Durante incontables generaciones, la cara oculta de la luna ha permanecido ignorada por el hombre. Fundamento de mitologías, patrón de ciclos naturales, meses y estaciones, el astro de la noche atesoraba un enigma que solo en época reciente nos ha sido dado descubrir. A muchos escritores les acontece algo similar, pues parecen condenados a mostrarnos siempre una sola de sus facetas literarias. O al menos, el fulgor de ciertas obras nos deslumbra hasta el punto de dejarnos casi ciegos frente a las otras. Que esto puede suceder a grandes personalidades del firmamento literario lo prueba el caso de lord Byron (1788-1824), cuyos textos en prosa han sufrido, al menos en nuestro país, un doble ocultamiento: de un lado, el provocado por la propia personalidad de su autor ―uno de esos escritores cuya figura humana parece eclipsar su producción artística―; del otro, el derivado de su obra lírica, de los grandes poemas que le han dado renombre universal: Don Juan, Las peregrinaciones de Childe Harold, Manfredo, Mazeppa, etc. Sin embargo, sus textos en prosa no solo constituyen ―como pronto veremos― un valioso testimonio de su vida, ideología y gustos estéticos, sino que también nos informan de algunos grandes acontecimientos de su tiempo, frente a los cuales siempre adoptó una actitud de compromiso. Si además añadimos un puñado de interesantes páginas de ficción olvidadas, no será fácil exagerar el interés de estas Obras en prosa (2024) que acaba de publicar Renacimiento, editadas y traducidas con sobresaliente acierto por Lorenzo Luengo, que ha puesto además en valor su belleza literaria. Como un avezado cosmonauta de las letras, Lorenzo Luengo, gran conocedor de la obra y figura del bardo inglés (editor y traductor también de sus Diarios), ha emprendido una compleja singladura filológica que le ha permitido trazar esta nueva cartografía, inédita y detallada, de ese astro literario de primer orden que fue lord Byron.
Es conveniente señalar que Lorenzo Luengo ha soslayado en su edición ―tal como explica en las páginas preliminares del libro―, la peligrosa tentación de sembrar el texto de enfadosas notas explicativas a pie de página, que dadas las características de los textos recogidos no sería deseable. Sí ha redactado, por el contrario, sustanciosas y muy documentadas introducciones a cada una de las cinco secciones en que se encuentra dividido el volumen; como también nos brinda el repertorio completo de fuentes bibliográficas en que ha fundamentado su trabajo. En algunos casos, Luengo nos informa del significado de los fragmentos conservados; en otros, establece lazos de relación entre diversas obras del autor; o bien, simplemente, sitúa los escritos en su contexto o, más importante todavía, nos revela las referencias ocultas en los textos. Incluso en los fragmentos de ficción, las alusiones indirectas o la escritura en clave son moneda corriente en el hacer literario de Byron, y no resulta nada fácil entenderlas si no se cuenta con una mano informada que nos oriente. En todos estos textos introductorios, Lorenzo Luengo ha sumado a su portentoso saber una evidente voluntad de estilo, lo que los convierte en pequeñas obras literarias que es preciso leer con toda la atención y detenimiento que merecen.
El primer apartado del libro reúne un puñado de criticas literarias publicadas por Byron en diversas revistas británicas. El lector pronto apreciará que son extremadamente subjetivas, pues Byron andaba lejos de ser ―en palabras de Lorenzo Luengo― un «reseñador imparcial». Habría que preguntarse hasta qué punto se puede ser un crítico objetivo cuando la vara de medir es el propio gusto. Dicho criterio, que puede valer para censurar a talentos de tercera fila, resulta peligroso si se aplica a poetas de la talla de Wordsworth, al que Byron reprocha que haya rebajado su musa, en ocasiones, a tratar «asuntos» que considera «banales». Es cierto que Byron se muestra constante en sus gustos, como cuando se revela enemigo de los convencionalismos y del tono ligero y popular. En cualquier caso, más que como valoraciones literarias imparciales, lo más provechoso será considerar las criticas de Byron como un interesante resumen de su pensamiento estético y de su propia personalidad, expresada con frecuencia mediante una ironía hiriente y muy ingeniosa, como se manifiesta en su reseña de Neglected Genius, de W. H. Ireland, que parece haber sido escogido tan solo para ejercitar el afilado dardo de su ingenio. La crítica más extensa de Byron es la dedicada a William Robert Spencer (1769-1834), al que reprocha sus frecuentes «vers de societé», aunque también alaba algunos de sus poemas, como «El visionario» o su traducción de la Lenore de Bürger. Byron, que alterna, por así decir, el palo con la zanahoria, se despide de Spenser manifestando no «ser ciego a sus errores ni insensible a sus méritos», pero no sin antes haberlo saludado como el campeón de la «ñoñez».
Los escritos políticos de Byron vienen precedidos por un documentado resumen de su actividad en la Cámara de los Lores, a la que solo concurría obligado por su rango. De los tres textos parlamentarios conservados, el más extenso e interesante es el «Discurso contra el Proyecto de ley por la destrucción de los telares de Nottingham» (1812), donde Byron se opone a la pena de muerte que se pretendía aplicar a los responsables de los desórdenes. No solo los justifica en virtud de las grandes penurias sufridas por los encausados, sino que también crítica la torpe actuación de la Administración, que no acertó ni a prevenirlos ni a atajarlos. Tanto en este discurso como en los escritos en apoyo de la Iglesia católica (1812) o a favor de un peticionario ante el Parlamento detenido ilegalmente (1813), Byron manifiesta una ideología progresista; o, cuando menos, la postura elegante de quien se complace en ponerse siempre del lado de los más débiles. Fuera ya del ámbito parlamentario, Lorenzo Luengo recoge tres textos muy breves, pero también interesantes. El primero de ellos, «Escrito sobre el estado de Francia» (1815), es una dura invectiva contra la restauración borbónica, fechado un mes después de la derrota de Napoleón en Waterloo. Mayor valor autobiográfico encierra su «Mensaje a los insurgentes napolitanos» (1820), en el que nos da noticia de un importante donativo monetario para la causa, así como del ofrecimiento de su propia persona como voluntario. Cierra el grupo de escritos políticos un análisis de la situación de Grecia («El estado actual de Grecia», 1824), donde vierte duras críticas sobre sus naturales y resume el clima de corrupción que reinaba en el país.
En el apartado correspondiente a los relatos de ficción, «Augustus Darvell. Fragmento de una historia de fantasmas» (1816) es el texto más famoso de todos, aunque solo sea por el contexto biográfico en el que se gestó: la célebre reunión en la villa Diodati a la que asistieron los Shelley y Polidori. «Augustus Darvell» es un relato ciertamente siniestro, que sugiere más que revela, y que tiene como protagonista a un personaje tan inquietante como inescrutable («byroniano», nunca mejor dicho). Privado de cualquier rasgo de humor o de ironía, comparte con las restantes ficciones su localización exótica (calificativo que incluye tanto a Italia como a España), que en su caso particular se corresponde con el cementerio abandonado de la arruinada y solitaria ciudad de Éfeso. Merece también la pena destacar «El cuento de Calil» (1816), un divertido relato que da cuenta de la fracasada rebelión de los habitantes de Samarcanda, puestos en pie de guerra por las desmesuradas cargas fiscales de Timor el Cojo (Tamerlán). En un gesto típicamente aristocrático, Byron parece complacerse tanto en la pintura de un tirano tosco y despreciable como en la debilidad e inconsecuencia de sus estúpidos vasallos. Un cuento lleno de humor y de sarcasmo, que parece reírse ―por sus continuos cambios en el guion― hasta del mismo lector, pero al que no le falta su trasfondo político. Los tres siguientes textos tienen un carácter fragmentario. En «Bramblebear y lady Penélope. Capítulo de una novela» (1813), Lorenzo Luengo ve un abandonado proyecto narrativo que bien podría habernos dado cuenta, al menos de manera indirecta, de un romance del autor. Ambientado en una España inquisitorial y surtida de châteaux moriscos, «Doña Josefa» (1817) resume un acelerado intercambio epistolar entre dos esposos, al borde de una ruptura matrimonial de tintes un tanto «kafkianos». Parecido tono paródico hallamos en «Italia, o No Corina. Una novela de viaje por un écrivain en poste» (1820), en la que Byron se burla, con mucho ingenio, tanto de las incomodidades del viajero como del género literario que tomó de allí su nombre. Por su parte, «Apuntes sobre la vida y escritos del difunto George Russell de A…, por Henry Ferguson» (1821) es una evidente parodia del panegírico literario, moldeada bajo la forma de una biografía ficticia rendida a un escritor amigo malogrado. No me cabe duda de que Byron se divertiría mucho componiendo esta biografía apócrifa, donde los tópicos del elogio están vueltos del revés. Cierra este conjunto de ficciones un breve texto titulado «Un carnaval italiano» (1823), donde Byron expresa, como de pasada, un aristocrático desprecio por los turistas ingleses del «ton medio» (de medio pelo, diríamos nosotros), que degradan con su mera presencia el augusto suelo de la bella Italia. Al igual que Goethe, nuestro autor experimentó una gran fascinación por el carácter espontáneo del carnaval italiano: una «arlequinada universal de los países católicos» de la que Byron nos ofrece una estampa breve pero vivaz, y donde sus simpatías políticas afloran, irónicas, a cada paso, y desde luego sin máscara alguna.
El capítulo más extenso del libro lo conforman las polémicas literarias en que Byron se vio envuelto: un terreno en el que su ingenio, ironía y grandes conocimientos literarios le permitían desenvolverse a las mil maravillas («soy como un irlandés en una pelea, “y tengo para todos”»). Interesa señalar que los textos polémicos recogidos por Lorenzo Luengo complementan a la perfección las críticas literarias que encabezan el volumen, tanto por la cantidad de ingenios británicos (y de otros países) puestos en solfa o citados a «testificar», como simplemente citados. Hasta el lector más inadvertido pronto percibirá que la polémica literaria en un género cruento y algo tramposo, minado de réplicas y contrarréplicas, acusaciones y defensas, justificaciones y observaciones; tal como si la antigua controversia entre la pluma y la espada se pretendiera resolver haciendo de las dos una sola arma. Aparte de la polémica suscitada por la publicación anónima del Don Juan (en la que el propio autor participa sosteniendo una posición ambigua, aunque no menos beligerante), destacan las surgidas en torno a la figura de Alexander Pope (1688-1744), del que Byron se declara encendido defensor, y que según su opinión (y no se equivocaba) había sido puesto en entredicho por «los nuevos intérpretes de la lira inglesa». Avanzado en sus idea políticas, Byron no lo parece tanto en las estéticas, y sus diatribas contra los poetas lakistas (Wordsworth, Coleridge y Southey), culpables de una supuesta «antipatía natural» por Pope, se hacen extensivas a Keats («un renacuajo de los Lagos»), que también había censurado algunos aspectos de la lírica del «pequeño ruiseñor» de Twickenham (llamado así en virtud de su exigua talla). Pero la principal víctima de las diatribas de Byron es el reverendo y erudito W. L. Bowles, y el punto de fricción, la diferente consideración que les merecían arte y naturaleza como ingredientes de la obra poética. Byron, que ocupaba una posición contraria a la de Bowles (y alineada con la de Pope), defiende sus ideas muy ingeniosa y mordazmente, a lo largo de muchas páginas, y valiéndose hábilmente de sus experiencias viajeras y lecturas enciclopédicas. También defiende a Pope de las acusaciones de libertino que había insinuado Bowles, de tal manera que si de la postergación de la lirica de Pope deducía Byron la decadencia de la lirica inglesa actual, las censuras a su moral lo llevan a concluir que la hipocresía es el «primum movile» de la sociedad inglesa.
Pone punto final al libro un breve capítulo (Miscelánea) en el que se recogen textos muy diversos del autor: desde unas inesperadas consideraciones sobre el idioma armenio y su gramática, a un amplísimo memorándum de lecturas que testificaría (pues no veo motivo para juzgarlo mero farol) el interés universal de Lord Byron (y donde es posible hallar valoraciones literarias sumamente sorprendentes en las que no voy ya a detenerme). También podremos leer unos curiosos recuerdos de su encuentro con Madame de Staël en Londres, así como las cláusulas de un exclusivo club inglés reducido a tan solo dos miembros. Y con estos textos, en apariencia banales, pero llenos de la agudeza y desenvoltura propias de su autor, ponemos fin a nuestro viaje literario alrededor de la cara más desconocida del poeta: una instructiva singladura de la que retornamos con parecida satisfacción a la de quienes vuelven de uno de esos lugares turísticos de los que todo el mundo habla pero que casi nadie ha visitado.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

No creo que existan muchos directores de orquesta que hayan alcanzado una dimensión mítica comparable a la de Wilhelm Furtwängler (1886-1954). Y no importa que su muerte, relativamente temprana, le impidiera legarnos un patrimonio de grabaciones efectuadas con las cuidadosas técnicas modernas. Ni siquiera llegó a beneficiarse de la estereofonía, y muchos de sus registros, realizados en vivo, lo fueron de manera harto defectuosa. Sin embargo, en esos palmarés comparativos a que son tan aficionados los melómanos, sus discos han alcanzado siempre las más elevadas puntuaciones, y todavía en 2022 un libro publicado en nuestro país sobre Beethoven señalaba la preeminencia de sus versiones de la Quinta y la Sexta sinfonías sobre todas las demás. Tampoco el inevitable proceso de desnazificación que tuvo que sufrir al final de la Segunda Guerra Mundial, consecuencia del relevante papel que representó en la vida musical del Tercer Reich, disminuyó la consideración del público; y nada significó para sus admiradores que hasta 1952 no fuera restituido en su puesto de director de la Filarmónica de Berlín, cargo que había desempeñado ininterrumpidamente desde 1922. Es muy probable que todos estos elementos, dotados de cierto halo «dramático», hayan contribuido ―sumándose a sus grandes valores musicales, claro está― a cimentar lo legendario de su figura. Si sus grabaciones ―con todas las deficiencias achacables a la época― son testimonio elocuente de un poderoso genio interpretativo, los numerosos escritos sobre música que nos legó, así como sus composiciones sinfónicas y de cámara, definen una personalidad musical muy completa y de primer orden. En este sentido, las Conversaciones sobre música (Gespräche über Musik, 1937) que nos presenta Acantilado cobran un altísimo valor, pues nos permiten conocer el sustrato humanista y estético donde arraigaba su praxis interpretativa y creativa, aunque poco digan, en realidad, sobre las tareas específicas de la dirección orquestal. Las breves y abiertas preguntas de su interlocutor, el crítico y compositor Walter Abendroth (1896-1973), constituyen simples apoyos al pensamiento de Furtwängler, que se despliega generosa y libremente ante nosotros, siempre imbuido de una gran coherencia.
Quizás no exista otro género musical que haya dado tanto pie para la especulación teórica como la ópera. La relación entre música y texto ha sido una preocupación constante de teóricos de la música, filósofos y compositores: una geometría variable que ha determinado la evolución del género a lo largo de su historia. Como restauración imaginaria del teatro griego de la Antigüedad, la ópera barroca bebió desde sus tempranos inicios de fuentes filosóficas. Sus fundadores, los miembros de la Camerata fiorentina (c. 1590), no solo se basaron en los escritos musicales de Platón y Aristóteles, sino que también prescribieron la supremacía de la palabra sobre la música y, en consecuencia, la preeminencia de la nueva textura de monodia acompañada sobre la polifonía renacentista. Una sola melodía podía representar mejor los «afectos» del texto cantado, adecuándose así a los preceptos de la mímesis aristotélica. Ahora bien, ¿es posible que los propios pensadores o sus discursos lleguen a convertirse en material operístico? ¿Resulta factible que filósofos como Sócrates o Séneca se vistan de personaje y nutran con sus abstractas doctrinas los libretos de un género tan activo y vital? ¿No era la ópera un espectáculo musical de entretenimiento?
Como dijo el apóstol, «El viento sopla por donde quiere», y si parece difícil ponerle puertas al campo, ¿cómo será el pretender imponer fronteras a lo maravilloso? Y sin embargo, este bello libro que tenemos entre las manos, El espejo de lo maravilloso (Atalanta, 2024), de Pierre Mabille, aspira nada menos que a cartografiar las lindes de ese reino de la fantasía trascendente y de lo inasible.
Desde que el poeta Arquíloco de Paros arrojó su escudo tras un arbusto y salió huyendo de la contienda (significando así el declive del género épico, según señalan algunos filólogos), la reticencia a participar en una guerra ha sido materia de discusión posible. Más allá de enfrentar conceptos tan simplificados como los de cobardía o valentía, lo que se acostumbra a debatir es la relación que media entre la ética del individuo y las exigencias de la colectividad en la que vive. Porque la libertad personal nunca se ve más amenazada que cuando se nos exige arriesgar o entregar la vida por unos valores bélicos que quizás no entendamos o compartamos. Un dilema que, en el mejor de los casos, no parece tener sino respuestas particulares, dependientes de las circunstancias del momento. De ahí la cuestión derivada de averiguar primero, antes de decidir, si una guerra es justa o no lo es. Pero quizás con eso tampoco baste… No es nada extraño, pues, que las posturas contrarias a la guerra que se expresan en estos dos relatos de Stefan Zweig, Obligación impuesta y Wondrak (Acantilado, 2024), presenten matices muy diferentes. En el primero de ellos, el rechazo obedece a principios morales de índole pacifista, firmemente arraigados; en el segundo, es la resistencia de quien no se siente concernido por las obligaciones que impone una sociedad de la que solo se ha recibido un trato injusto. El prólogo de Patricio Pron que encabeza esta nueva edición conjunta de los referidos relatos nos informa acerca de su génesis y momento histórico, pero también los sitúa en el contexto actual: el de una Europa con la guerra golpeando sus fronteras. Hay temas que, por desgracia, nunca pierden su actualidad.
La sombra del padre es alargada, y tanto puede proteger al hijo como impedir su crecimiento. Pero la solución no se alcanza cortando simplemente los lazos. Hay otros medios mejores para emanciparse de un vínculo supuestamente tóxico, aunque quizás no sea nada sencillo abordarlos. Cuando a los treinta y seis años Kafka escribió su Carta al padre no pretendía poner fin a una relación que había envenenado su infancia, sino tan solo restaurarla, reconducirla dentro de unos límites que le permitieran incorporarla a su bagaje existencial con el menor daño posible. Mirar hacia otro lado no es la mejor solución para liberarnos de una carga que pesa sobre nuestro pasado. Así parece expresarlo también esta dramática novela de Pablo Matilla, Barrancos (Témenos Edicions, 2023), donde la mala relación de un padre con su hijo, minada por el rencor y los sentimientos de culpa, alcanza cotas de extraordinaria fiereza. Aunque su protagonista, Andrés Barrancos, profesa un intenso odio hacia su padre, anda muy lejos de haberse liberado de su influencia. La falta de independencia económica que todavía arrastra a sus veintinueve años, que le obliga a retornar de manera recurrente al hogar para pedir dinero, es un claro indicio de su incapacidad para lograrlo. Es más, sospechamos que su incompetencia para abrirse camino en la vida, su patológica inconstancia en todo cuanto emprende es consecuencia de la herida que padece, y no tanto un arma esgrimida para castigar al padre. La debilidad del joven Barrancos se patentiza también en el hecho de que sea su progenitor quien tome la iniciativa final, al imponerle como última voluntad que vaya a enterrar sus cenizas a la aldea natal, Aljarán, propiciando así un retorno al pasado que oficiará una suerte de reencuentro póstumo.
Escribir un libro, tener perro o viajar de turista son algunas de las actividades que muchas veces nos proponemos para esos felices y desocupados años ―todavía lejanos― de la jubilación. Lo que tales ensueños puedan tener de espejismo o de inadecuado no es asunto relevante para lo que ahora nos ocupa, y nada se opinará aquí al respecto. En cualquier caso, el propósito de meterse a escritor debería de ser el que menos reparos suscitase. Al fin y al cabo, parece de lógica que solo en nuestra última etapa vital, cuando gozamos de una visión panorámica, podamos escoger cuáles son las porciones más interesantes de nuestra existencia y escribir con verdadero conocimiento de causa. Lo contrario sería como pretender hablar de una película de la que tan solo hubiéramos visto el inicio. Pero ya se sabe que el lector de narrativa no busca tanto el conocimiento (para eso están el ensayo y la filosofía) como las experiencias, y estas ya se pueden ir cosechando casi desde la cuna. La nueva novela de Francisco Hermoso de Mendoza, Los días del devenir (Ápeiron, 2024), parte de un punto cercano a este del que estamos hablando. Sus dos principales protagonistas, Loreto y Julio, son dos ancianos que se van a transformar de la noche a la mañana en escritores, aunque en su caso no tanto como cumplimiento de un proyecto personal largamente acariciado como por la influencia de la joven y dinámica directora de la residencia de mayores donde viven, Sandra, que los anima a participar en un taller de escritura creado a su exclusiva medida y para el que se postula como monitora. Hay destinos de los que no se puede escapar.
Todo el mundo conoce el célebre dicho de que «los árboles no dejan ver el bosque». Esta sutil apreciación, que en su sentido literal no tiene nada de malo o extraño, cambia de color si la trasladamos del mundo natural al de las humanidades, donde no es raro que un exceso de celo erudito oscurezca más que aclare. Hablamos de un mal tal vez inevitable, responsable de que tantas tesis e investigaciones deban iniciar su andadura disolviendo esa dura roca denominada «estado de la cuestión». Esto sucede de manera aún más dramática en los estudios de historia literaria, que en ocasiones se acumulan sobre el autor analizado a modo de estratos, hasta el punto de sepultarlo casi por completo. Bajo su enorme presión, cualquier error de juicio se fosiliza de manera natural y luego resulta muy difícil de remover. Es el peso de la tradición (al menos, en su sentido más rutinario). Por fortuna, de vez en cuando aparecen miradas que obran el proceso contrario; es decir, pretenden restar más que sumar, quitar más que poner, clarificar más que confundir. Y no por ello rechazan valerse de trabajos muy fundamentados o incluso eruditos: las mismas herramientas que permitieron elevar la pirámide son necesarias para desmontarla.
Hay autores que reseñamos porque sus libros son novedad y merece la pena leerlos y difundirlos; otros, por el contrario, ya los conocemos de sobra y apenas necesitan noticia, pero su poder de seducción nos reclama a cada instante decir algo sobre ellos. Cualquier nueva edición de sus textos se convierte entonces en el pretexto válido para testimoniar nuestra devoción. Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es una de las grandes figuras de la literatura en lengua española de nuestro tiempo; uno de esos escasísimos autores que provocan la adhesión incondicional de los lectores, que convierten sus libros en verdaderos objetos de culto. Además de algunas novelas y otros textos literarios (ensayos, diarios, teatro…), el escritor peruano nos legó un conjunto de cuentos que figuran entre las obras maestras del género, y que aparecieron reunidos en los cuatro volúmenes que integran La palabra del mudo (1973-1992). La antología que ha editado recientemente Debolsillo (2022) recoge quince relatos muy diversos, antecedidos por una valiosa introducción donde el autor expone, entre otras cosas, una brevísima poética del relato, resumida en diez principios básicos. Nunca escucharemos una lección de narrativa breve expresada con mayor acierto y menor petulancia. Escribe Ribeyro que el cuento debe tener una hechura que permita al lector volver a contarlo a su vez. Parece que los suyos no solo cumplen con dicha regla, sino que además se quedan a vivir para siempre en el recuerdo de sus lectores.
Decía Chesterton que «si algo merece la pena hacerse, merece la pena hacerse mal». Esta cerrada defensa del diletantismo, que tiene su parte de verdad, podría servirnos de excusa para muchas cosas; entre ellas, la de pretender reseñar un tratado de arquitectura sin saber nada de dicha ciencia. Empresas más arriesgadas se han visto coronadas por el éxito. Sin embargo, en el caso particular de este libro de Claude Bragdon, La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio (New York, 1932), la justificación quizás fuera innecesaria. El nuevo texto que publica Atalanta (en una edición dotada de esa perfección «orgánica» que preconizaba su autor) no es tanto un manual de arquitectura como una reflexión más amplia sobre la belleza, sus formas y principios; eso sí, centrada en una de las tres «artes mayores». El lector que se aventure en sus páginas descubrirá enseguida que no hace falta ser arquitecto para disfrutarlo. En primer lugar, por la belleza de su escritura, por las reflexiones estéticas y filosóficas que expone y su atención a otras artes como el urbanismo, la literatura, la música o incluso el teatro. También por su sencillez y amenidad, perceptible incluso cuando se abordan temas tan complejos para el profano como la geometría o la cuarta dimensión. Cada lector puede profundizar hasta el estrato más conveniente a sus intereses; y no me extrañaría nada que algún niño imaginativo supiera entretenerse con la simple contemplación de las abundantes y sugestivas imágenes que lo ilustran. A ellas cabe añadir una serie independiente de simpáticas y elegantes estampas, protagonizadas por el personaje de Simbad, que trazan una especie de cursus paralelo: una explicación simplificada de algunos de los principios contenidos en el texto. Así, la viñeta que muestra al marino cargando sobre sus espaldas al Viejo del Mar remite con ironía a los arquitectos de la vieja escuela que no saben liberarse de la pesada carga de la tradición. Un libro, en suma, tan atractivo, equilibrado y diáfano como esos rascacielos de acero y cristal que tanto entusiasmaban a su autor.






