de manifiesto «la existencia de realidades invisibles al ojo humano». El trabajo de Henderson ahonda sobre todo en dos conceptos que ejercieron una notable influencia en la obra de Af Klint: el éter y la cuarta dimensión. La teoría del éter, respaldada por el descubrimiento de las ondas electromagnéticas por Heinrich Hertz en 1888 (y la casi inmediata invención de la telegrafía sin hilos), tuvo una notable importancia en el pensamiento teosófico, y le sirvió a la pintora sueca como fuente de inspiración para algunos de sus trabajos, como se aprecia en la serie Parsifal. Por otra parte, la existencia de una dimensión adicional a la que experimentamos en nuestra vida cotidiana posibilitaba la creencia en una «imperceptible realidad superior», abriendo así la puerta al denominado plano astral. El uso de las formas geométricas por Af Klint a partir de 1912 (como el hipercubo desplegado que vemos en la serie El cisne) sería su respuesta plástica a las elucubraciones teóricas que definían esa nueva dimensión, tal como aparecían expresadas en las obras del matemático Charles H. Hinton (el autor de Relatos científicos) y Rudolf Steiner. Este profundo análisis de Henderson, que desciende al comentario pormenorizado de algunas obras de Af Klint, la autoriza a concluir que la obra de la pintora sueca compartía idéntica atención a las «realidades invisibles» que Kandinsky, Mondrian, Malévich o Kupka.

El descubrimiento tardío de Hilma af Klint, cuando los estudios sobre el influjo de la teosofía y otras corrientes espiritualistas alternativas sobre el arte abstracto y de vanguardia estaban más desarrollados, ha obrado como una suerte de confirmación. El legado de la artista sueca no se puede comprender sino a la luz de dichas creencias. Marco Pasi, en el ensayo que cierra el volumen (Formas de pensamiento a posteriori: la Teosofía en el arte moderno y contemporáneo), se propone analizar brevemente la obra de algunos artistas actuales que manejan «conceptos y materiales visuales» relacionables con los que utilizaba Af Klint. Su trabajo se circunscribe a obras pertenecientes al establishment del arte contemporáneo, y cuyas referencias a la teosofía ―tomada en un sentido amplio― son explícitas. El estudio comprende no solo artistas como Goshka Macuga, Santiago Borja, Lea Porsager, Christine Ödlund y Jennifer Tee, sino también conservadores, exposiciones y publicaciones especializadas. Pasi subraya la preponderancia de artistas femeninas en dicho elenco, algunas muy conocedoras de la obra de Af Klint. Otro dato importante subrayado por Pasi es que los materiales teosóficos empleados en la actualidad proceden en su mayoría de la historia temprana del movimiento, cuando gozaba de una mayor relevancia social. La figura de Blavatsky, así como el libro Formas del pensamiento, de Annie Besant y Charles W. Leadbeater, son motivos y fuentes recurrentes de inspiración. Ahora bien, si estos referentes no son, desde luego, de rabiosa actualidad, la labor artística que inspiran tampoco es comparable a la de los primeros pintores abstractos, pues los artistas aludidos se mueven en un contexto perfectamente normalizado y nada revolucionario: el de las instalaciones y las performances. Lo importante para ellos es la alusión a un episodio del pasado que consideran relevante para su presente, digno de ser rescatado o, al menos, evocado. En este contexto no parece extraño que la figura de Af Klint haya adquirido el significado y valor de una verdadera pionera.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Para hallar un significado al uso de la Teosofía en el arte contemporáneo debemos buscar en otro lugar: en el deseo de recrear una historia que se percibe como enormemente significativa a causa de sus repercusiones sociales, culturales, psicológicas e incluso políticas. Hay, por consiguiente, una consciencia histórica que trata de reactivar ciertos momentos relevantes del pasado, posiblemente como parte de una crítica implícita del presente». (Marco Pasi).
«Af Klint estaba ligada a las mismas subestructuras culturales internacionales centradas en las realidades invisibles que Kandinsky, Mondrian, Malévich y Kupka. La recuperación de ese contexto de ciencia popular y ocultismo, que abarca la teosofía, el espiritualismo y los escritos de Du Prel, ofrece nuevas pistas cruciales para ayudar a los espectadores del siglo XXI a comprender las pinturas de esta artista visionaria de enorme originalidad.» (Linda Dalrymple Henderson).
«Por un lado, su ruptura con el paradigma naturalista de la pintura que enseñaban en las academias de arte de toda Europa es en muchos aspectos comparable a la que llevaron a cabo los artistas tradicionalmente considerados como los pioneros de la abstracción. Pero, por otro lado, a diferencia de sus contemporáneos varones, que expusieron en abundancia, publicaron manifiestos, elaboraron programas docentes y combinaron su interés por lo metafísico con la política y la fundación de instituciones, Af Klint trabajó casi aislada, si dejamos al margen su relación con un grupo de mujeres que se reunían semanalmente en un estudio de Estocolmo para comunicarse con espíritus. En otras palabras, su versión de lo no figurativo apenas se apoyó en diálogo público alguno». (Daniel Birnbaum).
Traducciones de Francisco López Martín

El Cisne, nº 8 (1915)

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Epigramas, de Carlos Díaz Dufoo, hijo

El mexicano Carlos Díaz Dufoo (1888-1932) representa un magnífico ejemplo de esa clase de escritores que en vida permanecieron voluntariamente apartados de los círculos literarios, motivo por el cual su obra no obtuvo ni el reconocimiento ni la difusión merecidos. En ocasiones, el paso del tiempo les hace justicia, los saca del olvido e incluso les restituye, a posteriori, los honores literarios que nunca disfrutaron. O al menos así nos gusta creerlo a nosotros, todavía partícipes de esa ilusión romántica de que la Fama confiere una suerte de inmortalidad. Beethoven fue uno de los primeros artistas que remitió su obra al certero juicio de los siglos venideros, al que contraponía el dictamen extraviado de sus contemporáneos, influido por tantas rémoras coyunturales y una falta de perspectiva. En su novelita Enoch Soames (1919), Max Beerbohm satirizaba la figura de un oscuro literato obsesionado por la Fama, que anhelaba viajar al futuro para descubrir si su nombre se había borrado o no del libro de la historia. Aunque, según parece, Díaz Dufoo no acariciaba tales fantasías de reconocimiento (como buen estoico, las despreciaba), lo cierto es que a nosotros nos encanta leer su obra bajo dicha perspectiva, y celebramos como una suerte de reparación póstuma esta bellísima aparición, auspiciada por la editorial gaditana Firmamento, de un texto que permanecía incomprensiblemente inédito en España, Epigramas (París, 1927). El acto de leerlo se reviste de una cierta solemnidad: ¡formamos parte de esa posteridad atenta a la que el autor quizás apelaba en su amargo aislamiento! Aunque menores, el lector también alimenta algunas vanidades.

Epigramas es un libro que goza de esa gloriosa consistencia que no permite apurar la belleza de un solo trago. Un libro de pocas páginas, pero favorecidas de una admirable densidad: un acopio de deleitosa lectura que nos acompañará durante muchos días. Unos textos acreedores de la más gozosa relectura, que con cada nuevo examen nos revelan más y más valores y significados. Carlos Díaz Dufoo, hijo (es preciso diferenciarlo de su homónimo padre, de existencia y renombre más dilatados) se acoge a la venerable forma griega del epigrama para brindarnos un conjunto de textos marcados por la brevedad y la agudeza («Larga agonía de un mal imaginario»), en ocasiones cercanos o coincidentes con el aforismo; pero también con la reflexión, la máxima, la definición, la fábula o la minificción de fondo ético o filosófico. En muchas de estas prosas breves, cuidadosamente cinceladas, brilla una ironía inteligente y sutil, nada descarnada, que contribuye a dulcificar la amargura del pensamiento al que sirven («Su vocación es soberana: compone música en un mundo de sordos»). La edición que nos ofrece Firmamento incluye, además de los textos que conforman Epigramas, otras dos interesantes aportaciones del mexicano, Ensayo sobre una estética de lo cursi y Diálogo contra el éxito literario, imprescindibles para completar nuestra visión del que fuera definido como «el aforista desconocido». Un anonimato que no le ha impedido ser reconocido y valorado positivamente por autores tan insignes como Alfonso Reyes, Julio Torri o, en nuestros días, Enrique Vila-Matas.

De muy variada extensión y conformación, los textos que integran Epigramas andan lejos de ofrecer una monótona e invariable uniformidad. En muchas ocasiones adoptan la forma de una descripción en tercera persona de un tipo humano que ejemplifica una carencia esencial. También puede tratarse de un personaje mitológico interpretado bajo una nueva luz. Es el caso de Prometeo, una figura heroica para Dufoo («Para Prometeo el castigo es la sujeción, no el buitre»), que reaparece en varios de sus textos encarnando los valores humanos más preciados y perdidos; o el de Sísifo, cuyo castigo manifiesta una nobleza que ya no somos capaces de apreciar. Otras veces encontramos en Epigramas breves textos dialogados, a modo de debate filosófico o ético; en ocasiones reducidos al enunciado de una tesis seguida de una escueta refutación, obra de una segunda voz anónima que corresponde al autor. En Epitafio Dufoo parodia la célebre forma griega para transmitirnos un testamento ético y estético: el desprecio de las vanidades de la fama y el poder. No dejar huella, desaparecer como «una música lejana en un oído inatento» constituye su última voluntad. El pensamiento del autor también puede disfrazarse de una fábula distópica en la que nos retrata una humanidad futura despersonalizada. Dos de los textos más extensos de Epigramas adoptan dicha forma, El vendedor de inquietudes y En los tiempos futuros: dos visiones complementarias de una misma sociedad futura donde las emociones humanas, o bien es preciso comprarlas, o bien son despreciadas. El rechazo a la cómoda medianía de las emociones es un tema que reaparece en otros textos del autor, pues «el dolor y la alegría deben tomarse a chorros».

Si los epigramas de Dufoo manifiestan formas muy variadas, también sus asuntos son diversos en similar medida. Aunque encontramos algunas reflexiones sobre la literatura, la lectura (El mal lector) o incluso sobre la música, predominan las de índole filosófica y ética. Disquisiciones sobre el libre albedrío, el noúmeno o la paradoja de Aquiles y la tortuga se codean con textos que ponen el acento en las contradicciones y limitaciones de la condición humana. «Nunca entraremos en un río nuevo», afirma Dufoo, rectificando la famosa aserción de Heráclito. Nuestra debilidad es tan aguda que necesitamos comprar, a cualquier precio, certezas que nos permitan vivir, ya sea construyéndonos «un pequeño refugio, animal y seguro», o bien dulcificando la realidad mediante una luz engañosa («Contempla su alma a la luz de la luna»). La invariable postergación del cumplimiento de nuestros deseos es otra de las miserias que arrastramos en nuestra lucha diaria, así como el fútil anhelo de una longevidad estéril (satirizado como «Back to Methuselah»; no olvidemos que Dufoo puso voluntario fin a su vida a los 44 años). También soportamos una equivocada noción de la bondad, o una gratitud sujeta a cálculo que no es sino «caridad reducida a proporciones comerciales, el bien hecho teneduría de libros». Otro tema de meditación para el mexicano es la defensa de los valores individuales: la dificultad que entraña en el mundo actual desarrollar una humanidad propia y no impostada. Esta alabanza a lo subjetivo, estrechamente relacionada con el desprecio a la fama (una especie de medalla que nos imponen los demás), conlleva también la crítica al concepto de autoridad, así como la repulsa del pensamiento acomodaticio, de las componendas morales, religiosas o filosóficas que nos inventamos para construir «un puerto seguro, al abrigo de los vientos de la fortuna». Todas estas carencias Dufoo las resume en una crítica general al pensamiento del hombre moderno, que se ciñe al detalle ignorando el conjunto, depositario de un conocimiento sin alma («sabio de un mundo sin música»), víctima inconsciente del «desastre de la perfección minuciosa».

Como ya anticipamos, el libro de Epigramas se completa con dos textos más extensos y de gran interés. El primero de ellos, Ensayo sobre una estética de lo cursi (La Nave, 1916), configura una reflexión de primer orden sobre el concepto de belleza: un mundo de valores subjetivos del que somos «demiurgos inconscientes». La indagación sobre un fenómeno aparentemente negativo, como es el de lo cursi, le permite al autor una aproximación indirecta, pero fructífera y muy fundamentada, a los valores estéticos. Lo cursi es básicamente aquello que degrada una forma estética más elevada, pero sin apartarse demasiado de ella. Sentimientos como el dolor o el amor a la naturaleza, que tan excelentes recreaciones artísticas han merecido a lo largo de los siglos, son habituales desencadenantes del discurso cursi, cifrado en una especie de querer y no poder estéticos. Algo similar a lo que sucede cuando se pretende presumir de una elegancia que se desconoce y se persigue por medios inadecuados. Como todos los valores estéticos, también lo cursi es subjetivo, y no todos lo perciben como tal. Porque, a diferencia del «arte vulgar» que «nada oculta», lo cursi es «la moneda falsa de la estética», y el desagrado que nos provoca solo cesa cuando una degradación excesiva «le quita toda posibilidad de producir un efecto estético». Díaz Dufoo surte su ensayo de sabrosos ejemplos literarios y musicales de la más palmaria cursilería, así como de alusiones nada inocentes a escritores como Campoamor, los Álvarez Quintero o Vargas Vila.

El último texto recogido en el libro es un breve diálogo sobre las bondades y desventajas que entraña el éxito en la literatura. De una parte, el éxito es considerado una suerte de traición, un falso bien que degrada la obra del artista; de otra, una anhelada bendición que redime al autor de un exceso de individualismo, afinando su voz en la piedra de toque de la crítica y la difusión generalizada. Conocida la trayectoria del autor y leídos sus Epigramas, la deriva del diálogo no entraña sorpresa alguna. Con tan solo leer el titulo, Diálogo contra [y no sobre] el éxito literario (Revista Nueva, 1919) ya adivinamos hacia dónde se inclinan las convicciones del autor (aunque la disyuntiva no la resuelva otro juez que el propio lector). Es verdad que la segunda voz, la defensora del éxito literario, modula un discurso mesurado y razonable, pero la primera resulta más convincente, o al menos se expresa con una mayor vehemencia. En cualquier caso, coincidamos con una o con otra, no dejaremos de admirar la sutileza del diálogo, trufado de ingeniosas argumentaciones y aforismos («quien es demasiado aplaudido es mal interpretado»), como salpicado también de esa finísima ironía a la que antes aludíamos, y que ahora se reparte sobre los dos anónimos interlocutores (¿cómo no verterla sobre dos contendientes tan maximalistas en la defensa de sus respectivos puntos de vista?). Si parece difícil que este diálogo pudiera servir de aviso a los autores consagrados y exitosos ―a fin de que no incurrieran en aquella «incurable vanidad» de la que se burlaba Jonathan Swift―, quizás sí podría ofrecer, al menos, un consuelo a los que no lo son. Para Carlos Díaz Dufoo, en el árbol de la Fama las uvas siempre están verdes.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«El magnífico Cid del Poema, noble, generoso y realísimo actor de la epopeya castellana, se cambia por el éxito en el fanfarrón odioso de las Mocedades, personaje inconsciente cuyo contacto no pudo evitar una obra como el Romancero, cristiano colérico y caballero indigno que ceba su halcón en el palomar de Jimena.»
«Extranjero, yo no tuve un nombre glorioso. Mis abuelos no combatieron en Troya. Quizás en los demos rústicos del Ática, durante los festivales dionisíacos, vendieron a los viñadores lámparas de pico corto, negras y brillantes, y pintados con las heces del vino siguieron alegres la procesión de Eleuterio, hijo de Sémele. Mi voz no resonó en la asamblea para señalar los destinos de la república, ni en los symposia para crear mundos nuevos y sutiles. Mis acciones fueron oscuras y mis palabras insignificantes. Imítame, huye de Mnemosina, enemiga de los hombres, y mientras la hoja cae vivirás la vida de los dioses.» (Epitafio)
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Una humilde propuesta… y otros escritos, de Jonathan Swift

Quizás no exista un género literario que precise tanto del disfraz como la sátira. A la conveniencia de endulzar o disimular el aguijón de su crítica se suma la necesidad de surtirla de variedad, así como el afán de potenciar su efecto humorístico mediante el contraste que media entre su contenido y el molde en que se vierte. Así lo vamos a ver en el puñado de textos de Jonathan Swift (1667-1745) que integran Una humilde propuesta… y otros escritos; prologados, anotados y traducidos para Alianza editorial por Begoña Gárate Ayastuy. Los textos, cuidadosamente escogidos, nos ofrecen una excelente oportunidad para ahondar en la obra más desconocida ―aunque no menos interesante― del gran satírico irlandés, uno de los prosistas más eminentes de la lengua inglesa (el mejor después de Shakespeare, según Harold Bloom). Si en los Viajes de Gulliver Swift disfrazaba la sátira política bajo la apariencia de un libro de viajes fantásticos (el disfraz era tan bueno que la historia ha llegado a considerarse, en muchas ocasiones, literatura infantil), en la recopilación de Begoña Gárate el disfraz adopta formas tan variadas como serias y respetables: propuestas, instrucciones, cartas, proyectos, reflexiones… El ejemplo más extremo lo constituye Una humilde propuesta: descarada parodia de esos arbitrios o memoriales que durante los siglos XVI y XVII algunos particulares dirigían a la Hacienda o al rey, y donde señalaban tanto los principales males del reino como las medidas conducentes a su arreglo. Tal es el prestigioso disfraz bajo el que Jonathan Swift nos va a presentar algunas de sus sátiras más mordaces.

Una humilde propuesta (1729) es, ciertamente, la sátira más celebrada de las que recoge el libro. Su largo título descriptivo (que tiene por objeto evitar que los hijos de los pobres [de Irlanda] sean una carga para sus padres o para el país, y hacer que redunden en beneficio de la comunidad) abunda en ese carácter de parodia memorialista que acabamos de señalar, como también lo refrenda su desarrollo de gran pormenor y estructura por apartados. Tanto orden y oficiosidad contrastan con el desatino de pretender solucionar el problema de los niños pobres mediante la antropofagia, es decir, convirtiendo a los infantes irlandeses en «manjar» para «caballeros distinguidos». Quizás no haya otro texto de Swift que supere a este en su crítica social, en su sarcasmo llevado al extremo, impregnado de un humor negrísimo e ilustrado con imágenes de espeluznante sadismo. No duda el autor en proponer, incluso, desollar a los niños, «con cuya piel, debidamente tratada, se podrán hacer formidables guantes para señoras y botas de verano para caballeros elegantes». Aunque claramente ficticia, la sugerencia resulta particularmente siniestra contemplada desde nuestra perspectiva histórica. El texto, cuya propuesta solo se aplicaría a los niños irlandeses, tiene como telón de fondo la discriminación que sufrían las clases populares, imputable a la prepotencia de Inglaterra: «un país que estaría deseoso de comerse nuestra nación entera sin sal alguna». Así se constata en esa repetida alusión irónica a los peligros papistas que su propuesta contribuiría también a neutralizar. A estas ventajas económicas y religiosas Swift añade también las sociales, pues su medida favorecería los matrimonios. Incrementar la población mediante el estímulo al matrimonio fue una estrategia observada en muchas monarquías de la época (así lo reglamentó en España, en 1623, la Junta de Reformación impulsada por el Conde Duque de Olivares). El colmo del sarcasmo se alcanza cuando el autor alude después a otras posibles reformas, mucho más razonables y necesarias, pero a las que tilda de poco viables.

El texto más extenso de los recopilados, y uno de los que hace gala de una mayor inventiva, es el titulado Instrucciones a los sirvientes (1731): una completísima enciclopedia de las faenas que los sirvientes pueden hacer a sus patronos. El texto, dividido en dos grandes apartados, recoge instrucciones tanto de índole general como particular. Las primeras, de carácter más reivindicativo, constituyen un extenso repertorio de fraudes, trucos y excusas con los que embaucar a los señores; las segundas, particularizadas en los diferentes empleos (mayordomo, cocinera, mozo de cuadra, camarera, institutriz…), configuran un inventario de las suciedades, torpezas, rivalidades y malas voluntades propias de cada especialidad. Aunque es cierto que algunas pullas van ―como de rebote― contra los amos, me parece que los sirvientes son los que salen peor parados de la sátira, salvo que la incompetencia o la guarrería («friega los platos con tu propia orina, para ahorrar sal a tu amo») puedan considerarse armas válidas en una «lucha de clases». No sé quién leería con mayor indignación estas páginas, si los señores o los sirvientes; pues, si bien es cierto que a los segundos se les instruye en una verdadera guerra de guerrillas contra los primeros, no por ello se les deja de presuponer las más ruines disposiciones. Descontadas las evidentes exageraciones del texto, Instrucciones a los sirvientes tiene la suficiente riqueza de detalle como para constituir un estimable documento histórico de la servidumbre. No cabe duda de que toda sátira tiene su punto de exageración, y que todo buen lector sabe reconocerla (y descontarla) como ingrediente fundamental del juego literario que el género exige; y quizás por ello Swift asegura, unas páginas más adelante, que «es tan difícil hacer una buena sátira de un hombre de distinguidos vicios como un buen panegírico de un hombre de distinguidas virtudes». Es decir, faltaría espacio para desplegar esa hipérbole extremada que ―reconozcámoslo― tanto nos seduce y nos divierte en la sátira.

El segundo texto más extenso de la recopilación, Carta de consejo a un joven poeta, junto con una propuesta para fomentar la poesía en el reino [Irlanda], amplía la sátira al terreno literario, a la vez que vuelve a presentarla, aunque solo en parte, bajo la forma de un disparatado memorial. Las víctimas de la sátira son ahora los poetas («rimadores»); y los consejos ofrecidos al joven vate, una excusa para hacer escarnio de la poesía irlandesa, que el autor desprecia tanto por su falta de originalidad como por su servidumbre a la rima. Swift contrapone a los «rimadores» con los poetas verdaderos (como Milton, uno de los pocos que merecen su aprecio); como también poesía y conocimiento, dos magnitudes que juzga incompatibles: «muchos son demasiado sabios como para ser poetas y otros son demasiado poetas como para ser sabios». Swift extiende su crítica también al uso rutinario de las fuentes e imaginería antiguas, tanto bíblicas como grecolatinas, que los poetas utilizan en su provecho sin apenas entenderlas («tu misión no consiste en robarles, sino en mejorar a partir de ellos»). La ignorancia de los poetas se ve agravada además, según Swift, por todos aquellos instrumentos filológicos que favorecen una erudición superficial, como los índices, extractos y resúmenes que algunos editores añadían a los libros. Por otra parte, las medidas de carácter general que propone para «fomentar la poesía en el reino» no representan sino una segunda oleada de descalificaciones contra los poetas, a los que propone recluir en una misma calle, a fin de canalizar sus «vapores poéticos» mediante un «sistema de alcantarillado». Tanto en este como en otros textos, Swift fortalece su sátira estableciendo ingeniosas e inesperadas relaciones entre dominios muy alejados, cuyo contraste dispara la comicidad. Así, los poetas son comparados con los zapateros, cuyo bagaje de hormas para el calzado se corresponde con el repetido muestrario de figuras retóricas y rimas que utilizan los primeros. También los libros dotados de un detallado índice final se asemejan, según Swift, a un «buhonero del norte», obligado a llevar a las espaldas todas sus baratijas.

Entre los textos recogidos por Begoña Gárate distinguimos un conjunto de cuatro que comparten similar brevedad. Tres de ellos están compuestos además de aforismos, máximas o reflexiones. Puntos de vista sobre diversas cuestiones es el más extenso de ellos, y el único que conserva ese tono satírico tan característico de Swift. Forjado como una retahíla de breves anotaciones ―medio centenar, algunas muy conocidas y glosadas―, tiene en la religión, los vicios y costumbres de la sociedad, la literatura o la política, sus principales motivos de reflexión. Puntos de vista en torno a la religión constituye un texto complementario al anterior, así como un paréntesis en el sostenido tono satírico del libro (Swift nos confiesa en sus páginas su condición de clérigo): un repertorio de quince breves meditaciones, de tono invariablemente serio y, en ocasiones, imbuidas de un hondo pesimismo. Propósitos para cuando llegue a viejo (escrito en 1699, cuando el autor tenía 39 años) es un breve compendio de principios de conducta conducentes a evitar los defectos que suelen atribuirse, con mayor o menor fundamento, a los ancianos: enamorarse de jóvenes, repetir las mismas historias, despreciar las costumbres modernas, descuidar la higiene personal, etc. Desprovista ya de aforismos o máximas, Reflexión en torno a una escoba (1710) es una brevísima estampa satírica en la que Swift establece una cruel comparativa entre el deterioro de una escoba y el devenir del hombre en la sociedad. Si el bueno de Pascal veía al ser humano como un junco endeble pero pensante, Swift tan solo lo contempla como una mala escoba que se va desgastando y ensuciando con el transcurrir de los años y que termina arrojada al fuego. Al parecer (según nos informa Begoña Gárate), el autor tuvo la audacia de introducir su lectura en uno de los sermones que diera como capellán al servicio de Lord Berkeley.

La sátira disfrazada de arbitrio reaparece en el texto titulado Un proyecto serio y útil para construir un hospital de incurables, en provecho universal de todos los súbditos de Su Majestad (1733). El laudable empeño filantrópico que parece inspirar el proyecto se desinfla rápidamente cuando descubrimos que la nómina de incurables que Swift pretende recluir en su hospital incluye casi la mitad de habitantes de la Gran Bretaña: un amplísimo censo que va desde los «imbéciles incurables» (con sus diferentes profesiones y ejemplos) a los «escritorzuelos incurables»; de los gruñones y bribones ―igualmente incurables― a los «incurablemente vanidosos»…, y así hasta otras diez mil posibles categorías que el autor confiesa que debe «omitir por necesidad, pues, de otro modo, haría este ensayo del tamaño de un tomo». La sátira de Swift alcanza en este virulento texto sus más altas cotas de mordacidad, diseccionando casi al completo la sociedad de su tiempo: abogados, jueces, eclesiásticos, médicos, escritores, petimetres, viudas ricas, jóvenes derrochadores, usureros, prestamistas, periodistas… Una verdadera prueba de cargo que sustentaría su extendida fama de misántropo. En consonancia con su pretendido carácter de memorial serio, Swift concluye el texto ofreciéndonos un detallado estudio económico de la viabilidad del proyecto, tanto de sus gastos de funcionamiento como de sus posibles fuentes de financiación: una vuelta de tuerca más al sarcasmo.

El último texto recogido por Begoña Gárate, Carta a una jovencísima dama a propósito de su matrimonio muestra un perfil diferente al de los escritos anteriores. En vano pretenderíamos hallar entre sus páginas burlas a la institución matrimonial (para un satírico actual, el caso sería harto diferente). Si descontamos los inevitables prejuicios machistas de la época y la misoginia propia de Swift («aun sintiendo tan poco respeto por las mujeres en general», llega a decir), poco queda del matrimonio que el autor pueda convertir en diana de su sátira. Aunque hay mucho sentido común en algunos de los consejos, su tono paternalista y la insufrible aureola de superioridad con la que son dictados (quizás no mayores que los presumibles en un clérigo de la época) disuenan mucho en nuestros oídos modernos. La mayoría de los defectos atribuidos a las féminas no son sino la consecuencia de su condición marginada. El resto, al menos en la opinión de Swift, son compartidos universalmente. O dicho de otra manera: bajo la desencantada mirada del autor, los vicios comunes son tan numerosos que pocos pueden quedar como exclusivos de las mujeres. Sencillez y modestia en el vestir, conveniencia de escoger y limitar las amistades, trato adecuado con los subordinados y con el marido, selección de lecturas apropiadas a su nuevo estado, etc. son algunos de los consejos dados a la joven recién casada. Instrucciones nada útiles ―sobra quizás decirlo― para el lector actual, pero que al menos le brindarán un testimonio nada disimulado de los prejuicios de la época, así como de la situación tan poco envidiable que soportaban las mujeres. Quizás lo más divertido del texto radique en la posibilidad de contemplar cómo los brotes de sarcasmo ―al parecer, irreprimibles― amenazan a cada paso con subvertir el tono serio y mesurado de un texto supuestamente pastoral.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Los hombres estarían tan orgullosos de sus mujeres durante el periodo de embarazo como lo están ahora de sus yeguas y vacas preñadas o de las cerdas cuando están a punto de parir, y no se atreverían a pegarles o darles patadas (práctica tan habitual) por miedo a causarles un aborto.»
«Nunca acudáis hasta ser llamados tres o cuatro veces, pues nadie sino los perros acuden al primer silbido, y cuando el amo grita “¿quién anda ahí?”, ningún sirviente está obligado a acudir, pues “¿quién anda ahí?” no es el nombre de nadie.»
«Los viejos y los cometas han sido venerados por la misma razón: sus largas barbas y su pretensión de predecir los acontecimientos.»
«Si un poeta ha tenido la suerte de producir algo, especialmente del género dramático, con razonable acogida por parte del público, debería ser enviado de inmediato al hospital, pues la vanidad incurable es siempre consecuencia de un pequeño éxito. En el caso de que sus creaciones hayan sido mal acogidas, admitámosle como un incurable escritor de tres al cuarto.»
Traducción y edición de Begoña Gárate Ayastuy
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El ángel que no duerme, de Beatriz de Balanzó Angulo

En un célebre pasaje de sus Trabajos y días, Hesíodo aseguraba que treinta mil inmortales «cubiertos de niebla» recorren la tierra vigilando las sentencias y malas acciones de los reyes. Esta suerte de daimones o entes protectores, necesarios garantes de la justicia, aparecen en muchas culturas y religiones, aunque modulados de muy diferentes maneras. Algo parece que nos falta; o quizás tan solo sea que nos disgusta estar solos. Deseamos contar con testigos que salven nuestras acciones del olvido o nos acompañen en los momentos de alegría o infelicidad. Númenes de toda clase y credo han cumplido desde tiempos inmemoriales dicha labor de acompañamiento. Al menos, hasta nuestros días… Por suerte, a falta de ángel, la mirada del poeta también puede hacer algo por nosotros; como aquella con la que Rilke salvaba la perdida sonrisa del joven volatinero a su madre, que ningún ángel, ni tan siquiera el invocado por el poeta, parecía dispuesto a recoger. Algunos de estos espíritus protectores aún planean sobre el nuevo libro que acaba de publicar Trea, El ángel que no duerme (2023), de Beatriz de Balanzó Angulo: un variado abanico de relatos breves que ponen su acento en la humanidad más doliente y precisada de consuelo. Cuentos de una gran condensación y emotividad, imbuidos de un delicado aire crepuscular, de esos tonos agridulces que inspira el ángel de la melancolía de Durero, que ―así sucede en el relato que da título al libro― hunde su pluma en los sentimientos de pérdida. La melancolía, el recuerdo vivificado por el sentimiento, es muchas veces materia literaria: una relación dialéctica entre pasado y presente de la que puede surgir la poesía.

Una parte significativa de los relatos que integran El ángel que no duerme centran su atención en situaciones y seres que para nuestra sociedad actual resultan invisibles o poco menos, pero que reciben de la autora una mirada restauradora. Sus protagonistas son personas débiles o de edad avanzada, necesitados del apoyo que pueden brindarles amigos y familiares: una ayuda necesaria a la hora de dar ese paso decisivo que tanto les cuesta (Ver de otro modo). También personajes enfermos o en el declive de su existencia que hallan en el recuerdo de momentos felices y significativos del pasado una validación de su vida presente, un acicate para aferrarse a ella. Así lo veremos en el relato titulado Entre la butaca y el corazón, donde la lectura de una vieja carta basta para recuperar la ilusión perdida. El recuerdo de un pasado luminoso, visto en perspectiva, ilumina el presente. Mucho de lo que hicimos o fuimos (o una parte tan solo, la mejor) era también para ahora: vivir para construir un relato, o mejor aún, un recuerdo que nos sostenga no deja de tener su sentido. En Aunque fuera tarde la autora reivindica el amor para los ancianos y enfermos: un relato en las antípodas de aquel cuento, tan magnífico como cruel, que escribiera Hawthorne, Las campanadas de boda, donde los esponsales de unos ancianos se veían acompañados por los sones y rituales de un funeral. Una parte importante del valor emotivo de estas y otras ficciones del libro emana de la contraposición de situaciones opuestas, la vivida en el presente ―marco escenario del relato― y la recordada que aporta el lenitivo.

Como cabía esperar en un libro tan atento a la humanidad más doliente, no faltan tampoco entre sus páginas algunas escenas de duelo, como la representada en El funambulista y la casa de las flores, protagonizado por un niño que oficia de testigo. Una historia que se resuelve en un mensaje de esperanza y renovación. Trazado con una tinta más oscura, Todavía con ellos cuenta los pesares de dos viejos amigos que comparten el recuerdo de una experiencia atroz: un duelo aún no superado. Un relato, entre dramático y nostálgico, que evidencia cómo las relaciones humanas pueden en ocasiones, de manera un tanto perversa (aunque comprensible), dificultar el necesario olvido. Muchos de los relatos de Beatriz de Balanzó Angulo constituyen instantáneas cargadas de emoción. La autora busca retratar el momento culminante de un proceso, que queda así expuesto de una manera más efectiva. Momentos en que la vida se adensa. En La espera, el fugaz reencuentro con el cuerpo de la persona desaparecida, que se desea tanto como se teme, señala el inicio de un camino de pérdida y olvido que solo tiene como límite la eternidad. Aún más dramática resulta la escena de soledad ante el duelo narrada en Por la rendija, tan condensada como terrible. Un carácter mucho más amable informa El misterio de Leo: la enternecedora y divertida pintura de un niño que busca angustiado y a la carrera su cuaderno de escritura perdido.

Pero los relatos de Beatriz de Balanzó Angulo no pueden en modo alguno reducirse a un único registro. Aunque muchos de ellos manifiestan perfiles de misterio y ambigüedad, los hay que se nos presentan como verdaderos enigmas. Así parece que sucede con Alicia y El caso Alicia, complejas ficciones que ofrecen dos diferentes perspectivas de unos mismos sucesos y personajes, que giran en torno a una mujer de personalidad poco menos que inasible. Una historia narrada con las urdimbres de un relato policial clásico ―de su parodia―, donde un detective de pipa y lupa investiga un extraño caso en el que el amor y una aparente locura contribuyen a obstaculizar ese difícil empeño que es definir la realidad. Como dos espejos enfrentados, las miradas del enamorado y del detective parecen complicar el asunto más que aclararlo. Igualmente enigmático le resultará al lector el relato titulado «La muerte se anuncia», breve crónica de una obsesión sobrevenida casualmente a su protagonista, que culmina bruscamente en una inesperada y ambigua liberación. Otro relato casi inescrutable es el titulado Vagabunda luz, quizás una metáfora del deseo, que bien podría explicarse apelando a un expeditivo proverbio de William Blake: «el que desea, pero no actúa, engendra podredumbre».

Otro rasgo notable en el hacer literario de Beatriz de Balanzó Angulo es su interés por explorar, de manera sutil e ingeniosa, dominios reducidos y modestos. Así se manifiesta en La comunidad que jamás salió a la calle, una imaginativa mini ficción que cede todo el protagonismo a esas prendas de vestir que nunca nos pusimos, y en las que no es difícil ver un trasunto de proyectos humanos rotos o frustrados. Nuestros objetos personales, postergados en ocasiones, pueden impartirnos no solo lecciones de paciencia, sino también motivos para meditar sobre nuestra transitoriedad. Es el significado que emana de los objetos humildes pero cargados de humanidad (como el que sustentaba aquel célebre soneto de Rafael Morales, Cántico doloroso al cubo de basura). Dicha función simbólica también podrían ejercerla algunos libros no leídos, el viejo cuaderno de notas que aún espera nuestra primera anotación o un instrumento musical que no aprendimos a tocar y que ―como el arpa de Bécquer― aguarda su momento de gloria olvidado en un rincón. Todos aquellos objetos familiares, en suma, en los que depositamos una ilusión que no llegó a cumplirse. Pero es preciso reconocer que la fraternidad de las ropas que nunca salen del armario, moldeadas a imagen y semejanza del cuerpo humano, encarna una fuerza alegórica poderosa y cercana (recuérdese la estrofa XVII de las Coplas de Jorge Manrique), imbuida además de un matiz misterioso e inquietante, casi fantasmal. Otra formulación literaria de ese valor significativo de las prendas de vestir la encontramos en Mirada en cinta, un breve y original relato donde el objeto de adorno femenino ―un lazo rojo― es puesto en valor por el procedimiento de hacerlo visible cromáticamente en su entorno, tal como si lo subiéramos a un escenario. En la misma línea podríamos situar Un zapato en la puerta: una metáfora ―un tanto arriesgada, si no hubiéramos asumido ya la poesía de los objetos modestos, aparentemente prosaicos― de la dificultad de desanudar esa confusión de los sentimientos que entraña el duelo, la pérdida. Desatar un zapato puede representar una experiencia tan desasosegante como esas pesadillas en las que no logramos enderezarnos. La autora se acoge, como en sus anteriores relatos, a una retórica de proximidad que sabe extraer sus referentes del mundo de lo cotidiano.

Aunque abundan las figuras femeninas en el libro, hay relatos en los que reciben una atención más particularizada. Es el caso de Aromamonte, un bello texto que incluye cinco breves estampas de mujeres marcadas por su apego a la tierra. Depositarias de una alegría sencilla, son naturalezas plenas que viven alejadas de las urgencias y agobios de la urbe, ancladas en un presente donde el futuro se manifiesta no con amenazas ni incertidumbres, sino «tan imprevisible como esperanzador». Una feliz tribu de mujeres de pueblo, de espíritu generoso, al que se añade una «flor de otras tierras», llegada de la ciudad para poner su granito de arena en la misión de revivificar un perdido rincón de la España rural, nunca vaciado de valores humanos. Furimusa: tiempos de duelo es una de las invenciones más dinámicas y emotivas del libro; un ejercicio de fantasía desbordada, casi visionaria. Inspirado en la mitología clásica, el relato está protagonizado por una bandada de furias que la autora se complace en presentarnos inmersas en una orgía de fuego, rabia y destrucción. De manera parecida a como Brunilda, tocada por el amor, deponía las armas de su inmortalidad inhumana, Furimusa, la furia protagonista, renuncia al ansía destructora y vengadora que su naturaleza le exige sublimándola en creación artística. La furia ―contrafigura del ángel― deviene así en musa: de Alecto a Polimnia. Una idea ya prefigurada, en un orden diferente pero paralelo, en el brevísimo relato que daba título al libro, El ángel que no duerme, donde un ángel atento transmutaba la melancolía en sonidos y palabras redentoras. Metamorfosis ciertamente alentadoras, pues en muchas ocasiones la vida se complace en hacernos recorrer precisamente el camino contrario.

Finalizada la lectura del libro, resta subrayar una vez más su tono marcadamente lírico, como así nos lo anunciaban los dos emocionantes poemas, tan melancólicos como consoladores, que abren y cierran la colección; como también el último y enigmático texto, Estaciones, donde se utiliza en ocasiones la rima. Unas prosas breves y medidas, con alma de poema, que leeremos con el respeto y la admiración que impone una escritura bella, muy elaborada y sincera, en la que su autora ha puesto una parte importante de su corazón y su saber.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Hay una sabiduría que se encuentra en las personas que viven próximas a la tierra, a la naturaleza y sus procesos, a los animales y al huerto, a las viñas y a los frutales, al corral y a las casas de paredes de piedra y escaleras con verduras y tocino preparado para sazonar en los recodos, olor a madre más antigua que la que conocemos, olor a primitivo, a primigenio, a lo previsible e imprevisible de la vida».
«Nunca bebían si Ernesto declinaba sucumbir en las garras de la guerra y el recuerdo. Las veces que, con manejo y entusiasmo, se llevaba a Aurelio al huerto y le enseñaba las patatas que había sembrado, o las plantas aromáticas, algunas flores, sobre todo si era primavera y se despojaba alguna flor de su invierno, entonces el tono era amable, distendido. Al principio Ernesto tenía que usar la fuerza, la entereza, hacer ver que no había otra cosa más importante en el mundo que ese pedazo de tierra en el patio de su casa. Convencido Aurelio, nunca convencido, pero un poco sometido al envite de Ernesto, hacían su presencia en el jardín y entonces el aroma de las flores, las hierbas o el huerto los transportaban a otro jardín del recuerdo. Una infancia en el pueblo, un paseo con sus novias, un fragmento de realidad tierno, acaso todavía ajeno a la pisada del miedo».
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Últimas noticias de la humanidad, de Francisco Hermoso de Mendoza

Ya se sabe que las noticias son casi siempre malas. Basta con echar un vistazo a los titulares de los periódicos o encender la televisión para comprobarlo. Y las que corresponden a la humanidad y sus amenazados valores sospechamos que serán tal vez peores. Si no hubiéramos leído antes Muerto de risa o Die Zweisamkeit, abriríamos este nuevo libro de Francisco Hermoso de Mendoza, Últimas noticias de la humanidad (Ápeiron, 2023), con el ánimo algo encogido. O como mínimo, en alerta. ¿No nos hacen sufrir ya bastante los locutores de los telediarios? Pero sabiendo cómo se las gasta el autor intuimos que las cosas no llegarán nunca a ponerse demasiado feas, o al menos vendrán acompañadas por ese sano humor que todo lo suaviza y nos ayuda a tragar de buena gana hasta las píldoras más amargas. Que de eso se trata en literatura. A diferencia de los anteriores trabajos del logroñés, Últimas noticias de la humanidad nos ofrece un conjunto de quince relatos, un amplio abanico de propuestas narrativas fraguadas en formas y registros muy diversos. El libro alcanza una unidad que es suma y equilibrio de fuerzas contrapuestas: lo cómico y lo serio, lo coloquial y lo experimental, lo breve y lo extenso, lo simple y lo complejo: testimonio de la amplia variedad de intereses que preocupan a Hermoso de Mendoza. Su proyectada síntesis de humor, sentimiento y reflexión ha sido felizmente alcanzada.

Basta con leer el breve relato que abre el libro para comprobar el saludable estado de la humanidad y sus valores; o cuando menos, en algunos dominios. Elaborado a partir de los recuerdos de un niño, Ausencias narra con brevedad una emotiva escena familiar de duelo, sencilla y bella a la par. Menos halagüeño, en la falta de humanidad que su condensada trama evidencia, se nos manifiesta el segundo de los relatos, Muerte en reversa: una minificción de corte experimental donde el drama de la inmigración ilegal puede leerse también ―como la melodía de un canon retrógrado― principiando por su final, tal como si el trágico fin del emigrante protagonista estuviera ya prefigurado desde su nacimiento. «En mi comienzo está mi final», que diría T. S. Eliot. Últimas noticias de la humanidad, el relato que da título al libro, es una breve pintura de una sociedad futura volcada hacia el consumismo extremo (conshumanía), feliz muestra de cómo Hermoso de Mendoza sabe mezclar lo serio y lo cómico. Aunque el progreso ha avanzado en casi todos los frentes ―menos en la abolición de las clases sociales y sus desigualdades―, la única nota reivindicativa parecen darla… ¡los calvos!: pacientes sufridores de una carencia pilosa que hasta la fecha la ciencia no se ha sabido o no ha querido resolver. Quizás en los marginados pocopelo aliente la última esperanza de la humanidad, la única fuerza reivindicativa aún no anestesiada por el consumismo más autocomplaciente. Con esta especie de anticlímax, tan propia del autor (¡no nos vayamos a poner demasiado estupendos!), se conjuga la gravedad de una pintura distópica, casi apocalíptica, con la broma un tanto surrealista de los calvorotas. Plenamente inmerso ya en el humor y la ironía descubrimos En las antípodas, un divertido relato ambientado en un rincón perdido de esa España vaciada de la que tanto se habla (y por la que tan poco se hace). La llegada de un vendedor de telefonía móvil, que parlotea por su terminal en las desamuebladas calles de la aldea, produce un impacto comparable al que provocaría el desembarco de un extraterrestre en plena Gran Vía. Aquí la ficción queda reducida a esa santa inocencia digital de los lugareños (¡que Dios se la conserve muchos años!).

Como cabía esperar, podemos distinguir en Últimas noticias de la humanidad un grupo de relatos que tienen como asunto principal la propia literatura, habitual seña de identidad en la narrativa de Hermoso de Mendoza. Como sucedía con la famosa partitura de John Cage (4’33»), donde lo importante eran los comentarios del público escandalizado (y no los cuatro minutos y pico de silencios al piano), la obscena exhibición de un libro en un parque público (Diario de una lectura) provoca una lectura salpicada de comentarios: una performance en la que una novela de Alberto Olmos semeja una partitura de música aleatoria cuya simple exposición genera un segundo texto: el propio relato. Si leer un libro en la calle es ya una provocación mayúscula (casi tanto como sacar el paraguas en día soleado), exteriorizar mediante la risa que te lo estás pasando bien es mucho más grave. ¡Como si la lectura no fuera un castigo superado de la escuela que es preciso olvidar! La broma infinita es una reflexión fabulada sobre la tradicional disyuntiva entre imitación y originalidad; sobre el juego de lo verdadero y lo falso como valores artísticos polivalentes. También de la credulidad y pereza de los lectores, capaces de tomarse como cierto un desaforado ejercicio experimental consistente en presentar lo propio como ajeno, lo original como plagiado. Ya no se trata solo de que los lectores sean hipócritas, como aventuraba Baudelaire, sino que también son… ¡Es que se lo creen todo! La sublimación del amor sólido es una parodia del reencuentro de Odiseo con Penélope: una situación que, desde nuestra desencantada perspectiva moderna, parece pedir a gritos la burla desmitificadora. Vestida con ropajes inadecuados y acosada por las redes sociales y el Photoshop, la madera de héroe se disgrega con la rapidez de un plástico compostable de última generación. El que Argos no reconociera a su dueño, siquiera por el olfato, daba ya muy mala espina de su condición heroica. Incluso en un relato de aparente corte erótico, como es ¿Un gran malentendido?, el componente metaliterario se muestra decisivo en la resolución del enigma que se plantea al lector. Uno de esos acertijos binarios, en apariencia sencillos, pero imposibles de resolver. Comparable al que se presentaba en el célebre relato de Stockton, ¿La dama o el tigre? Por muchas vueltas que le demos no saldremos de dudas. ¿El protagonista es un asesino en potencia o un bromista que se pasa de listo? La clave parece estar en la combinación de una sonata de Beethoven con un personaje de Tolstói. El peligro, en pasarse de listo. Así le ocurre a la protagonista. A veces es mejor saber menos.

También es discernible, en Últimas noticias de la humanidad, un conjunto de relatos donde las rutinas del hogar se subliman con el concurso de la imaginación, de tal manera que se produce una tensión entre vida y ficción, entre lo cotidiano y lo imaginario. La vida familiar, con su plétora de sucesos variopintos, puede convertirse en un inesperado acelerador de partículas imaginativas que nutren al narrador. Es el caso de la fantasía ecuestre que entretiene a un padre que oficia de caballito para su hijo, mientras la sombra del futuro móvil que el niño le exigirá en breve proyecta en su caletre una sombra de sospecha (¿o de esperanza?) sobre el futuro de la relación familiar (Esta tierra es tu tierra). O las fantasías sexuales de un marido en el restaurante, al que los sucesivos platos de un suculento menú le hacen perder el norte y montarse una película erótica de intercambio de parejas difícilmente realizable (La ocasión). Hasta en el torpe y cómico batacazo de un padre de familia (mientras no se demuestre lo contrario, caerse siempre es un acreditado motivo de risa), armado con la zapatilla sancionadora, podemos ver una especie de sublimación ―modo pictórico― de una entrañable escena familiar de otros tiempos, cuando a los niños se les pegaba «por su propio bien» (Saturno devorado por sus hijos). Una caída muy oportuna que no solo libra a los niños de un castigo humillante, sino también al autor de incurrir en la incorrección política. Reconozcámosle al progenitor, sin embargo, el mérito de no haberse acogido al tradicional resabio machista según el cual los padres atizaban con la correa y las madres con la zapatilla (creo que fue Afrodita la primera que se quitó la sandalia para sacudirle al indócil de Eros). Leyendo esta divertida minificción, algún lector quizás recuerde ese curioso cuento de Saramago en el que un anciano se caía, como a cámara lenta, de su silla. Prodigios de la imaginación. ¡O fabular o morir!

Jalonando a intervalos regulares los otros relatos que integran el volumen, Hermoso de Mendoza sitúa tres textos notablemente más extensos y de mayor densidad. Son algo así como los contrafuertes que sustentan el libro, contrapesando quizás la brevedad de las otras ficciones. Los tres tienen en común el de poner en escena diferentes figuras de huida ante una realidad que no se desea o no se puede enfrentar: el prófugo, el suicida y el mendigo voluntario. El primero de ellos, El espumillón de los días, tiene las apariencias de un relato de intriga, aunque trufado de ironía y de esas referencias literarias tan apreciadas por su autor. Es la historia de una huida protagonizada por un personaje que se autodefine como «figurante» que siempre «va de relleno y sin frase». ¡Vamos, un perdedor! Su aparente mala conciencia se nos revela como la consecuencia de un carácter indeciso y pusilánime. El relato, que tiene como uno de sus principales valores el de mantenernos prendidos de una deriva argumental imprevisible, puede entenderse también como una advertencia ética: no enfrentarnos a la realidad nos convertirá en exilados permanentes. En un registro muy distinto, La pasión de Marta nos brinda una verdadera sinfonía de sentimientos. En ningún otro texto manifiesta Hermoso de Mendoza un mayor empeño por bucear en la compleja humanidad de sus personajes: un elaborado alarde introspectivo, proyectado hacia el pasado, que pretende arrojar luz sobre un drama del presente. Cierra el volumen +Low, el relato tal vez más original y ambicioso del libro. Partícipe del medio familiar evocado en anteriores historias, narra la peripecia de una adolescente emancipada, Heloísa, que cumplidos los dieciocho años se lanza a la calle para abrazar la profesión de indigente, dando así entrada en su relato a una curiosa galería de personajes, como Román o Macario, protagonistas de historias un tanto estrafalarias, ciertamente dramáticas, pero contadas con un punto de ironía. El cartón en se asienta esta joven aprendiza de Diógenes no tarda en convertirse en un mirador donde no solo observa, sino también lee, escucha o incluso escribe aforismos. El resultado es un variado y estimulante mosaico de textos que modulan las mil voces del desencanto y la pobreza. Y así hasta que aparece el relevo y toca «volver a la retaguardia». ¿Pero no será más bien a la vanguardia? Cuestión de opiniones. «El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Había amanecido hacía un buen rato cuando, sin apenas advertirlo, una mancha en el horizonte se convirtió en una embarcación a la que subiría atontado y mosqueado minutos después, como si aquel desenlace no fuera el previsto, y el pasar de estar a la deriva a encontrarme a salvo llegara a contrariarme, ante la idea de ver empequeñecida mi posible gesta presente, jibarizada a una anécdota mínima futura.»
«Suena una canción moderna en el artilugio. Más que cantar parece que el cantante o la cantante, no es fácil saber el género, mordiese las palabras, las fuera masticando, al tiempo que se le fueran escurriendo algunas letras por la comisura de la boca. No tienen los allá presentes cuerpo ni edad para bailables.»
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