Obras en prosa, de lord Byron

Durante incontables generaciones, la cara oculta de la luna ha permanecido ignorada por el hombre. Fundamento de mitologías, patrón de ciclos naturales, meses y estaciones, el astro de la noche atesoraba un enigma que solo en época reciente nos ha sido dado descubrir. A muchos escritores les acontece algo similar, pues parecen condenados a mostrarnos siempre una sola de sus facetas literarias. O al menos, el fulgor de ciertas obras nos deslumbra hasta el punto de dejarnos casi ciegos frente a las otras. Que esto puede suceder a grandes personalidades del firmamento literario lo prueba el caso de lord Byron (1788-1824), cuyos textos en prosa han sufrido, al menos en nuestro país, un doble ocultamiento: de un lado, el provocado por la propia personalidad de su autor ―uno de esos escritores cuya figura humana parece eclipsar su producción artística―; del otro, el derivado de su obra lírica, de los grandes poemas que le han dado renombre universal: Don Juan, Las peregrinaciones de Childe Harold, Manfredo, Mazeppa, etc. Sin embargo, sus textos en prosa no solo constituyen ―como pronto veremos― un valioso testimonio de su vida, ideología y gustos estéticos, sino que también nos informan de algunos grandes acontecimientos de su tiempo, frente a los cuales siempre adoptó una actitud de compromiso. Si además añadimos un puñado de interesantes páginas de ficción olvidadas, no será fácil exagerar el interés de estas Obras en prosa (2024) que acaba de publicar Renacimiento, editadas y traducidas con sobresaliente acierto por Lorenzo Luengo, que ha puesto además en valor su belleza literaria. Como un avezado cosmonauta de las letras, Lorenzo Luengo, gran conocedor de la obra y figura del bardo inglés (editor y traductor también de sus Diarios), ha emprendido una compleja singladura filológica que le ha permitido trazar esta nueva cartografía, inédita y detallada, de ese astro literario de primer orden que fue lord Byron.

Es conveniente señalar que Lorenzo Luengo ha soslayado en su edición ―tal como explica en las páginas preliminares del libro―, la peligrosa tentación de sembrar el texto de enfadosas notas explicativas a pie de página, que dadas las características de los textos recogidos no sería deseable. Sí ha redactado, por el contrario, sustanciosas y muy documentadas introducciones a cada una de las cinco secciones en que se encuentra dividido el volumen; como también nos brinda el repertorio completo de fuentes bibliográficas en que ha fundamentado su trabajo. En algunos casos, Luengo nos informa del significado de los fragmentos conservados; en otros, establece lazos de relación entre diversas obras del autor; o bien, simplemente, sitúa los escritos en su contexto o, más importante todavía, nos revela las referencias ocultas en los textos. Incluso en los fragmentos de ficción, las alusiones indirectas o la escritura en clave son moneda corriente en el hacer literario de Byron, y no resulta nada fácil entenderlas si no se cuenta con una mano informada que nos oriente. En todos estos textos introductorios, Lorenzo Luengo ha sumado a su portentoso saber una evidente voluntad de estilo, lo que los convierte en pequeñas obras literarias que es preciso leer con toda la atención y detenimiento que merecen.

El primer apartado del libro reúne un puñado de criticas literarias publicadas por Byron en diversas revistas británicas. El lector pronto apreciará que son extremadamente subjetivas, pues Byron andaba lejos de ser ―en palabras de Lorenzo Luengo― un «reseñador imparcial». Habría que preguntarse hasta qué punto se puede ser un crítico objetivo cuando la vara de medir es el propio gusto. Dicho criterio, que puede valer para censurar a talentos de tercera fila, resulta peligroso si se aplica a poetas de la talla de Wordsworth, al que Byron reprocha que haya rebajado su musa, en ocasiones, a tratar «asuntos» que considera «banales». Es cierto que Byron se muestra constante en sus gustos, como cuando se revela enemigo de los convencionalismos y del tono ligero y popular. En cualquier caso, más que como valoraciones literarias imparciales, lo más provechoso será considerar las criticas de Byron como un interesante resumen de su pensamiento estético y de su propia personalidad, expresada con frecuencia mediante una ironía hiriente y muy ingeniosa, como se manifiesta en su reseña de Neglected Genius, de W. H. Ireland, que parece haber sido escogido tan solo para ejercitar el afilado dardo de su ingenio. La crítica más extensa de Byron es la dedicada a William Robert Spencer (1769-1834), al que reprocha sus frecuentes «vers de societé», aunque también alaba algunos de sus poemas, como «El visionario» o su traducción de la Lenore de Bürger. Byron, que alterna, por así decir, el palo con la zanahoria, se despide de Spenser manifestando no «ser ciego a sus errores ni insensible a sus méritos», pero no sin antes haberlo saludado como el campeón de la «ñoñez».

Los escritos políticos de Byron vienen precedidos por un documentado resumen de su actividad en la Cámara de los Lores, a la que solo concurría obligado por su rango. De los tres textos parlamentarios conservados, el más extenso e interesante es el «Discurso contra el Proyecto de ley por la destrucción de los telares de Nottingham» (1812), donde Byron se opone a la pena de muerte que se pretendía aplicar a los responsables de los desórdenes. No solo los justifica en virtud de las grandes penurias sufridas por los encausados, sino que también crítica la torpe actuación de la Administración, que no acertó ni a prevenirlos ni a atajarlos. Tanto en este discurso como en los escritos en apoyo de la Iglesia católica (1812) o a favor de un peticionario ante el Parlamento detenido ilegalmente (1813), Byron manifiesta una ideología progresista; o, cuando menos, la postura elegante de quien se complace en ponerse siempre del lado de los más débiles. Fuera ya del ámbito parlamentario, Lorenzo Luengo recoge tres textos muy breves, pero también interesantes. El primero de ellos, «Escrito sobre el estado de Francia» (1815), es una dura invectiva contra la restauración borbónica, fechado un mes después de la derrota de Napoleón en Waterloo. Mayor valor autobiográfico encierra su «Mensaje a los insurgentes napolitanos» (1820), en el que nos da noticia de un importante donativo monetario para la causa, así como del ofrecimiento de su propia persona como voluntario. Cierra el grupo de escritos políticos un análisis de la situación de Grecia («El estado actual de Grecia», 1824), donde vierte duras críticas sobre sus naturales y resume el clima de corrupción que reinaba en el país.

En el apartado correspondiente a los relatos de ficción, «Augustus Darvell. Fragmento de una historia de fantasmas» (1816) es el texto más famoso de todos, aunque solo sea por el contexto biográfico en el que se gestó: la célebre reunión en la villa Diodati a la que asistieron los Shelley y Polidori. «Augustus Darvell» es un relato ciertamente siniestro, que sugiere más que revela, y que tiene como protagonista a un personaje tan inquietante como inescrutable («byroniano», nunca mejor dicho). Privado de cualquier rasgo de humor o de ironía, comparte con las restantes ficciones su localización exótica (calificativo que incluye tanto a Italia como a España), que en su caso particular se corresponde con el cementerio abandonado de la arruinada y solitaria ciudad de Éfeso. Merece también la pena destacar «El cuento de Calil» (1816), un divertido relato que da cuenta de la fracasada rebelión de los habitantes de Samarcanda, puestos en pie de guerra por las desmesuradas cargas fiscales de Timor el Cojo (Tamerlán). En un gesto típicamente aristocrático, Byron parece complacerse tanto en la pintura de un tirano tosco y despreciable como en la debilidad e inconsecuencia de sus estúpidos vasallos. Un cuento lleno de humor y de sarcasmo, que parece reírse ―por sus continuos cambios en el guion― hasta del mismo lector, pero al que no le falta su trasfondo político. Los tres siguientes textos tienen un carácter fragmentario. En «Bramblebear y lady Penélope. Capítulo de una novela» (1813), Lorenzo Luengo ve un abandonado proyecto narrativo que bien podría habernos dado cuenta, al menos de manera indirecta, de un romance del autor. Ambientado en una España inquisitorial y surtida de châteaux moriscos, «Doña Josefa» (1817) resume un acelerado intercambio epistolar entre dos esposos, al borde de una ruptura matrimonial de tintes un tanto «kafkianos». Parecido tono paródico hallamos en «Italia, o No Corina. Una novela de viaje por un écrivain en poste» (1820), en la que Byron se burla, con mucho ingenio, tanto de las incomodidades del viajero como del género literario que tomó de allí su nombre. Por su parte, «Apuntes sobre la vida y escritos del difunto George Russell de A…, por Henry Ferguson» (1821) es una evidente parodia del panegírico literario, moldeada bajo la forma de una biografía ficticia rendida a un escritor amigo malogrado. No me cabe duda de que Byron se divertiría mucho componiendo esta biografía apócrifa, donde los tópicos del elogio están vueltos del revés. Cierra este conjunto de ficciones un breve texto titulado «Un carnaval italiano» (1823), donde Byron expresa, como de pasada, un aristocrático desprecio por los turistas ingleses del «ton medio» (de medio pelo, diríamos nosotros), que degradan con su mera presencia el augusto suelo de la bella Italia. Al igual que Goethe, nuestro autor experimentó una gran fascinación por el carácter espontáneo del carnaval italiano: una «arlequinada universal de los países católicos» de la que Byron nos ofrece una estampa breve pero vivaz, y donde sus simpatías políticas afloran, irónicas, a cada paso, y desde luego sin máscara alguna.

El capítulo más extenso del libro lo conforman las polémicas literarias en que Byron se vio envuelto: un terreno en el que su ingenio, ironía y grandes conocimientos literarios le permitían desenvolverse a las mil maravillas («soy como un irlandés en una pelea, “y tengo para todos”»). Interesa señalar que los textos polémicos recogidos por Lorenzo Luengo complementan a la perfección las críticas literarias que encabezan el volumen, tanto por la cantidad de ingenios británicos (y de otros países) puestos en solfa o citados a «testificar», como simplemente citados. Hasta el lector más inadvertido pronto percibirá que la polémica literaria en un género cruento y algo tramposo, minado de réplicas y contrarréplicas, acusaciones y defensas, justificaciones y observaciones; tal como si la antigua controversia entre la pluma y la espada se pretendiera resolver haciendo de las dos una sola arma. Aparte de la polémica suscitada por la publicación anónima del Don Juan (en la que el propio autor participa sosteniendo una posición ambigua, aunque no menos beligerante), destacan las surgidas en torno a la figura de Alexander Pope (1688-1744), del que Byron se declara encendido defensor, y que según su opinión (y no se equivocaba) había sido puesto en entredicho por «los nuevos intérpretes de la lira inglesa». Avanzado en sus idea políticas, Byron no lo parece tanto en las estéticas, y sus diatribas contra los poetas lakistas (Wordsworth, Coleridge y Southey), culpables de una supuesta «antipatía natural» por Pope, se hacen extensivas a Keats («un renacuajo de los Lagos»), que también había censurado algunos aspectos de la lírica del «pequeño ruiseñor» de Twickenham (llamado así en virtud de su exigua talla). Pero la principal víctima de las diatribas de Byron es el reverendo y erudito W. L. Bowles, y el punto de fricción, la diferente consideración que les merecían arte y naturaleza como ingredientes de la obra poética. Byron, que ocupaba una posición contraria a la de Bowles (y alineada con la de Pope), defiende sus ideas muy ingeniosa y mordazmente, a lo largo de muchas páginas, y valiéndose hábilmente de sus experiencias viajeras y lecturas enciclopédicas. También defiende a Pope de las acusaciones de libertino que había insinuado Bowles, de tal manera que si de la postergación de la lirica de Pope deducía Byron la decadencia de la lirica inglesa actual, las censuras a su moral lo llevan a concluir que la hipocresía es el «primum movile» de la sociedad inglesa.

Pone punto final al libro un breve capítulo (Miscelánea) en el que se recogen textos muy diversos del autor: desde unas inesperadas consideraciones sobre el idioma armenio y su gramática, a un amplísimo memorándum de lecturas que testificaría (pues no veo motivo para juzgarlo mero farol) el interés universal de Lord Byron (y donde es posible hallar valoraciones literarias sumamente sorprendentes en las que no voy ya a detenerme). También podremos leer unos curiosos recuerdos de su encuentro con Madame de Staël en Londres, así como las cláusulas de un exclusivo club inglés reducido a tan solo dos miembros. Y con estos textos, en apariencia banales, pero llenos de la agudeza y desenvoltura propias de su autor, ponemos fin a nuestro viaje literario alrededor de la cara más desconocida del poeta: una instructiva singladura de la que retornamos con parecida satisfacción a la de quienes vuelven de uno de esos lugares turísticos de los que todo el mundo habla pero que casi nadie ha visitado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«[…] y sus composiciones me hubieran gustado mucho más de haber estado escritas en un idioma extranjero, si eso le hubiera evitado corromper su idioma natal».
«Que su sensibilidad era extrema es algo que tuve suficientes oportunidades de comprobar; pues, si bien nunca perdía el control de sus emociones, es verdad que tampoco alcanzaba a ocultarlas por completo. Y, con todo, tenía la facultad de conferir a una pasión cualquiera el aspecto de otra, de tal modo que resultaba difícil definir la naturaleza de aquello que operaba en su interior; y la expresión de sus rasgos variaba tan aprisa, y tal sutilmente, que era inútil tratar de rastrearla hasta sus orígenes. Resultaba evidente que Darvell era objeto de alguna invencible ansiedad; pero me sentía incapaz de saber si estaba producida por la ambición, el amor, el remordimiento o el dolor, por una sola de aquellas causas o por todas ellas, o simplemente por un temperamento malsano que en nada se diferenciaría de la enfermedad».
«Tras una breve estancia en París, acompañaron a su vetturino a Suiza e Italia, en las mismas condiciones que antes y en el mismo vehículo, el cual, aunque grande, no era ni veloz ni adecuado. Admitía la lluvia, pero excluía la luz, y sólo dejaba pasar el viento cuando había galernas, o tormentas de nieve. Fuera como fuese, a fuerza de verse obligados a salir cuando subían una colina, o de salir despedidos cada vez que descendían otra, consiguieron ver tantas partes del país como para adquirir una tolerable idea de sus paisajes».
«Mr. Bowles se obstina en que lo más poético de un barco depende del viento: ¿entonces por qué un barco a toda vela es más poético que un gorrino azotado por una ventolera? El gorrino es todo naturaleza, el barco es todo arte («burdas telas», «banderines azules», «altos mástiles»), ambos sufren la violencia del viento, que los manda aquí, allá y a todas partes, y, con todo, nada salvo un hambre atroz podría hacerme ver al cerdo como el más poético de los dos, y eso además en la forma de unos filetes».
Edición y traducción de Lorenzo Luengo
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Conversaciones sobre música, con Wilhelm Furtwängler

No creo que existan muchos directores de orquesta que hayan alcanzado una dimensión mítica comparable a la de Wilhelm Furtwängler (1886-1954). Y no importa que su muerte, relativamente temprana, le impidiera legarnos un patrimonio de grabaciones efectuadas con las cuidadosas técnicas modernas. Ni siquiera llegó a beneficiarse de la estereofonía, y muchos de sus registros, realizados en vivo, lo fueron de manera harto defectuosa. Sin embargo, en esos palmarés comparativos a que son tan aficionados los melómanos, sus discos han alcanzado siempre las más elevadas puntuaciones, y todavía en 2022 un libro publicado en nuestro país sobre Beethoven señalaba la preeminencia de sus versiones de la Quinta y la Sexta sinfonías sobre todas las demás. Tampoco el inevitable proceso de desnazificación que tuvo que sufrir al final de la Segunda Guerra Mundial, consecuencia del relevante papel que representó en la vida musical del Tercer Reich, disminuyó la consideración del público; y nada significó para sus admiradores que hasta 1952 no fuera restituido en su puesto de director de la Filarmónica de Berlín, cargo que había desempeñado ininterrumpidamente desde 1922. Es muy probable que todos estos elementos, dotados de cierto halo «dramático», hayan contribuido ―sumándose a sus grandes valores musicales, claro está― a cimentar lo legendario de su figura. Si sus grabaciones ―con todas las deficiencias achacables a la época― son testimonio elocuente de un poderoso genio interpretativo, los numerosos escritos sobre música que nos legó, así como sus composiciones sinfónicas y de cámara, definen una personalidad musical muy completa y de primer orden. En este sentido, las Conversaciones sobre música (Gespräche über Musik, 1937) que nos presenta Acantilado cobran un altísimo valor, pues nos permiten conocer el sustrato humanista y estético donde arraigaba su praxis interpretativa y creativa, aunque poco digan, en realidad, sobre las tareas específicas de la dirección orquestal. Las breves y abiertas preguntas de su interlocutor, el crítico y compositor Walter Abendroth (1896-1973), constituyen simples apoyos al pensamiento de Furtwängler, que se despliega generosa y libremente ante nosotros, siempre imbuido de una gran coherencia.

La primera conversación recogida en el libro está referida al importante papel desempeñado por el público en el desarrollo de la música. Quizás sea en este punto donde haya que tener más en cuenta el contexto histórico de las conversaciones, pues el concepto de público ideal que tenía Furtwängler no se corresponde con el actual, mucho más amplio y diverso, vinculado por los modernos medios de comunicación y reproducción. A la pregunta formulada por Abendroth de por qué algunas obras musicales han tardado tanto tiempo en imponerse en el repertorio, Furtwängler responde subrayando el pobre criterio de los auditorios: «una masa sin voluntad propia», inclinada a rendirse a lo que él denomina «efectos espurios» de la música. Además, sus reacciones son inevitablemente «caprichosas» e «instintivas», pues carecen de un elemento esencial para comprender en profundidad toda obra musical: el tiempo. La predilección del público por las llamadas coloquialmente «obras taquilleras» (la Quinta de Beethoven, la Incompleta de Schubert…) se explicaría por su mayor «claridad» y una «estructura fácil de abarcar en su conjunto», que ni tan siquiera las malas interpretaciones pueden arruinar. Un elemento cardinal en el pensamiento estético de Furtwängler lo constituye la diferenciación entre lo que él denomina efectos espurios y efectos legítimos (presentes no solo en la dimensión creativa de la música, sino también en la interpretativa, como luego veremos), y que son factores relevantes en la mayor o menor resistencia de una obra musical al paso del tiempo. A este respecto señala el hecho de que ciertas composiciones que lograron en su momento un gran éxito (nombra a Wagner y a Richard Strauss) luego lo perdieran, pues ese efecto espurio en el que se apoyaban terminó convirtiéndose en un «obstáculo para el otro efecto, más profundo a la larga». Furtwängler censura, pues, el uso por parte del compositor de «efectos sin causa» que solo pretenden salvar su creciente distancia con el público, y que suponen una peligrosa amenaza para el futuro de la música.

Inicia Furtwängler su segunda conversación, «Distintas dificultades en la interpretación musical», trazando una línea divisoria entre las obras de autores «clásicos» (Bach, Mozart, Beethoven…) y otras que denomina más «recientes» (Tchaikovski, Wagner, Debussy…). Las primeras, según su opinión, están dotadas de una mayor «organicidad», y por lo tanto son más difíciles de interpretar: «¡Cuán incomparablemente más difícil resulta a menudo para los directores la interpretación de una sinfonía de Haydn ―suponiendo que tenga que destacarse realmente toda la fuerza, toda la profundidad de sentimiento, toda la alegría desbordante de esta música― que la mayoría de obras contemporáneas!». En la música moderna, aquejada de una complejidad que no tiene en cuenta las limitaciones del oído humano, se ha perdido el efecto de la «totalidad» en beneficio de una atención excesiva al detalle; y es por ello que su interpretación, aparentemente más compleja, deviene en una mera cuestión técnica. Furtwängler considera este fenómeno una consecuencia de los tiempos en que vivimos. El compositor cree servir al progreso «rindiéndose a las “exigencias del material”, convirtiéndolo en un fin en sí mismo, aumentando sus complejidades hasta perderse en ellas». Esta falta de organicidad que se manifiesta en ciertas obras musicales, Furtwängler la rebaja a un mero «arrangement» de elementos, que el compositor dispone como si confeccionara una «canastilla de flores». Todas estas objeciones a la música moderna son ciertamente muy cuestionables (cuando no calificables de reaccionarias), pero es preciso reconocer, al menos, que están magníficamente argumentadas y no carecen de ingenio.

En su conversación referida a «Lo dramático en las composiciones de Beethoven», Furtwängler particulariza en el músico de Bonn el dramatismo que la sonata clásica introduce en el discurso musical. Si Bach, con su sereno discurrir de idea musicales, representaba lo épico, Beethoven es para el director de orquesta alemán el paladín de un drama musical que tuvo su precedente más ilustre en la obra de Haydn («con él empieza la música moderna propiamente dicha»). Furtwängler esboza una interesante caracterización de la música de Beethoven, cuya peculiaridad estriba en el empleo de temas y motivos de gran sencillez, cuidadosamente trabajados y a los que sabe rodear de un «aura» especial. Dichos temas se apoyan dramáticamente entre si, interaccionando «como los personajes de un drama». hasta formar una unidad superior que «los recubre como una bóveda». Por el contrario, Furtwängler niega a la música el poder de representar lo trágico, al menos en cuanto fuente de la «catarsis» aristotélica. Ni siquiera la Patética de Tchaikovski lo logra, pues tan solo nos transmite «la desesperación y la resignación más sombrías», sin atisbo alguno de liberación. Según Furtwängler, lo propio de la música es la expresión de lo dionisíaco, de la alegría, como se manifiesta en «los grandes finales en tono mayor de Beethoven». Tanto en esta como en las restantes conversaciones, el lector percibe enseguida que el título que las encabeza no resume en modo alguno todo lo que contienen, y así, en este capítulo hallaremos otras interesantísimas valoraciones sobre Beethoven, como el diferente carácter de las sinfonías pares e impares o el valor de las grandes variaciones «en adagio» propias de algunas de sus últimas composiciones.

La siguiente conversación, «Acerca de la Novena Sinfonía de Beethoven», podría considerarse una prolongación de la anterior. El quid de la cuestión estriba ahora en averiguar qué papel representa una sinfonía coral tan eminente en el conjunto de una obra saludada como el mayor exponente de un arte regido por «reglas puramente musicales». O dicho de otra manera: ¿hasta qué punto no traiciona la Novena sinfonía, con sus coros y solistas, el ideal de la música pura? Furtwängler, que siempre desea hilar fino en todas sus apreciaciones, comienza su intervención preguntándose cuál es el significado de la palabra «idea» desde un punto de vista filosófico. Según su opinión, las ideas se pueden plasmar de muy diferentes maneras, y en la música de Beethoven cualquier idea o contenido extramusical es sometido a un proceso de transformación que lo expresa finalmente a través de un discurso estrictamente musical. En el caso concreto de la Novena sinfonía, Beethoven no solo buscó un poema de contenido «abstracto», cuya puesta en música no lo obligara a entrar en detalles, sino que además se valió, para todo el movimiento final en el que se inserta, de una forma puramente instrumental: la de un «conjunto de variaciones a gran escala». Si hemos de creer a Furtwängler, la voz humana para Beethoven, al menos en este caso, «no es sino un instrumento más que se une al coro formado por el resto». El empleo de un texto literario y de la voz humana no resta, pues, a la sinfonía —siempre en opinión de Furtwängler— un seguro anclaje en la música pura. Es por ello que el compositor de Bonn —concluye— nunca pudo ser un lírico como Schubert o un dramático como Wagner: «En Beethoven, poetas y músicos no se encuentran cómodamente a medio camino». En línea con lo anterior, Furtwängler tilda de «autoengaño» la costumbre de adornar las obras de Beethoven con etiquetas extramusicales. No tenemos derecho alguno (ni tampoco Beethoven nos ha dado motivos) —señala— para leer en su obra «cosas arbitrarias que no tienen que ver con ella». Con esto alude a la costumbre de añadir títulos caprichosos a algunas de sus composiciones (Claro de luna, La caza, Los adioses, La tempestad…). Este es un asunto menor en el que Furtwängler tiene mucha razón. Ahora bien, no cabe duda de que su defensa a ultranza de Beethoven como un campeón incontaminado de la música pura es, al menos, matizable. Abendroth no insiste mucho en el tema (aunque parece albergar ciertas reticencias), y resulta sorprendente que en ningún momento se aluda a otras composiciones, como la Sexta sinfonía, donde los materiales extramusicales parecen reclamar una atención particular.

La quinta conversación, «La creatividad en la interpretación», parece estar más enfocada a la labor del director de orquesta. Así, el primer tema de discusión que plantea Abendroth gira en torno a los ensayos y a su número. Para Furtwängler, el ensayo no debe ser nunca tan «minucioso» que ahogue la espontaneidad del concierto. El propósito ―equivocado en su opinión― de dejar todo absolutamente atado en los ensayos obedece a un desconocimiento del componente improvisatorio que late en toda obra musical. Furtwängler se abandona a una interesante disquisición sobre las formas musicales y su desarrollo histórico, que solo desde una perspectiva posterior han llegado a ser consideradas estructuras fijas, así como a un análisis de la compleja génesis de las diferentes oberturas que Beethoven compuso para su Fidelio. Por lo demás, Furtwängler considera la interpretación musical un correlato de la creación, de tal manera que la crisis que detecta en la composición contemporánea explicaría el deficiente estado actual de la primera, que tiende a lo superficial. Así se manifiesta en el equivocado empleo del «falso rubato», en la «pose» frente a la orquesta (Furtwängler fue un director de gestos desmañados y vacilantes, según se asegura) y en la conversión de la técnica en un fin. Furtwängler advierte del efecto nocivo que ejercen sobre el público aquellas interpretaciones que traicionan el contenido espiritual de la música, al volcarse en la exhibición de efectos llamativos introducidos «desde fuera».

En la sexta conversación, «El compositor y la sociedad», se aborda el estado de fragmentación de la música europea en el primer tercio del siglo XX. Furtwängler, que inicia su intervención haciendo una calurosa defensa de la capacidad que tiene la música para unir a los pueblos, reconoce enseguida que el enfrentamiento entre las diversas escuelas o ismos han convertido a la Europa artística y cultural en un «campamento militar». Para explicar las causas de esta situación, Furtwängler acuña un importante concepto, el de «materia», que viene a ser una especie de constructo estético forjado en torno a los rasgos o materiales de la obra concreta de un autor importante (Wagner, por ejemplo), que sus seguidores e imitadores utilizan como bandera para sus rivalidades, ignorando la individualidad y libertad propias de la verdadera obra artística, sujeta a criterios más flexibles. Achaca, pues, este enfrentamiento no tanto a la propia música, cuyas diferencias el paso del tiempo siempre restituye a una dimensión menor, sino a las camarillas de discípulos e imitadores, teóricos, «expertos» y partidarios, incapaces de distinguir «entre la obra misma y su materia», y que generan abundantes discursos de confrontación. Leeremos también en este capítulo una crítica a los criterios historicistas que por aquel entonces apuntaban ya en la música. El motivo lo da una interpretación de la Pasión según san Mateo que Furtwängler ha oído, y a la que califica de estéril y sin vida. Según su opinión, el miedo a la expresión de nuestros propios sentimientos que subyace en ciertas interpretaciones historicistas constituye una «comedia ridícula». La aridez de dichas interpretaciones tendría su contraejemplo en aquellas otras, de obras más modernas, en las que los mismos intérpretes que le negaban expresividad a la música antigua se abandonan ahora a las «emociones espurias, a rubatos afectados y engañosos». Este rechazo a los criterios historicistas y teóricos en la interpretación de la música antigua de que hace gala Furtwängler (famoso por su interpretación «romántica» de muchas obras clásicas) quizás pueda ser mejor comprendida hoy en día que hace veinte o treinta años, cuando dichos criterios alcanzaban su punto más álgido y dogmático.

Cierra este apasionante libro un texto elaborado diez años después (1947): «Ensayo sobre la música tonal y la atonal». Aunque aparece rotulado como «Séptima conversación», se trata en realidad de una valoración de Furtwängler acerca de lo que por aquel entonces constituía uno de los fenómenos musicales más controvertidos: la atonalidad. El propio Furtwängler, que se confiesa un «defensor acérrimo de la tonalidad». es consciente, al abordar dicho tema, de estar asiendo un «hierro candente» que no le reportará, ni a él ni a nadie, beneficio alguno. La suya es, desde luego, una defensa cerrada de la tonalidad, pero no un ataque a la modernidad o una negación de la necesidad de abrir nuevos caminos al arte que estén en mayor consonancia con el hombre moderno. No debemos olvidar que Furtwängler estrenó obras de autores contemporáneos, como Bartók o Hindemith. Es importante señalar que Furtwängler no ve en la atonalidad una evolución natural e inevitable de la música tonal: el lenguaje de Los maestros cantores desmentiría, según su opinión, que las libertades tonales del Tristán (siempre señaladas como precedente de la atonalidad) fueran algo más que la búsqueda de una «expresión» puntual para una obra musical en particular. Ya de manera más concreta, su rechazo a la música atonal y dodecafónica queda fundamentado en torno a dos puntos principales: en primer lugar, porque solo la tonalidad puede dar cuenta de los principios de tensión y relajación propios de la «vida orgánica», que en la música tonal se corresponden con los procesos cadenciales y la alternancia de consonancias y disonancias; en segundo lugar, porque la «lógica geográfica» de la música tonal nos permite conocer en todo momento el punto concreto del discurso musical en el que nos hallamos. Para Furtwängler, el sentido de la orientación es también un principio básico de la vida orgánica, tanto desde un punto de vista espacial como temporal, y la música atonal, salvo que vaya acompañada de un texto o de una coreografía, adolece de dicha propiedad. No sería difícil objetar que precisamente ese efecto desorientador que Furtwängler atribuye a la falta de tonalidad es un rasgo propio del mundo moderno, que puede convertir a la composición no tonal en un eficiente signo de nuestro tiempo (o al menos, del período de entreguerras). Esto, desde luego, no le resta interés a los fundamentados reparos de Furtwängler, que diagnostica en ese carácter supuestamente «no orgánico» de la música atonal las causas del generalizado rechazo del público: un rechazo que, por otra parte, es muy diferente al que merecieron algunas grandes obras del pasado, pues «se mantiene actualmente más allá de una generación» y no parece que vaya a remitir en el futuro. El giro conservador experimentado por la música culta durante las últimas décadas (que ha dejado «a la izquierda» a compositores en otro tiempo juzgados conservadores, como Messiaen o Dutilleux) parece darle la razón, al menos por el momento.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña, revisada y ampliada, ha sido publicada en el libro Razón de música (2026) de Ápeiron Ediciones

«Si nos dejamos llevar de la mano de la música atonal, caminamos como a través de un frondoso bosque. En la orilla del camino, las flores y plantas más maravillosas atraen nuestra atención. Pero no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos. El oyente experimenta la sensación de estar perdido».
«Pero hay otras prácticas aparte del rubato para simular desde fuera lo que no se puede demostrar desde dentro. Ya hemos mencionado la pose del director. La falta de capacidad de discernimiento respecto de lo que es auténtico y necesario en los gestos del director, de lo que es erróneo, afectado, artificioso, pura “pose”, es un rasgo característico del público de las grandes ciudades. Parece como si en este caso a menudo se considerasen las poses como algo absolutamente indispensable, como si el arte de un director o de un pianista estuviera desprovisto del condimento necesario. Se ha perdido el sentido de la diferenciación entre un gesto expresivo inspirado por la obra y dirigido a la orquesta y un gesto vacío destinado a impresionar al auditorio».
Traducción de Joan Fontcuberta
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Séneca, Sócrates y demás filósofos en la ópera, de Wolfgang Molkow

Quizás no exista otro género musical que haya dado tanto pie para la especulación teórica como la ópera. La relación entre música y texto ha sido una preocupación constante de teóricos de la música, filósofos y compositores: una geometría variable que ha determinado la evolución del género a lo largo de su historia. Como restauración imaginaria del teatro griego de la Antigüedad, la ópera barroca bebió desde sus tempranos inicios de fuentes filosóficas. Sus fundadores, los miembros de la Camerata fiorentina (c. 1590), no solo se basaron en los escritos musicales de Platón y Aristóteles, sino que también prescribieron la supremacía de la palabra sobre la música y, en consecuencia, la preeminencia de la nueva textura de monodia acompañada sobre la polifonía renacentista. Una sola melodía podía representar mejor los «afectos» del texto cantado, adecuándose así a los preceptos de la mímesis aristotélica. Ahora bien, ¿es posible que los propios pensadores o sus discursos lleguen a convertirse en material operístico? ¿Resulta factible que filósofos como Sócrates o Séneca se vistan de personaje y nutran con sus abstractas doctrinas los libretos de un género tan activo y vital? ¿No era la ópera un espectáculo musical de entretenimiento?

El reciente libro de Wolfgang Molkow, Séneca, Sócrates y demás filósofos de la ópera (Ápeiron, 2024), no solo responde a dicha pregunta, sino que también traza una panorámica del género visto desde la perspectiva de filósofos y filosofías convertidos en protagonistas de un espectáculo musical. El estudioso alemán tiene a sus espaldas una dilatada e importante trayectoria artística, que incluye las facetas de pianista, compositor y crítico. Alumno de musicología de Carl Dahlhaus, Molkow es autor de numerosos libros y publicaciones, así como organizador de eventos musicales, tanto en Alemania como en Italia. Séneca, Sócrates y demás filósofos de la ópera es un ensayo breve pero denso, muy documentado y bellamente escrito. Uno de sus elementos más valiosos es, sin duda, la rica información que nos transmite acerca de la ópera moderna y contemporánea, singularmente la escrita en lengua alemana, de la que Molkow se revela un gran conocedor y difusor. Pero lo más significativo del libro quizás sea que su autor ha sabido hallar y describir convincentemente un hilo conductor, el pensamiento filosófico, que enlaza toda la historia del género, permitiéndonos contemplarlo desde un ángulo diferente: el propio de una «ópera de ideas».

Desde que El Estagirita se dejó cabalgar mansamente por la joven Phyllis, bajo la burlona mirada de su pupilo Alejandro (así lo refiere el famoso Lai de Aristóteles), los filósofos han constituido un fácil objeto de burla. El contraste que media entre las elevadas miras de su pensamiento y los tropiezos y exigencias que les impone la realidad puede ser una fuente casi inagotable de ironía. Así sucede en los inicios del género operístico, donde en ocasiones les toca representar papeles tan serios como ridículos. En los capítulos consagrados al estudio de la ópera barroca, Molkow nos ofrece una doble muestra de este carácter ambivalente del filósofo sobre las tablas, elevado y cómico a la par. Así, en L’incoronazione di Poppea (1642), de Claudio Monteverdi, el personaje de Séneca aparece retratado en muchas de sus actuaciones como un «rétor charlatán y taimado», y solo se «salva» en la escena final, al poner voluntario y heroico fin a su vida en la compañía de discípulos y amigos. Una situación similar hallamos en El Sócrates paciente (Der geduldige Socrates, 1721) de Telemann, donde el tratamiento serio del personaje deriva con frecuencia hacia lo bufo. Las repetidas peleas del filósofo con sus dos temperamentales esposas, Mirto y Xantipa, degradan su figura hasta el punto de hacerle representar el papel de marido «calzonazos».

Tampoco en el contexto de la Ilustración, que sitúa a la razón en el centro de la preocupación humanista, faltarán las burlas, sarcasmos y parodias a cuenta de los filósofos de pacotilla. De parecida manera a como en nuestras latitudes hispánicas José de Cadalso se burlaba de los pedantes en Los eruditos a la violeta (1772), compositores napolitanos de la ópera bufa como Galuppi o Paisiello harán diana en el «postureo» filosófico. Así lo manifiestan títulos como Il filosofo di campagna (1754), Il Socrate immaginario (1775) o Gli astrologi immaginari (1779), con su grotesca galería de astrólogos y filósofos improvisados. Su desmesurado y poco fundamentado anhelo de hacerse sabios de imitación y por atajo anticipa ―a mi manera de ver― ese afán diletante, insaciable y universal que veremos encarnado un siglo después en los patéticos Bouvard y Pécuchet de la novela de Flaubert, a quienes una herencia inesperada y los adelantos de la nueva centuria procuran los medios necesarios para embarcarse en una disparatada aventura cultural. 

Fraguada la reforma de la ópera barroca por obra de Gluck y los compositores vieneses del Clasicismo, la filosofía con mayúsculas vuelve a subir a los escenarios y a ser tomada en serio. Molkow estudia en su libro una ópera de Haydn poco conocida, L’anima del filosofo, ossia Orfeo ed Euridice (inédita hasta 1951), pero muy representativa de este cambio de rumbo. También analiza, desde dicha perspectiva filosófica, algunas óperas y singspiele de Mozart, como La flauta mágica, Così fan tutte o Don Giovanni (esta última, haciéndose eco de la interpretación de Kierkegaard). En el personaje de Sarastro, Molkow reconoce el triunfo de la sabiduría y la razón sobre la impetuosidad juvenil de Tamino y los restantes personajes del «cuento de hadas». En un orden muy diferente (en las antípodas de Il Socrate immaginario de Paisiello) habría que situar al cínico y experimentado personaje de don Alfonso, que sienta cátedra en Così fan tutte para enseñarnos su particular filosofía de la vida y del amor. Gran conocedor, al parecer, de la psicología de las mujeres, don Alfonso (rotulado como «filósofo» en el libreto) exhibe una «sabiduría» no tan elevada como la de Sarastro, pero apegada a la «ley natural» y en modo alguno susceptible de ser tomada en broma.

En un entorno propio ya del Romanticismo, y tras un intermezzo italiano consagrado a Busoni y, sobre todo, al Mefistofele (1868) de Arrigo Boito (que desplaza toda la carga dialéctica del discurso filosófico de Fausto al personaje diabólico), Molkow se centra en el análisis del importante fenómeno de la ópera alemana. Ya en la célebre obra de Weber, El cazador furtivo (1821), Molkow cree ver, más allá de las escenas costumbristas y terroríficas del libreto, una dimensión de pensamiento más profunda en la que se cuestiona la existencia de Dios. A partir de esta y otras óperas inaugurales del Romanticismo, como El vampiro (1828) de Heinrich Marschner, se obra un proceso que conduce gradualmente a un teatro musical en el que muchos de los personajes principales son «naturalezas reflexivas»: actores de un drama donde «el pensamiento gobierna sobre la acción». Así sucede en el drama wagneriano, de cuyo potencial filosófico fuera Nietzsche tan consciente ―nos lo recuerda Molkow―, hasta el punto de conceptuarlo como un regreso a lo dionisíaco: una música en cuyo interior yacía «la armonía del mundo». Analiza Molkow el componente discursivo de diversos dramas líricos de Wagner, como Los maestros cantores de Núremberg, a la par que subraya la importancia que adquiere su ingrediente sinfónico, en cuanto que posibilita, con sus demorados y extensos pasajes orquestales, «una alta proporción de momentos reflexivos dentro de sus propias óperas». Este carácter reflexivo de la música orquestal creo que podemos extenderlo también a muchos de los grandes adagios del sinfonismo postromántico (Bruckner, Mahler). No deja de ser significativo que Richard Strauss se aventurara a escribir poemas sinfónicos sobre programas filosóficos, como vemos en Así habló Zaratustra o, incluso, en Muerte y transfiguración. De alguna manera, Beethoven había dejado escrito ya el mandato, no solo con su propia obra final, sino al asegurar también que la música era una revelación más elevada que cualquier filosofía.

Para Wolfgang Molkow, el drama de ideas wagneriano se prolonga, con variaciones y matices, en los compositores de la denominada Nueva Escuela Alemana. Así se manifestaría en la única ópera compuesta por Hugo Wolf, Der Corregidor (1896; ambientada en España), donde la impronta wagneriana se modula, bajo la influencia del último Nietzsche, en una clave más latina, aunque sin renunciar a la densidad sinfónica, los personajes reflexivos o el empleo del leitmotiv como procedimiento estructurador del discurso musical. La huella de Wagner se manifiesta también en la ópera Palestrina (1917), de Hans Pfitzner, que subordina la acción dramática a la especulación teórica; como también en las famosas óperas de Richard Strauss, que, siguiendo el modelo de personajes wagnerianos como Erda, Brunilda o Kundry, incorporan un destacado plantel de protagonistas femeninas caracterizadas por un talante marcadamente reflexivo. Molkow, que extiende esta influencia incluso a la ópera de Puccini, rastrea su huella en títulos como Gianni Schicchi (1918) o incluso La bohème (1896).

Tras este paréntesis de personajes reflexivos, la ópera se abre de nuevo al retorno de los verdaderos filósofos. Molkow analiza la reaparición del personaje de Sócrates en las óperas de Eric Satie (Socrate,1917) y Ernst Krenek (Pallas Athene weint: ‘Palas Atenea llora’, 1955). Por otra parte, el conflicto entre la vida activa y la contemplativa, tal como prefiguraban los personajes de Séneca y Nerón en la obra de Monteverdi, se reedita ahora en una ópera de Paul Hindemith, Die Harmonie der Welt (1951). Sus principales protagonistas, el astrónomo Kepler y el general Wallenstein, actúan como representantes de principios opuestos, y no tanto como enemigos. Parece obvio que en un género operístico vivo y que pretenda ser actual, los filósofos y pensadores llevados a la escena no tengan que pertenecer en exclusiva al pasado. Wolfgang Molkow agrupa en las últimas páginas de su libro un conjunto de óperas protagonizadas por personajes más modernos, como Walter Benjamin o Nietzsche. Así, en Benjamin (2015), de Peter Ruzicka, se representa la huida a España de su protagonista, perseguido por los nacionalsocialistas, y su trágico suicidio en Portbou. Dionysos (2010), «fantasía» operística de Wolfgang Rihm, se inspira en algunos episodios de la vida de Nietzsche, reunidos en un libreto compuesto solo con palabras del filósofo. Lou Salomé (1981), de Giuseppe Sinopoli, recupera también la figura de Nietzsche, al que hace subir a escena en compañía de otras amistades de Lou, como Freud o Rilke. Molkow no solo analiza los contenidos de estas y otras óperas, sino que además nos ofrece valoraciones estilísticas de algunas partituras.

Los filósofos, en suma, han retornado a la ópera contemporánea con todos los honores. A diferencia de sus predecesores barrocos, ya no son fuente de comicidad ni motivo de burla, sino representantes de la tragedia existencial que entraña el choque de mundos irreconciliables. Molkow concluye su trabajo reivindicando la importancia y pertinencia de una «ópera de ideas» en la escena contemporánea; es decir, de un teatro musical, depositario de una larga y valiosa tradición, que no debería renunciar nunca a la «magia teatral», a esa sabia mezcla de «animada teatralidad y contenido intelectual» que ha distinguido a los mejores eslabones del género a lo largo de su historia.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

Esta reseña, revisada y ampliada, ha sido publicada en el libro Razón de música (2026) de Ápeiron Ediciones

«Tanto los representantes de la vieja como de la joven modernidad parecen coincidir en poner el foco en los pensadores como protagonistas. Los filósofos no solo preservan cierta altura estilística que caracteriza a la ópera, sino que también revelan la dimensión más profunda que se esconde detrás de la obra. La presencia del que piensa garantiza, por así decirlo, la existencia del que canta. Y desde el Barroco hasta Brecht y Weill, pasando por Mozart, los dramatis personae salen de detrás de sus máscaras y, en máximas, proclaman su sabiduría, l’antichissima canzon».
«Junto al vecchio buffone, las astutas sirvientas, el notario y el pupilo huérfano está el dottore. El dottore ha estudiado en la universidad de Bolonia o en la de Padua, las más prestigiosas universidades del Renacimiento, y se caracteriza por una actitud de sabelotodo y por su palabrería erudita intercalada con latín macarrónico. Mezcla de manera ridícula conceptos jurídicos, médicos, filosóficos y astrológicos. Lleva puesto un antifaz, un gabán negro con gorguera blanca y un sombrero de gran tamaño: la ropa típica del académico procedente de Bolonia. Sus mejillas están a menudo teñidas de rojo para poner de relieve su amor al vino. Además del médico aparece, naturalmente, el filósofo: tiene el primero el control sobre el cuerpo, el segundo lo tiene sobre el alma. Esta supremacía confiere a los dottori, astrologi y filosofi un aura de pomposa arrogancia que puede ser fácilmente caricaturizada».
Traducción de Roberto Vivero

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El espejo de lo maravilloso, de Pierre Mabille

Como dijo el apóstol, «El viento sopla por donde quiere», y si parece difícil ponerle puertas al campo, ¿cómo será el pretender imponer fronteras a lo maravilloso? Y sin embargo, este bello libro que tenemos entre las manos, El espejo de lo maravilloso (Atalanta, 2024), de Pierre Mabille, aspira nada menos que a cartografiar las lindes de ese reino de la fantasía trascendente y de lo inasible. Lo maravilloso, según Mabille, impregna el mundo entero, está presente en los objetos y seres más humildes, y puede irradiarnos desde cualquier punto. Es similar a una fina veta de oro que atravesase las rocas más comunes; y como sucede con todos los tesoros que se precien, lo que se necesita para descubrirlo es un mapa (y no un microscopio). Es así como se explica la especial conformación del libro, que sin dejar de recoger a modo de antología― un amplísimo caudal de textos muy diversos, nos ofrece también la cartografía precisa para poder recorrer, por nuestra propia cuenta, esa casi infinita terra incognita de lo maravilloso, de la que Mabille nos señala los principales términos que la delimitan. «Aunque constara de cien volúmenes, este libro no estaría menos incompleto», asegura Mabille. Toca al lector, si tal es su voluntad, completarlo.

Pierre Mabille (1905-1952) nos propone en su libro una visita guiada al país de lo maravilloso, sustentada en una cuantiosa variedad de textos literarios y religiosos, folclóricos y mitológicos, de todas las épocas y culturas… Las grandes epopeyas y textos sagrados (Popol Vuh, Kalevala, Gilgamesh, Apocalipsis…) corren parejas con los cuentos y leyendas de una infinidad de países. Poetas de la talla de Rimbaud, Blake, Shakespeare o Goethe, entre muchos otros, se codean con narradores como Carroll, Lewis, Maturin, Poe, Kafka, Meyrink… Autores antiguos (Platón, Apuleyo, Ovidio, Chrétien de Troyes, Tasso…) alternan con los modernos: Giraudoux, Julien Gracq, Jarry, Breton… Un imponente acopio de textos, en suma, con los que su autor ha ejecutado una artística labor de taracea. Mabille tiene el mérito de haber sabido armonizar como si pretendiera entregarse a un glasperlenspiel trascendente una pluralidad de testimonios procedentes de mundos aparentemente opuestos, a los que ha obligado a cantar, en ordenado coro, las maravillas de un mismo universo.

El espejo de lo maravilloso (Le Miroir du Merveilleux, 1940, 1962) se enriquece, además, con un iluminador prólogo de André Breton («Puentes levadizos», 1962). En sus páginas, el gran escritor francés y fundador del surrealismo nos recuerda las diferencias que separan lo maravilloso de lo meramente fantástico. Pero sobre todo nos habla de Mabille: un autor al que conoció bien y con el que comparte una parecida cosmovisión. Diez años después de su desaparición, Breton traza en su prólogo un emocionado recuerdo del amigo, tanto en su dimensión humana como intelectual, valorando El espejo de lo maravilloso como una clave «monumental» para el desciframiento del «espíritu surrealista». El espejo de lo maravilloso es, ciertamente, mucho más que una abultada antología. No es un simple herbario de hojas disecadas y muertas con las que pasar un agradable rato de ocio. En el transcurso de su lectura no sabremos qué admirar más, si el interés y la amenidad de los textos reunidos o el imaginativo y sugerente discurso del propio autor que los ordena. Porque Mabille no se limita a presentar y glosar los componentes de su antología, sino que ramifica y ahonda su pensamiento en mil direcciones diferentes, ampliando y completando lo que los textos recogidos no llegan a decirnos. Para Mabille, aquella vieja imagen retórica de la lengua de bronce se hace de nuevo pertinente al pretender cantar las infinitas variaciones y presencias de lo maravilloso en el mundo.

Mabille ha tenido además la precaución de guardar ordenadamente sus mapas en un estuche adecuado: un castillo dotado de siete espaciosas moradas interiores y cuya puerta es un espejo mágico. En su primera estancia cruzamos ya la frontera de lo maravilloso, resumida en la extasiada sorpresa de quienes alzaron la mirada al cielo nocturno y se preguntaron por el origen y sentido del universo. El misterio de la creación es la primera de todas las maravillas, la que conmueve más al hombre, con la que no deja nunca de soñar y a la que siempre ha deseado encontrar una explicación. La maravilla de la creación se prolonga también en el modesto, aunque sugestivo, mundo de los autómatas, zombis y homúnculos mágicos que nutren la literatura fantástica de todos los tiempos. Autores como William Seabrook o Achim von Arnim son ahora los encargados de presentárnoslos. Pero esto es solo el comienzo. Todavía deberemos recorrer las seis cámaras restantes, donde nos aguardan los prodigios correspondientes: la sugestión de las grandes catástrofes y el fin del mundo, el viaje a través de los elementos (el agua y el fuego, islas y bosques encantados, ordalías, descensos infernales e invocaciones diabólicas), la lucha contra la muerte (resurrecciones de dioses y héroes, rituales de iniciación y reencarnaciones), los viajes maravillosos, la predestinación… Finalmente, en el último gabinete de esta sugestiva torre de los siete suelos nos espera la maravilla más cercana de todas: la incesante búsqueda de la plenitud en el amor, simbolizada por la figura del Grial. Seguramente el lector, en toda esta su navegación por los océanos de lo maravilloso, habrá percibido que Mabille nunca se olvida del mundo «real». La preocupación social impregna los meandros de su pensamiento: «¿No te dije que no aceptaríamos la arbitraria separación entre la realidad y el sueño, y que bajo ninguna condición aceptaríamos un viaje con algún paraíso inaccesible como meta?». El país de los lotófagos no entra en la singladura.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Lector, percibo tu creciente indignación. No te parece bien que, en nombre de lo maravilloso, se te conduzca a estos paisajes oscuros donde pasas tus días más difíciles. Por más que te lo advertí al principio de nuestro viaje, seguías esperando escapar del miedo cotidiano, permanecer medio dormido durante unas horas en un mundo imaginario rico en rosas y piedras preciosas, perfumes y pieles, un mundo habitado por hermosas esclavas que respondieran a todos tus deseos sensuales».
«La existencias de los zombis me ha preocupado tanto que he intentado por todos los medios obtener más información sobre el tema. Algunos me han dicho que en realidad sacaban a los muertos de sus tumbas. Pero otra fuente, que llevaba la marca sangrienta de la iniciación al vudú, me confió que esos seres misteriosos eran humanos vivos sometidos a un cruel hechizo que los transformaba en mano de obra esclava perdida en una especie de descerebramiento animal, pero más barata que las bestias: el estado de asalariado que conocemos en Europa, pero perfeccionado hasta un extremo criminal».
Traducción de Adrià Pujol Cruells
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Obligación impuesta. Wondrak, de Stefan Zweig

Desde que el poeta Arquíloco de Paros arrojó su escudo tras un arbusto y salió huyendo de la contienda (significando así el declive del género épico, según señalan algunos filólogos), la reticencia a participar en una guerra ha sido materia de discusión posible. Más allá de enfrentar conceptos tan simplificados como los de cobardía o valentía, lo que se acostumbra a debatir es la relación que media entre la ética del individuo y las exigencias de la colectividad en la que vive. Porque la libertad personal nunca se ve más amenazada que cuando se nos exige arriesgar o entregar la vida por unos valores bélicos que quizás no entendamos o compartamos. Un dilema que, en el mejor de los casos, no parece tener sino respuestas particulares, dependientes de las circunstancias del momento. De ahí la cuestión derivada de averiguar primero, antes de decidir, si una guerra es justa o no lo es. Pero quizás con eso tampoco baste… No es nada extraño, pues, que las posturas contrarias a la guerra que se expresan en estos dos relatos de Stefan Zweig, Obligación impuesta y Wondrak (Acantilado, 2024), presenten matices muy diferentes. En el primero de ellos, el rechazo obedece a principios morales de índole pacifista, firmemente arraigados; en el segundo, es la resistencia de quien no se siente concernido por las obligaciones que impone una sociedad de la que solo se ha recibido un trato injusto. El prólogo de Patricio Pron que encabeza esta nueva edición conjunta de los referidos relatos nos informa acerca de su génesis y momento histórico, pero también los sitúa en el contexto actual: el de una Europa con la guerra golpeando sus fronteras. Hay temas que, por desgracia, nunca pierden su actualidad.

Escritos entre 1915 y 1918, los dos relatos tienen como referente la Primera Guerra Mundial. En el caso de Obligación impuesta (Der Zwang, 1920), el protagonista es un pintor alemán refugiado en Suiza, Ferdinand. Convocado por el consulado de su país en Zúrich para que se incorpore a filas, ve amenazada su tranquila vida de artista, que disfruta junto con su esposa Paula en una idílica casita emplazada frente a un lago. Lo más significativo del relato quizás sea la constatación de que todos aquellos argumentos pacifistas que habían nutrido al protagonista en tiempos de paz, son barridos en un instante por la llegada de un simple papel oficial (la escena, con la ominosa aparición del cartero entre la bruma del amanecer, está magistralmente trazada). Con independencia de la resolución particular del relato ―que no desvelaré―, constituye un acierto indudable del narrador el detallarnos esa fuerza invencible que inmoviliza a Ferdinand, propia de su condición humana de animal social (si no fuera así, claro está, no habría guerras). Zweig no solo disecciona minuciosamente el vaivén anímico del protagonista, contrastante con la inamovible oposición de su esposa, sino que también procura mantener la incógnita de su decisión hasta el final, obligándonos así, durante un buen puñado de páginas, a ponernos en la piel de alguien que bien pudiéramos haber sido nosotros mismos.

El hecho de que Zweig no se resolviera a terminar el segundo relato, Wondrak (c. 1915), da fe de la dificultad para expresar un credo pacifista durante los años de la Gran Guerra. Al igual que la citación del consulado encuentra al pintor Ferdinand en el pueblecito suizo donde se oculta, la orden de alistamiento que pone en marcha la trama de Wondrak alcanza a su destinatario en un remoto rincón del bosque bohemio. Allí habitan Ruzena Sedlak, alias «la Calavera» (por la fealdad de su rostro), y su hijo Karel, fruto de una violación. Los grandes sufrimientos padecidos por esta despreciada hija ilegítima de un sifilítico, guardesa de una solitaria cabaña de caza, parecen otorgarle un margen ético suficiente como para justificar con creces su negativa a entregar al Estado austríaco (no le faltan matices nacionalistas al relato) un hijo que ha criado con mil esfuerzos y que es su más preciado y único bien. Su papel en el drama es, pues, equivalente al de Paula, aunque representado con un grado de compromiso mucho mayor. Si en Obligación impuesta la decisión final venía de la mano de Ferdinand, el joven recluta de Wondrak, Karel, es una figura enteramente pasiva, sujeta a la voluntad de su madre. Todo el protagonismo de la rebeldía queda, pues, en manos de esta verdadera «madre coraje», que se enfrenta con uñas y dientes a la autoridad militar. La lucidez de Paula en su denuncia del poder y de la guerra se ha transformado en la rabia ciega de Ruzena, propia de un animal acorralado al que pretenden arrebatarle su cría. De una forma o de otra, a la luz de la razón o del instinto, las mujeres parecen estar naturalmente dotadas para oponerse sin vacilaciones al despropósito de la guerra. Como aquellas esposas de la Lisístrata de Aristófanes, que hacían huelga sexual a sus maridos para apartarlos del combate, las mujeres encarnan, según parece, el último reducto de sentido común al que un hombre puede aferrarse para eludir una «obligación impuesta» en la que no cree.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«¿Por qué tienen el poder? Porque se lo dais. Sólo tendrán el poder mientras sigáis siendo unos cobardes. Todo esto que a la humanidad le parece ahora tan monstruoso no son más que diez hombres con firme voluntad en cada uno de sus países, y otros diez hombres pueden destruirlo a su vez. Un hombre, un único hombre que se afirma en su vida y lo niega acaba con el poder. Pero mientras os inclinéis y digáis “¡A lo mejor me libro!”, mientras os apartéis para esquivar el golpe y prefiráis escapar de entre sus dedos en lugar de darles en el corazón, seréis siervos y no mereceréis nada mejor. Uno no se puede rebajar a arrastrarse cuando es un hombre; ha de decir “no”, ése es el único deber de hoy y no el dejarse llevar al matadero».
«Ruzena se quedó pálida. La sangre huyó de su rostro precipitadamente. En eso no había pensado; él también cumpliría dieciocho años y entonces podrían llevarse a su niño. Ahora lo comprendía, para eso lo habían inscrito en aquel maldito libro de la oficina del burgomaestre aquellos ladrones, para llevárselo a rastras a su guerra, ¡malditos! Se quedó allí sentada, absorta, y cuando Karel asombrado levantó los ojos hacia ella, se asustó por primera vez de su madre, pues lo que vio ya no era una persona».
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
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Barrancos, de Pablo Matilla

La sombra del padre es alargada, y tanto puede proteger al hijo como impedir su crecimiento. Pero la solución no se alcanza cortando simplemente los lazos. Hay otros medios mejores para emanciparse de un vínculo supuestamente tóxico, aunque quizás no sea nada sencillo abordarlos. Cuando a los treinta y seis años Kafka escribió su Carta al padre no pretendía poner fin a una relación que había envenenado su infancia, sino tan solo restaurarla, reconducirla dentro de unos límites que le permitieran incorporarla a su bagaje existencial con el menor daño posible. Mirar hacia otro lado no es la mejor solución para liberarnos de una carga que pesa sobre nuestro pasado. Así parece expresarlo también esta dramática novela de Pablo Matilla, Barrancos (Témenos Edicions, 2023), donde la mala relación de un padre con su hijo, minada por el rencor y los sentimientos de culpa, alcanza cotas de extraordinaria fiereza. Aunque su protagonista, Andrés Barrancos, profesa un intenso odio hacia su padre, anda muy lejos de haberse liberado de su influencia. La falta de independencia económica que todavía arrastra a sus veintinueve años, que le obliga a retornar de manera recurrente al hogar para pedir dinero, es un claro indicio de su incapacidad para lograrlo. Es más, sospechamos que su incompetencia para abrirse camino en la vida, su patológica inconstancia en todo cuanto emprende es consecuencia de la herida que padece, y no tanto un arma esgrimida para castigar al padre. La debilidad del joven Barrancos se patentiza también en el hecho de que sea su progenitor quien tome la iniciativa final, al imponerle como última voluntad que vaya a enterrar sus cenizas a la aldea natal, Aljarán, propiciando así un retorno al pasado que oficiará una suerte de reencuentro póstumo.

Barrancos da cuenta de una historia familiar reducida a sus elementos esenciales, con tan solo tres personajes principales y una acción básicamente lineal, aunque trufada de eficaces y bien distribuidas secuencias retrospectivas que ponen al descubierto los traumas infantiles del protagonista, provocados por el desafecto de un padre que no supo aceptar la muerte de su esposa en el parto. La novela está claramente estructurada y muy bien resuelta, dotada de un punto de intriga que atrapa con facilidad al lector. Puede sorprender un poco la falta de consistencia del testamento paterno, que subordina la concesión del capital al acto, difícilmente verificable, de enterrar unas cenizas en un pueblo abandonado. Pero hemos de pensar que las cláusulas de la herencia, en apariencia irreales o caprichosas, actúan como un signo más del deterioro de la relación filial: el valor del dinero es el único resorte que todavía puede actuar sobre un hijo que se ha perdido casi por completo. La exagerada dureza de las primeras páginas, la saña con la que el narrador retrata a sus personajes nos provoca de entrada un cierto distanciamiento. Pero luego nos vamos convenciendo de su pertinencia narrativa, al comprobar que esa crueldad extrema que media entre padre e hijo es solo el eco de un antiguo odio. La novela es la crónica de su progresivo deshielo.

Muerto el padre y dispuesto el hijo a cumplir con lo estipulado en el testamento (aunque solo para cobrar el dinero), se inicia el viaje a la aldea de Aljarán: una experiencia iniciática y restauradora en la que podemos diferenciar dos etapas. Los escenarios desangelados de la casa paterna y su entorno urbano degradado se prolongan en las desoladas carreteras nocturnas por las que se desplaza Andrés Barrancos en su viejo coche ―su único amigo―. Las extrañas gasolineras y bares solitarios que jalonan la ruta parecen estar anclados al borde del limbo. Son lugares de tránsito casi irreales, en los que el desaliento parece acechar al joven viajero y solo el alcohol puede poner una venda misericordiosa a los recuerdos dolorosos. Pero el poder transformador del viaje ya ha comenzado a surtir sus efectos beneficiosos, y el aprendizaje de Andrés tiene sus primeros valedores en algunos de los personajes que lo acompañan en su alucinante singladura nocturna, como el camionero que conoció en un viaje anterior (y con el que ahora sueña) o la esposa maltratada a la que presta su ayuda: relatores de dolorosas experiencias que contribuyen a relativizar el alcance de sus traumas. Pablo Matilla manifiesta en estas páginas una gran habilidad para perfilar ambientes nocturnos y un tanto fantásticos, configurando un breve fragmento de road novel muy convincente y cautivador.

La llegada en plena noche a la abandonada aldea de Aljarán es otro de los puntos culminantes de la novela. Guiado por una débil y solitaria luz que brilla en la oscuridad, Andrés Barrancos avanza entre las casas en ruinas como el peregrino de las Soledades gongorinas en pos de una candela de encina. Su albergue no buscado lo va a encontrar en la compañía de un anciano y solitario apicultor, Meseguer, el último poblador de la perdida aldea y conocedor de la historia de su familia. Será, pues, en este remoto rincón de la España vaciada donde se cerrará definitivamente la herida que enfrenta a los dos Barrancos. Andrés conocerá, gracias a la revelación del anciano, una terrible historia que le atañe directamente: la del niño Juan Barrancos y su madre, un secreto familiar enquistado en el olvido que es preciso sacar a la luz, pues lo explica casi todo. Y no solo eso, el viejo apicultor también mostrará al protagonista un nuevo mundo de valores, para él desconocidos: la importancia del tiempo y del recuerdo, la inanidad del dinero… Al fin hemos comprendido cuál era el verdadero propósito del padre al decretar un viaje a los orígenes, en apariencia sin sentido. La sombra del padre es alargada.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Miró hacia afuera a través del cristal. Entre los surtidores de color blanco se colaba la oscuridad. El camarero podría llenar garrafas enteras con el vino de aquella noche. Se lo imaginó subido a una alta escalera metálica, reluciente, mientras con toda tranquilidad iba llenando el recipiente de plástico blanco con el jugo espeso y oscuro que rezumaba la noche. Esa era la única forma de obtener un vino como aquel. Echó un trago para acabar la copa».
«Leía con la curiosidad de quien entra en la intimidad de las personas sin ser visto, como quien es invisible y puede sentarse al lado de la familia mientras hablan en la cena, comparten el pan y el vino y hablan de sus hijos ausentes, de sus pequeñas envidias, amores y aflicciones».
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Los días del devenir, de Francisco Hermoso de Mendoza

Escribir un libro, tener perro o viajar de turista son algunas de las actividades que muchas veces nos proponemos para esos felices y desocupados años ―todavía lejanos― de la jubilación. Lo que tales ensueños puedan tener de espejismo o de inadecuado no es asunto relevante para lo que ahora nos ocupa, y nada se opinará aquí al respecto. En cualquier caso, el propósito de meterse a escritor debería de ser el que menos reparos suscitase. Al fin y al cabo, parece de lógica que solo en nuestra última etapa vital, cuando gozamos de una visión panorámica, podamos escoger cuáles son las porciones más interesantes de nuestra existencia y escribir con verdadero conocimiento de causa. Lo contrario sería como pretender hablar de una película de la que tan solo hubiéramos visto el inicio. Pero ya se sabe que el lector de narrativa no busca tanto el conocimiento (para eso están el ensayo y la filosofía) como las experiencias, y estas ya se pueden ir cosechando casi desde la cuna. La nueva novela de Francisco Hermoso de Mendoza, Los días del devenir (Ápeiron, 2024), parte de un punto cercano a este del que estamos hablando. Sus dos principales protagonistas, Loreto y Julio, son dos ancianos que se van a transformar de la noche a la mañana en escritores, aunque en su caso no tanto como cumplimiento de un proyecto personal largamente acariciado como por la influencia de la joven y dinámica directora de la residencia de mayores donde viven, Sandra, que los anima a participar en un taller de escritura creado a su exclusiva medida y para el que se postula como monitora. Hay destinos de los que no se puede escapar.

Con estas sencillas mimbres, Hermoso de Mendoza arma un entretenido libro repleto de narrativa: una especie de triple «decamerón» que a lo largo de treinta jornadas (sábados y festivos incluidos) nos va a tener prendidos de la inventiva de estos dos emprendedores ancianos. De parecida manera a como aquellos adinerados burgueses de Boccaccio entretenían su encierro con sabrosos cuentos, apartados de la pestilente Florencia, nuestros dos mayores lidiarán con una clausura que no parece menos involuntaria escribiendo historias, en apariencia autobiográficas. Como en sus anteriores libros, Hermoso de Mendoza se vale de su habilidad para tomar los asuntos por el lado más amable; y este de los ancianos, que podría dar pie para mucha mala uva ―y peor conciencia―, tan solo promete sonrisas. Esto no significa que pretenda vendernos la visión idealizada de un «centro de exterminio» como la residencia El Rosicler. Ni mucho menos. Pero su ironía es de la que apenas duele, y esto no solo se agradece, sino que también se valora como una buena cualidad, para meterse en determinados jardines, que no todo el mundo tiene. Una materia, pues, para mucha queja, pero que se resuelve en las aguas mansas de un apacible trío de plumíferos en canto concertado de tercera y sexta. Porque la tal Sandra no solo ha escrito y escribirá (de su bolso las pruebas asoman), sino que también corrige y presta libros. Precisamente a través de sus recomendaciones literarias le entrarán al currículo sus granos de metaficción, de tal manera que Loreto se anima enseguida a incluir una «posmoderna» cita de Antunes en su prosa. Y así, no tardamos en descubrir que al libro le caben cosas insospechadas: desde unas bonitas fotografías de Italia a paseos en góndola y visitas a Bomarzo, de citas de Pessoa, del Dante y de Góngora a poemas o recetas de cocina.

La novela se va conformando, pues, gracias al concurso de dos hilos narrativos muy contrastados: el cuaderno de viaje por Italia que redacta Loreto, y el «Diario íntimo» de Julio, lírico y nostálgico, que se desarrolla en el medio rural. Narraciones independientes que enseguida sufrirán curiosas interacciones y préstamos, ayudas mutuas propias de buenos colegas y tráfago de recuerdos entre pasado y presente: que de estas mistificaciones, y de otras aún mayores, se nutre la literatura. A los «cincuenta y pico» años de edad, Loreto se ve abandonada súbitamente por su marido Segismundo (en adelante, «Inmundo») mientras comparten cena en una romántica trattoria romana. ¡Los viajes tensan mucho las relaciones! Tras una alucinada visita al parque de Bomarzo, Loreto se tomará una merecida revancha de cuatro semanas de vacaciones en Venecia, disfrutando del apoyo sentimental que le brinda el gondolero Guido. Mientras estas y otras aventuras ―que no desvelaremos― se suceden a buen ritmo en las ardientes tierras italianas, el Diario íntimo de Julio nos da cuenta de sus apacibles y minimalistas vivencias en una España rural vaciada en la que el apoyo moral corre a cuenta de otro viudo, el amigo Julián. Junto a estos dos hilos narrativos tan diferentes, se despliega el correspondiente al propio marco de la historia, que corre a cuenta de la narradora, Loreto. Conoceremos de sus labios (nada imparciales, por cierto) algunos detalles complementarios de su colega Julio (apodado El Suicida), así como de los profesores del taller de escritura. En primer lugar, de Sandra, y luego de «el Sustituto»: un nuevo monitor sine nomine (esmirriado y con coleta) que, si bien no muestra la parcialidad de Sandra por Julio, no por ello deja de provocar su rechazo. Parece que el papel de alumno es uno de los que más tarda en olvidarse, y la enemistad natural que media entre docentes y discentes ―como la de gatos y perros― persiste a través de los años.

Con estas mimbres ―decíamos― en apariencia tan poco prometedoras [pero, oiga, ¿qué van a escribir estos dos carcamales de interés? ¡Como mucho, que no pongan faltas de ortografía!], Hermoso de Mendoza logra sacar adelante un estupendo libro de narrativa. Porque pronto descubrirá el lector que los dos ancianos protagonistas sí que saben escribir, y mejor que bien. El realismo no consiste en tropezar adrede, y Hermoso de Mendoza tiene recursos ―todavía mayores que los de Sandra― para que así suceda. Conforme avanzamos en la lectura, la novela va ganando enteros, y los personajes y sus peripecias se nos van imponiendo casi sin darnos cuenta. Y es que los textos de Hermoso de Mendoza parece que tienen anzuelos colgando por todas partes, y al lector que no lo enganchan por un lado lo cogen por el otro. Hacer interesantes a personajes que de entrada no lo son es uno de los grandes retos de todo narrador. Que se lo pregunten, si no, a Flaubert, que de un ama de casa aburrida y una solterona sorda logró hacer dos grandes figuras de la literatura universal. Hermoso de Mendoza tiene una singular maña para obrar una aproximación «lenta» a sus personajes, plena de detalles y lances en apariencia menores, que nos desvelan toda su humanidad. Aunque me consta que el autor de Los días del devenir es persona joven, ha sabido ponerse en la piel de estos dos ancianos: algo así como si hubiera tenido la osadía de buscarse a sí mismo en el futuro y obligarse a hablar por adelantado. Una tarea quizás no menos difícil que la de retroceder en el tiempo para evocar experiencias de adolescencia sin desvirtuarlas. Porque lo que se pretende aquí no es tanto reflejar la psicología de dos ancianos de carne y hueso como crear dos personajes convincentes y un artefacto generador de relatos que funcione. Desde este punto de vista, Loreto y Julio se merecen con creces su diploma. Cum laude.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Tenía delante un gigantesco cabezón de piedra. Dos ojos, una nariz con sus dos narinas, una boca gigante abierta y debajo del inexistente labio: dos paletos. Era la casa del terror en piedra. En el interior había una mesa. Me senté en ella. A pesar de no haber bebido nada en toda la noche y en lo que llevaba de día, lloré como no había llorado nunca; sería que los insondables bloques de hielo de mi alma comenzaban a deshacerse. Lloré con ganas y mucho sentimiento. Y con tanta insistencia que devino en resentimiento hacia la humanidad; empezando por Inmundo».
«El amanecer y el ladrido de los perros es un todo indisoluble. Ruido a matraca sonora proveniente de distintas direcciones. Pienso en la táctica de un ejército en maniobra envolvente. Los imagino atados, desesperados, dando arreones a las cadenas, buscando la libertad, lanzando sus lamentos y ayes al aire, requiriendo una ayuda que caerá en saco roto. Es un pensamiento que he de desdecir por la observación, ya que los perros campan a sus anchas por el pueblo y cagan donde les place, y corren libres, veloces y alegres, moviendo los rabos»…

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Cartas a Kurt Wolff. Franz Kafka, traducción y edición de Roberto Vivero

Todo el mundo conoce el célebre dicho de que «los árboles no dejan ver el bosque». Esta sutil apreciación, que en su sentido literal no tiene nada de malo o extraño, cambia de color si la trasladamos del mundo natural al de las humanidades, donde no es raro que un exceso de celo erudito oscurezca más que aclare. Hablamos de un mal tal vez inevitable, responsable de que tantas tesis e investigaciones deban iniciar su andadura disolviendo esa dura roca denominada «estado de la cuestión». Esto sucede de manera aún más dramática en los estudios de historia literaria, que en ocasiones se acumulan sobre el autor analizado a modo de estratos, hasta el punto de sepultarlo casi por completo. Bajo su enorme presión, cualquier error de juicio se fosiliza de manera natural y luego resulta muy difícil de remover. Es el peso de la tradición (al menos, en su sentido más rutinario). Por fortuna, de vez en cuando aparecen miradas que obran el proceso contrario; es decir, pretenden restar más que sumar, quitar más que poner, clarificar más que confundir. Y no por ello rechazan valerse de trabajos muy fundamentados o incluso eruditos: las mismas herramientas que permitieron elevar la pirámide son necesarias para desmontarla.

Esta edición de las cartas de Kafka a su editor, Kurt Wolff, realizada con admirable rigor por Roberto Vivero (Ápeiron, 2024), actúa en ese mismo sentido clarificador. Es verdad que en el caso particular de Kafka los «árboles» que crecen en nuestro suelo no son tan abundantes ni corpulentos como los que se alzan en el hochwald germánico (la nutrida bibliografía en lengua alemana que Vivero utiliza en su libro así parece atestiguarlo), pero el monte bajo de arbustos, espinos y matorrales ―es decir, de los tópicos, errores y falsos mitos― sí que es moneda corriente, y también contribuye a tapar y confundir bastante. Quizás por ello, encabeza Vivero su edición con un interesante prólogo donde, entre otras cosas, desmonta algunas apreciaciones equivocadas que corren sobre el autor de La transformación: su aislamiento del mundo exterior, su falta de ambición, su temperamento solitario, la traumática relación paternofilial que vivió, su desinterés por publicar, la falta de reconocimiento que mereció su obra… A los seres humanos nos encanta dramatizar, y disfrutamos a lo grande poniéndoles obstáculos a nuestros héroes, quizás para felicitarnos luego de lo bien que los saltan. Finaliza su prólogo Roberto Vivero trazando una oportuna semblanza de Kurt Wolff (el segundo protagonista del libro), complementaria a la que luego nos formaremos por cuenta propia leyendo el epistolario, así como sus anotaciones y complementos.

En su edición del epistolario de Kafka, Roberto Vivero recoge un total de 47 cartas (1912-1923) dirigidas al que fuera su principal editor, Kurt Wolff (como también a G. H. Meyer, editor suplente de Wolff durante la guerra, y a la propia editorial, situada en Leipzig). Las cartas, traducidas por Vivero del alemán, constituyen el ingrediente principal del libro, y resultan elocuentes por sí solas, reveladoras de la figura de un escritor muy entregado a la labor creativa (y no siempre seguro de la bondad de sus textos). Aspectos aparentemente menores, como su preocupación por el tamaño de letra, la encuadernación o las ilustraciones de sus libros nos transmiten una imagen de autor nada indiferente. Pero sus cartas también nos descubren su atención al entorno literario, y en ese sentido podríamos subrayar su generosa intercesión ante Wolff a favor de otros escritores, así como sus recomendaciones de traductores para sus textos (lo que nos permite descubrir que Sandor Márai había traducido La transformación al húngaro en 1922). Gran interés adquieren también sus opiniones sobre la agrupación óptima de algunos escritos. Kafka expresa repetidas veces a Wolff su deseo de que La sentencia se publique por separado en la colección de bolsillo «Der jüngste Tag» (‘El día del Juicio Final’), a la vez que desaconseja su aparición conjunta con el relato En la colonia penitenciaria. Gracias al epistolario conocemos también algunas apreciaciones de Kafka sobre sus propias obras, o su propósito de trasladarse a Berlín, en cuanto terminara la guerra, para entregarse por entero a la creación literaria (una aventura para la que Wolff le promete el respaldo de su editorial). Las últimas cartas nos informan de la enfermedad que tanto minó la actividad literaria de Kafka durante su etapa final.

Pero el libro de Vivero no solo nos ofrece la edición traducida y anotada del epistolario. Cada carta, además, aparece situada en un contexto literario amplio y detallado. A tal fin, Vivero va dando cuenta de las sucesivas publicaciones de Kafka, y no solo de las literarias (incluyendo las ediciones colectivas y reediciones), sino también de las «profesionales». Conviene recordar, a este respecto, que en aquellos años (1908-1922) Kafka trabajaba en una importante compañía de seguros de Praga (Arbeiter-Unfall-Versicherungs-Anstalt), donde era muy valorado por sus informes técnicos, que se publicaban en medios especializados. También da noticia Vivero de las diferentes recensiones de sus publicaciones, firmadas en ocasiones por críticos tan influyentes como Musil o Brod, y a las que Kafka siempre estuvo muy atento. Solo en el verano de 1913 sus libros merecieron siete reseñas (tres para Contemplación y cuatro para El fogonero). En algunos casos podemos conocer incluso la opinión que le merecían a Kafka. Completan el contexto del epistolario a Kurt Wolff numerosos resúmenes y extractos que Vivero recoge de otras variadas fuentes: respuestas de Wolff a Kafka, diarios del autor, cartas de Kafka a otros destinatarios (a Felice, a Brod, a Milena…), informes sobre ventas y derechos de autor (sobre Contemplación), valoraciones positivas de otros autores (como Rilke o Hesse; pero también, de Kurt Tucholsky, que compara a Kafka con Kleist)… Esta compleja polifonía informativa (de la que tan solo he trazado un resumen muy incompleto) aparece cuidadosamente desplegada en torno al epistolario, configurando un acompañamiento que refuerza, pero en ningún momento oscurece, el elemento nuclear del libro: las cartas de Kafka a su editor. El concienzudo y bien estructurado trabajo de Vivero permite al lector profundizar en el apasionante entorno literario de Kafka en la medida de sus deseos y necesidades.

Cartas a Kurt Wolff se complementa con dos apéndices. El primero es un denso y muy documentado estudio, basado en fuentes epistolares y publicaciones de la época, en el que se analizan las relaciones literarias y personales de Kafka y de algunos otros autores cercanos. Por un lado, se indaga sobre el grado de conocimiento que Kafka pudo tener de la obra de Georg Trakl (coincidieron en algunas publicaciones colectivas y colecciones de Kurt Wolff, y Kafka fue lector de Der Brenner, revista donde el austríaco dio a conocer algunos de sus principales poemas); por otro, en las complejas relaciones ―en ocasiones, conflictivas― que mantuvieron diversos escritores alineados en torno al «Círculo de Praga» y a la revista Der Brenner, y más particularmente, en las que mediaron entre Max Brod, Franz Werfel y Karl Kraus. El segundo apéndice es un interesante álbum fotográfico de libros y almanaques, donde podremos apreciar algunas muestras del trabajo editorial de Kurt Wolff, como sus almanaques Das bunte Bug y Der neue Roman, la serie «Drugulin-Drucke» o un ejemplar de la colección «Der jüngste Tag» con los Gedichte (1913) de Trakl. Dos apéndices, en suma, que cierran el epistolario de Kafka abriendo una ventana a futuras investigaciones.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Se me ha pasado por la cabeza que Starke pudiese querer dibujar el insecto. ¡Eso no, por favor, eso no! No quiero reducir su margen de decisión, sino solamente que solo lo pido sobre la base de mi mejor conocimiento de la historia. El insecto no se puede dibujar. Ni siquiera se puede dibujar desde lejos. […] Si tuviese que hacer alguna sugerencia para la ilustración elegiría alguna escena, como los padres y el procurador ante la puerta cerrada, o, aún mejor, los padres y la hermana en la sala iluminada mientras está abierta la puerta que da al dormitorio completamente a oscuras». (25-X-1915).
«Solo me gustaría agregar que La sentencia y la Colonia penitenciaria, según mi parecer, formarían una combinación horrible; La transformación podría hacer de mediación entre ellas; pero sin esta, lo que realmente tendríamos son dos cabezas extrañas que se golpean con fuerza la una contra la otra. […] porque para mí lo principal es que se publique La sentencia de manera independiente». (19-VIII-1916).
«Desde que decidí dedicar el libro [Un médico rural] a mi padre, tengo un gran interés en que se publique pronto. No porque con eso pudiese reconciliarme con mi padre, pues las raíces de nuestra enemistad son aquí imposibles de arrancar, pero habría hecho algo, como si no habiéndome ido a Palestina, la hubiese señalado con el dedo en el mapa». (De Kafka a Max Brod, III-1918).
Traducción de Roberto Vivero

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La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro

Hay autores que reseñamos porque sus libros son novedad y merece la pena leerlos y difundirlos; otros, por el contrario, ya los conocemos de sobra y apenas necesitan noticia, pero su poder de seducción nos reclama a cada instante decir algo sobre ellos. Cualquier nueva edición de sus textos se convierte entonces en el pretexto válido para testimoniar nuestra devoción. Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es una de las grandes figuras de la literatura en lengua española de nuestro tiempo; uno de esos escasísimos autores que provocan la adhesión incondicional de los lectores, que convierten sus libros en verdaderos objetos de culto. Además de algunas novelas y otros textos literarios (ensayos, diarios, teatro…), el escritor peruano nos legó un conjunto de cuentos que figuran entre las obras maestras del género, y que aparecieron reunidos en los cuatro volúmenes que integran La palabra del mudo (1973-1992). La antología que ha editado recientemente Debolsillo (2022) recoge quince relatos muy diversos, antecedidos por una valiosa introducción donde el autor expone, entre otras cosas, una brevísima poética del relato, resumida en diez principios básicos. Nunca escucharemos una lección de narrativa breve expresada con mayor acierto y menor petulancia. Escribe Ribeyro que el cuento debe tener una hechura que permita al lector volver a contarlo a su vez. Parece que los suyos no solo cumplen con dicha regla, sino que además se quedan a vivir para siempre en el recuerdo de sus lectores.

No parece necesario insistir en que todos los cuentos recogidos en la antología son magníficos. Tampoco en que los preceptos señalados por Ribeyro en su introducción se reflejan fielmente en cada uno de ellos. Solo por eso este libro merecería ser considerado un manual de narrativa. Afirma Ribeyro que los cuentos inventados deben parecer reales, y los reales, inventados. O dicho de otra manera: a la realidad conviene trascenderla; y a la imaginación, atarla corta para que no nos haga perder contacto con el mundo en que vivimos. Tal es su poética, y quizás por ello los cuentos referidos a su infancia aparecen imbuidos de un aura poética y fantástica que los hace fascinantes («Por las azoteas», «El ropero, los viejos y la muerte»), mientras que los relatos imaginados denuncian con tanta fuerza y realismo la vida de los miserables y oprimidos. En esta segunda categoría, la que devuelve la voz a los que no la tuvieron nunca, podríamos situar uno de sus textos más extensos, «Al pie del acantilado», que es también uno de los más bellos y emocionantes, protagonizado por una inolvidable galería de perdedores, siempre dispuestos a continuar luchando. La presencia de niños, en este y en algún otro relato de Ribeyro, confiere a las historias un plus de dramatismo. ¿Cómo olvidar los dos protagonistas infantiles de ese cuento, tan perfecto como terrible («Los gallinazos sin plumas»), que abre la colección? Detrás de su aparente sencillez se esconde una cuidadosa e inteligente planificación de la trama. También el mundo marginal de las bandas y las peleas callejeras, con su ferocidad y su extraviado sentido del honor, es invitado a formar parte de esta galería de humanidades mudas. De ello da cuenta «El próximo mes me nivelo», un relato duro pero contado sin dureza, dotado de una ternura comprensiva que nos impide despreciar a ninguno de sus protagonistas, tan violentos como patéticos y desgraciados. El autor denuncia pero también comprende. Prefiere que compadezcamos a que odiemos, pues solo desde esa perspectiva es posible, quizás, hallar una solución.

El universo de las clases medias, de sus grandes miserias y pequeñas ambiciones, también ocupa un lugar importante en la narrativa de Ribeyro. Se trata de relatos generalmente divertidos e ingeniosos, que gustan de hacer blanco en los oropeles de las falsas apariencias y la impostura, tanto las que afectan a las clases altas («El banquete») como las que padecen las más modestas («Explicaciones a un cabo de servicio»). Un mundo urbano en el que los funcionarios de poco rango o venidos a menos («Espumante en el sótano») se codean con los seres solitarios que se agarran a un clavo ardiendo para poder sobrevivir («Una aventura nocturna»). Pero también es el cerrado universo de esos perdedores de toda la vida en quienes la derrota es ya una segunda naturaleza que no son capaces de quitarse de encima ni siquiera en las condiciones más favorables («El profesor suplente»). En el relato que cierra la antología, «Alienación», se nos narra la lamentable metamorfosis de un joven peruano que, acomplejado por el ambiente que respira, renuncia a su identidad nacional para terminar convertido en un falso gringo de pacotilla. Para retratar a todos estos tipos humanos, aparentemente perdidos y sin remedio, Ribeyro se vale de una dosis justa de ironía, siempre atemperada por un humor benévolo y muy comprensivo.

Para finalizar señalaré un reducido grupo de cuentos que parecen estar más alejados de la realidad, y que en ocasiones adquieren un carácter casi «borgiano». Es el caso de «Ridder y el pisapapeles», un exquisito relato fantástico que da cuenta de la visita efectuada por el narrador a un viejo escritor europeo dotado de una clarividencia sorprendente. «La insignia» es otro texto divertido y muy imaginativo, que parece una puesta al día del famoso cuento «El traje nuevo del emperador» de Andersen. El imparable éxito que se nos describe en sus páginas (a causa de un malentendido) es como esa bola de nieve que empieza a rodar cuesta abajo y ya no hay quien la pare. El tema de las apariencias sin contenido, que en anteriores relatos servía como vehículo para la crítica social, es llevado ahora a un terreno puramente especulativo; quizás porque el arte de Ribeyro no se complace tan solo en la denuncia y el recuerdo emocionado, sino también en el ejercicio de la imaginación y el juego literario.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también ha sido publicada en El Cuaderno

«Desde esa vez, sin que yo ni mis hijos le dijéramos nada, comenzó a trabajar para nuestra finca. Primero compuso la cerradura de las puertas, después afiló los anzuelos, después construyó, con unas hojas de palmera, un viaducto que traía hasta mi casa el agua de las filtraciones. Su costal no parecía tener fondo porque de él sacaba las herramientas más raras y las que no tenía las fabricaba con las porquerías del muladar. Todo lo que estuvo malogrado lo compuso y de todo objeto roto inventó un objeto nuevo. Nuestra morada se fue enriqueciendo, se fue llenando de pequeñas y grandes cosas, de cosas que servían o de cosas que eran bonitas, gracias a este hombre que tenía la manía de cambiarlo todo. Y por este trabajo nunca pidió nada: se contentaba con una troncha de pescado y con que lo dejáramos en paz.»
«La mujer corrió el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvió la espalda. Arístides, sin soltar el macetero, vio cómo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo quedó oscuro y en silencio, Arístides alzó el macetero por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo. El ruido de la terracota haciéndose trizas lo hizo volver en sí: en cada añico reconoció un pedazo de su ilusión rota. Y tuvo la sensación de una vergüenza atroz, como si un perro lo hubiera orinado».
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La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio, de Claude Bragdon

Decía Chesterton que «si algo merece la pena hacerse, merece la pena hacerse mal». Esta cerrada defensa del diletantismo, que tiene su parte de verdad, podría servirnos de excusa para muchas cosas; entre ellas, la de pretender reseñar un tratado de arquitectura sin saber nada de dicha ciencia. Empresas más arriesgadas se han visto coronadas por el éxito. Sin embargo, en el caso particular de este libro de Claude Bragdon, La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio (New York, 1932), la justificación quizás fuera innecesaria. El nuevo texto que publica Atalanta (en una edición dotada de esa perfección «orgánica» que preconizaba su autor) no es tanto un manual de arquitectura como una reflexión más amplia sobre la belleza, sus formas y principios; eso sí, centrada en una de las tres «artes mayores». El lector que se aventure en sus páginas descubrirá enseguida que no hace falta ser arquitecto para disfrutarlo. En primer lugar, por la belleza de su escritura, por las reflexiones estéticas y filosóficas que expone y su atención a otras artes como el urbanismo, la literatura, la música o incluso el teatro. También por su sencillez y amenidad, perceptible incluso cuando se abordan temas tan complejos para el profano como la geometría o la cuarta dimensión. Cada lector puede profundizar hasta el estrato más conveniente a sus intereses; y no me extrañaría nada que algún niño imaginativo supiera entretenerse con la simple contemplación de las abundantes y sugestivas imágenes que lo ilustran. A ellas cabe añadir una serie independiente de simpáticas y elegantes estampas, protagonizadas por el personaje de Simbad, que trazan una especie de cursus paralelo: una explicación simplificada de algunos de los principios contenidos en el texto. Así, la viñeta que muestra al marino cargando sobre sus espaldas al Viejo del Mar remite con ironía a los arquitectos de la vieja escuela que no saben liberarse de la pesada carga de la tradición. Un libro, en suma, tan atractivo, equilibrado y diáfano como esos rascacielos de acero y cristal que tanto entusiasmaban a su autor.

Un principio arquitectónico cardinal para Claude Bragdon es el de respetar la necesaria congruencia que debe reinar entre forma y material (es conveniente recordar que el libro fue escrito en 1932, y que muchas de las ideas que en la actualidad parecen evidentes, quizás no lo fueran entonces tanto): una exigencia que muchos arquitectos neoclásicos o neogóticos no supieron comprender, cuando se sirvieron de materiales y formas que ya no cumplían función alguna. Para Bragdon, una arquitectura válida no solo debe de ser significativa, dramática (da cuenta de para qué sirve) y extática (despierta una suerte de «emoción»); sino sobre todo, «orgánica». Es decir, debe poner en evidencia, a través de su forma y sus materiales, las fuerzas en tensión que le dan vida («la interacción de las fuerzas que operan en su interior»). Un edificio con estructura metálica dotado de un grueso muro de mampostería que ya no cumple función alguna de soporte sería poco «orgánico». A mi manera de ver, las críticas de Bragdon a los edificios que sufren dicha falta de «sincronía» entre forma y materiales son comparables a las justificaciones de los compositores del serialismo integral, que reprochaban a Schönberg que se valiera de ritmos y metros tradicionales para dar forma a su nuevo discurso atonal. Imagino que la vieja parábola evangélica de que no conviene verter vino nuevo en odres viejos recibiría la aprobación de Claude Bragdon.

Para Bragdon, este carácter orgánico de la arquitectura, siempre en estrecho contacto con las leyes de la naturaleza, puede simbolizarse en la imagen de una fuente helada, que a su vez constituye una buena representación de los procesos vitales de ida y vuelta, de alzamiento y caída, de flujo y reflujo… Un rítmico devenir natural, en suma, que la arquitectura debe interiorizar. Por otro lado. esta visión de la arquitectura como una «fuente helada» nos deja muy cerca de aquella otra definición de «música congelada» que nos diera Goethe. De hecho, para Bragdon la música puede ser también un referente estructurador de primer orden para la arquitectura, gracias los valores de orden y proporción que aquella incardina, como luego veremos. La música, en paralelo a su visión de la arquitectura, es definida por  Bragdon como «una fuente de resonancia que brota en el tiempo del agua quieta del silencio».

A la luz de todas estas premisas teóricas, Bragdon esboza una breve historia de la arquitectura estadounidense reciente («Retrospectiva»), que fluctúa entre una tradición ecléctica que se aferra al pasado y la corriente orgánica y funcional de un Wrigth. Poco a poco la arquitectura se va emancipando de la tiranía de los viejos materiales, prescindiendo de todos aquellos elementos que no cumplan ya función alguna. Donde mejor se opera dicha evolución, de forma lenta pero ininterrumpida, es en el rascacielos, un tipo de edificación genuinamente americana al que Bragdon dedica un capítulo específico («Rascacielos»). La comparación que establece entre el edificio del Chicago Tribune (revestido de piedra caliza y con una linterna cargada de inútiles arbotantes) y el del New York Evening News resulta muy ilustrativa. En este interesante y ameno capítulo dedicado a las «pirámides modernas», Bragdon indaga tanto en sus factores físicos como estéticos y sociales. Es decir, expone sucintamente sus elementos materiales (la estructura metálica, el desarrollo del ascensor o los modernos sistemas de cimentación), da un repaso a su evolución (desde posiciones iníciales eclécticas a las puramente funcionales) y reflexiona, de manera bastante objetiva, sobre su impacto en un urbanismo que debe ser respetuoso con el hombre.

En el siguiente capítulo Bragdon analiza las líneas reguladoras del diseño arquitectónico, imprescindibles para que los edificios adquieran unidad. Lo mismo que el color es un elemento regulador en pintura, y la tonalidad y el ritmo lo son en la música, las unidades lineales y las diversas formas geométricas (desde el simple cuadrado a la espiral logarítmica) deberán serlo en la arquitectura. Pero también la música puede cumplir para Bragdon un importante papel regulador en el diseño arquitectónico. Así lo ponen de manifiesto las explicaciones e ilustraciones brindadas por el autor de su proyecto para la Estación Central de Nueva York, en Rochester, en la que aparecen inscritas las proporciones numéricas correspondientes a los intervalos musicales de tercera, quinta y séptima menor (en conjunción con el cuadrado, el círculo y el triángulo equilátero). Esta rica y variada reflexión estética, que se extiende a diferentes artes y dominios, sobrepasando con mucho cuanto pudiera esperarse de un manual técnico de arquitectura, reaparece incluso en el capítulo correspondiente a la perspectiva isométrica. Esta importante herramienta representativa, que Bragdon juzga de gran utilidad para el arquitecto, muestra su utilidad aplicada al terreno de la escenografía teatral, como podremos fácilmente apreciar gracias a los minuciosos dibujos, en perspectiva isométrica, que Bragdon nos brinda de algunas escenografías que realizó para las representaciones de Otelo y del Cyrano de Bergerac.

La segunda parte del libro de Bragdon está dedicada al estudio de aspectos relacionados con la arquitectura de manera solo tangencial. El capítulo correspondiente a la ornamentación (sobre todo de interiores, aunque no en exclusiva) adquiere un singular desarrollo, constituyendo un moderno y sugestivo muestrario, profusamente ilustrado, de motivos decorativos de inspiración geométrica. La conveniencia de dotar a la nueva arquitectura de una ornamentación orgánica, que no fuera la repetición de viejos modelos ya caducos o demasiado repetidos, impulsó a Bragdon a emprender una búsqueda que culminó con éxito gracias al empleo de las «líneas resultantes» de los cuadrados mágicos, los despliegues y proyecciones sobre plano de los cinco sólidos platónicos (del tetraedro al icosaedro), y los hipersólidos regulares en el espacio tetra dimensional. Lo aparentemente abstruso de estos procedimientos se disuelve con facilidad gracias al empeño pedagógico de Bragdon, que no se ahorra ni ilustraciones ni detalladas instrucciones para guiarnos en esta bella selva de figuraciones  geométricas.

Cierra el libro un breve capítulo dedicado al color en la arquitectura. El mayor o menor acierto en su empleo depende, según Bragdon, del propio criterio estético del arquitecto, apoyado en un correcto conocimiento de los colores complementarios y sus valores. A tal fin, propone una original serie de ejercicios para familiarizarse con ellos. Pero lo más llamativo de este capítulo final quizás sea la relación que se expone entre los diferentes colores del espectro visible de la luz y los sonidos de la escala musical cromática, defendida por algunos teóricos como Louis Wilson. A cada subida o bajada de semitono en la escala correspondería una nueva gradación de color. Así, los colores amarillo y naranja tendrían su correlato musical en las notas mi-fa; y a la formación de acordes consonantes debería responder una mezcla o yuxtaposición de gamas cromáticas con un parecido grado de coherencia. Aunque el compositor ruso Scriabin se valió de similares paralelismos en la composición de su famoso Prometeus de 1910 (donde utiliza un extravagante «teclado de colores»), cualquiera que sepa algo de música sabe que dicho paralelismo no se sostiene demasiado (aunque podría ser utilizado, claro está, como criterio para generar series de sonidos en una música no convencional). No sé si Bragdon tenía noticia de la obra del ruso, pero, en cualquier caso, asume que se trata de una analogía («llena de trampas para el artista») que no podemos llevar demasiado lejos.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Es tarea del arquitecto, por tanto, poner en escena no sólo el propósito y la función de un edificio, sino también la interacción de las fuerzas que operan en su interior, pues entonces estará poniendo en escena la vida misma. Lo que da entidad a una obra de arte es la manifestación de lo universal a través de lo particular. Hamlet, por ejemplo, no se reduce a la vida de una única persona; es la vida del ser humano: la pugna de todo individuo con los elementos que lo constituyen, con los enemigos que tiene en casa. En arquitectura, estos enemigos, que al mismo tiempo son progenitores y amigos suyos, son las fuerzas de la naturaleza: el sol abrasador, el azote del viento, la dañina helada, la malintencionada lluvia; agentes todos ellos en esa apoteosis por la cual, en manos de un verdadero dramaturgo, una obra de ingeniería se convierte en una obra de arte arquitectónico».
«El rascacielos, el último y mayor fruto del poder y el ingenio humanos, es en puridad inhumano, no porque para construirlo haya que pagar el peaje de un trabajador muerto por cada planta levantada, sino porque ha surgido como desafío a los derechos adquiridos por el común de los mortales, y este menosprecio puede que sea su ulterior ruina. [/] Y es que, si estos edificios continúan multiplicándose como lo están haciendo en la actualidad, los atascos de tráfico, de los que son directamente responsables, terminarán por paralizar las calles y se crearán condiciones de vida similares a las que aparecen en la película Metrópolis, donde todo el mundo vive y trabaja bajo tierra, salvo los jefes supremos, que se han adueñado del derecho a respirar el aire libre y mirar al cielo».
Traducción de Carlos Jiménez Arribas

Obreras del Empire State Building (1932)

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