Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero, de Francisco Hermoso de Mendoza

Dicen que la cabra tira al monte, y no era de extrañar que Francisco Hermoso de Mendoza, tras ofrecernos tres estupendos libros de narrativa, se resolviera a obsequiarnos con uno de crítica literaria. Que para eso es el amo y señor de Devaneos, uno de los blogs más interesantes y completos del panorama literario actual. Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero (Ápeiron, 2024) es un precioso y diminuto volumen que no alcanza las cien páginas. Mientras me entregaba a su lectura, me parecía tener entre las manos uno de aquellos encantadores libretti de bolsillo que editaba Ricordi (también en 15×10) para los aficionados a la ópera. Como ellos, el libro de Hermoso de Mendoza es también una pequeña llave, que en su caso sirve para abrir el cajón donde se guarda la música de un autor con aura de inescrutable: Roberto Vivero. De parecida manera a como el libreto sin la música tiene a la vez un sentido completo e incompleto, este breve estudio de Hermoso de Mendoza reclama como ineludible la lectura del autor al que se dedica, pero también constituye un logro en sí mismo. Reconocida la dificultad de conquistar la fortaleza, el texto crítico -«reseña fracasada»- se viste de literatura para poder levantarse y dar cuenta, al menos de manera indirecta, de lo que se oculta al otro lado de la muralla.

Hay mucha modestia en el título elegido por Hermoso de Mendoza para su libro, quizás porque no ha pretendido diseccionar las entrañas de la obra de Roberto Vivero, sino algo bastante diferente. Tal como se expresa en el interesante e instructivo epílogo que cierra el volumen, son varios los niveles de aproximación que permite un texto literario: desde el que solo exige una lectura espontánea y ligera, propia del lector común, al que se marca como objetivo un filólogo que necesita fundamentar su tesis doctoral. Este que ha escogido Hermoso de Mendoza para su monografía me parece que es el más adecuado a su brevedad (y nada sencillo, por cierto). En lugar de dar cuenta milimétrica de la obra de Vivero, nos la ha pintado reflejada en su entusiasmo. Es decir, ha alumbrando un segundo texto, también literario, que no pretende «abreviar» ni «traducir» nada, sino solo transmitirnos una suerte de «reconocimiento» a la obra de un escritor que sin duda admira.

En su breve capitulo preliminar, «¿Existe Roberto Vivero?», Hermoso de Mendoza resume algunos de los rasgos esenciales de la escritura del autor: su carácter experimental, su dificultad y su dureza (es decir, «su libertad estética y ética»), así como esa «amarga reflexión sobre la condición humana» que rezuma en algunas de sus páginas. Son los de Vivero unos textos, en su mayoría, muy celosos de su arte y cerrados sobre sí mismos, casi como fortalezas. Una obra, en suma, que se ha gestado como el fruto de un proceso de «investigación» y que se resiste a las simplificaciones y al etiquetado. Para cada obra en concreto, para las que componen el canon más selecto y cerrado de Vivero (que se extiende no solo a lo narrativo, sino también -en menor medida- al teatro y a la poesía), Hermoso de Mendoza ha escrito una colección de artísticas reseñas que obran una aproximación indirecta y amistosa, y donde el discurso crítico unas veces «explica» y otras refleja. O las dos cosas a la vez. ¿Qué pretende ser, sino un espejo, ese elaborado comentario en un solo párrafo referido a Grita?

Desde este punto de vista, creo que la labor que se proponía Hermoso de Mendoza al emprender esta difícil singladura ha quedado airosamente resuelta. Es la suya una invitación a la lectura sincera, que nace de la atracción que experimenta por una obra compleja y poco difundida, que ha leído con mucha atención y placer. Al fin y al cabo, la lectura es una aventura personal, y hasta el más versado y detallista crítico alfa es solo un lector. Lo que queda de la obra, su residuo irreductible tras sufrir una explicación, ya sea minuciosa o sumarísima, es todavía y precisamente lo literario. El libro de Hermoso de Mendoza quizás no nos permita allanar la fortaleza, pero sí acercarnos y echar un vistazo por encima de las almenas. El valioso botín que nos señala quizás nos anime a escalarlas por nuestra propia cuenta. Que de eso se trata.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Leer a Vivero nos obliga a rumiar, para decirlo con Nietzsche. Es ir en busca de un sentido que no resulta evidente en una primera lectura, como si las palabras tuvieran tal fulgor que costase mirarlas a los ojos de buenas a primeras. Hemos de ser pacientes, leer y coger distancia, como ante el cuadro que cobra sentido cuando nos alejamos de él y nos situamos a la distancia justa, la misma que ofrece aquí la tan necesaria y aconsejada relectura».
«En la poesía ayudan los signos de puntuación. Vivero nos invita al «búscate la vida». No hay comas ni puntos, sí un texto que cae en cascada durante casi ochenta páginas. Texto con palabras en castellano, alemán y griego. Formulo la consulta del texto en alemán en un grupo amigo de WhatsApp de gente que habla alemán: se traduce pero no se entiende. Dicen. Así es el arte. Dicen. Conclusión perfecta. Dicen. Palmas, palmitas. Asusta lo que no se entiende, prosigo, aquello velado que no se descifra, el texto viscoso cuyas palabras son un misterio, digo. Aquello que hace rechinar nuestros cojinetes mentales, que nos da de cabezazos contra un muro de las lamentaciones, que nos hace avanzar por una escalera a oscuras y cuyas pareces están llenas de agujeros negros, afirmo».
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