Al igual que su gran amigo y vecino de Concord, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue un gran aficionado a los paseos campestres, así como a dejar constancia escrita de las meditaciones que le inducía la contemplación de la naturaleza. El libro que acaba de publicar Hermida Editores, Verano indio (2025), recoge una amena e interesante selección de entradas y fragmentos pertenecientes a los Diarios del filósofo de Boston («Platón», según el simpático apodo que le pusiera la mujer de Hawthorne, Sophia): un inmenso legado autobiográfico publicado originariamente en diez volúmenes. La naturaleza no es, desde luego, un elemento casual ni accesorio en el pensamiento de Emerson, como así se manifiesta en uno de sus textos más importantes, Nature (1836), libro fundacional del trascendentalismo. La edición de Verano indio cuenta con un revelador prólogo escrito por su editor, Alejandro Roque Hermida, donde se ahonda en el pensamiento filosófico de Emerson tal como se manifiesta en el conjunto de sus monumentales Diarios. Se enriquece y complementa así nuestra lectura del libro, centrado prioritariamente en el paseo y la mirada atenta a la naturaleza.
Aunque Verano indio da testimonio, de manera preferente, de paseos y excursiones, no escatima al lector una muestra significativa del pensamiento filosófico de Emerson, aquel que brota especialmente de su contacto con la naturaleza. La visión del mundo natural que nos transmite Emerson, en armonía con su concepción trascendentalista, no nos parecerá, quizás, tan apasionada y libre como la de Thoreau. Para el filósofo de Concord, Dios se manifiesta al hombre a través de la naturaleza: un fenómeno imposible de resumir en palabras que solo puede entenderse como una emanación divina. Al igual que Thoreau, Emerson también acostumbra emprender largas caminatas nocturnas en solitario, a la luz de la luna o bajo las estrellas: unas condiciones que propician los pensamientos elevados y edificantes, meditaciones de índole más trascendente que las que acompañan los paseos diurnos. La noche tiene además la propiedad de embellecer el paisaje, de transmutar el escenario más prosaico en el más excelso. La magia de la noche puede convertir —según asegura Emerson—un anodino y polvoriento camino vecinal en un paraje propio de Italia o de Palmira. También la soledad de la naturaleza da ocasión al paseante nocturno para que se abisme en el recuerdo y la memoria: un refugio tan reconfortante que es capaz de hacernos olvidar la realidad y el presente.
Verano indio también recoge numerosas noticias de los dos primeros viajes de Emerson al continente europeo (1833 y 1847), así como un breve apunte de su estancia en El Cairo durante su tercer y último gran viaje de 1873. Una de las primeras joyas que descubrimos al abrir el libro es precisamente la crónica de su primer periplo europeo: una singladura que el autor principia sufriendo los peligros e incomodidades de una borrascosa travesía a través del Atlántico en un barco de vela y que incluye algunas breves pero bellas pinceladas de la costa andaluza y de Sierra Nevada. En sus anotaciones, Emerson combina la descripción del paisaje con la opinión que le merecen las obras artísticas que contempla por vez primera; el recuerdo emocionado de su país con el retrato de las personalidades culturales que va conociendo en las diferentes ciudades que recorre. Sus crónicas de Roma, Florencia, Venecia y otras urbes europeas son siempre sinceras y directas, libres de todo encomio gratuito o previsible. Un inesperado testimonio de su talante moral nos lo brinda su visita a la casa de Voltaire en Ferney, que le da pie para exteriorizar (en un tono bastante extremado) la repugnancia que le inspira el filósofo francés. Su visión de la capital gala es poco complaciente, aunque la saluda como «la más hospitalaria de las ciudades». Esta valoración negativa de París se suavizará mucho en su viaje de 1848, cuya crónica ofrece numerosos juicios sobre el temperamento francés y los movimientos revolucionarios que por aquel entonces agitaban el país. La selección de Roque Hermida tiene el acierto de recoger también algunos episodios más anecdóticos, como la visita de Emerson a una fábrica de relojes en Ginebra (donde encarga una caja de música «con dos aires de Beethoven») o los menús que disfruta en una trattoria romana.
Pero, sobre todo, Verano indio nos ofrece abundantes escenas de la naturaleza cercana a Concord, en las que Emerson acierta a emparejar todo tipo de observaciones botánicas y zoológicas (aves, principalmente) con líricas descripciones del paisaje y meditaciones de índole más trascendente. Emerson emprende muchos de sus paseos y viajes acompañado por amigos, cuyo retrato no es el aliciente menor de estas paginas autobiográficas (asistiremos, incluso, a una fugaz comparecencia de Henry James). Entre sus compañeros más habituales destaca Ellery Channing, famoso teólogo y líder de la iglesia unitarista. Pero también, y de manera creciente conforme pasan los años, su amigo Thoreau (y en alguna ocasión también Hawthorne). Emerson acompaña al autor de Walden en algunas de sus conocidas singladuras fluviales en bote, comparte con él una similar pasión por la observación de plantas y animales y nos brinda, incluso, vívidas estampas de su peculiar figura y temperamento. En cierta ocasión, Emerson compara a su amigo con un zorro por su perfecto conocimiento de los bosques de Concord. También se complace en ofrecernos una divertida descripción de la pintoresca indumentaria que Thoreau lucía en sus vagabundeos silvestres.
Una particularidad de los Diarios de Emerson radica en que su autor no solo expresa los pensamientos propios. Es también habitual que incluya en sus anotaciones muchas observaciones y reflexiones de sus compañeros de caminata o de viaje, detalle que incrementa el interés de sus apuntes. La variedad también es norma en ellos, y así, en las anotaciones correspondientes al año de 1842, nos aguarda el relato de una excursión de varios días con su amigo Thoreau que incluye la narración de una visita a una comunidad Shaker. En otras páginas disfrutaremos de la descripción de una pintoresca y variopinta reunión de jefes indios de distintas tribus recién llegada a Boston. Hasta el perro de su amigo Channing, que le incita a reflexionar sobre su peculiar disfrute de la naturaleza, encontrará un hueco en las páginas de su bitácora. Entre las últimas anotaciones recogidas en Verano indio figura la emotiva noticia del entierro de Hawthorne (24 de mayo de 1964), a la que Emerson asiste en compañía de notables personalidades del momento, como el poeta Longfellow, Wendell Holmes o Franklin Pierce, íntimo amigo del finado y presidente de los Estados Unidos.
Reseña de Manuel Fernández Labrada






