Es común asegurar —no sé si con suficiente conocimiento de causa— que muchos soldados alemanes de la Gran Guerra llevaban en los bolsillos de sus guerreras el famoso Canto de amor y muerte del corneta Rilke (1906). Si esto fuera verdad, no creo que tardaran mucho en descubrir la falsedad de esa romántica gesta de un abanderado adolescente que reúne en una sola noche eros con tánatos. ¡La realidad es un poderoso crítico literario! Nada más opuesto a dicha epopeya erótica y caballeresca, a la que pone punto final una muerte gloriosa, que el texto de André Suarès (1868-1948), C´est la guerre (1915). Si Rilke compuso su poema en el arrebato lírico de una inspirada noche del invierno ruso de 1899, el francés concibe su proclama en el dolor de una guerra que amenaza con desangrar su país: un visceral alegato forjado en una prosa poética tan doliente y desgarrada como una herida abierta, tan belicosa y lacerante como el filo de una bayoneta. En el campo de batalla de Grodek la primavera no llega ni fría ni tarde. Sencillamente, no llega.
Es la guerra (Ápeiron Ediciones, 2026) constituye, en primer lugar, una furiosa y visceral invectiva contra los alemanes. El propósito del autor francés no es, desde luego, pintar una imagen honrosa, ni tan siquiera trágica, de la guerra, sino denunciar las innobles acciones de los alemanes, que han hecho desaparecer los ideales heroicos y caballerescos del campo de batalla. A diferencia de los franceses, los alemanes (los «boches») son naturalmente inhumanos, y nada les cuesta cometer las mayores atrocidades contra los inocentes y desvalidos. Han convertido la guerra en la más innoble de las tragedias. Suarès contrapone los celtas a los teutones, el genio creativo de los franceses a la espesa brutalidad de quienes se han embarcado en una guerra «de especie», un lucha «de raza» que pretende aniquilar a todos cuantos sean diferentes. Es la guerra contiene también una crítica a la particular idiosincrasia alemana, a su insufrible pedantería, falsedad, envidia, soberbia intelectual y grosería de espíritu, a su convencimiento de tener siempre la razón. Tampoco se salva de la quema su alta cultura, es decir, su filosofía culpable, su ciencia asesina o, incluso, su engañosa devoción por la música. No se olvida Suarès de subrayar la vileza de muchas de sus pretendidas grandes personalidades: desde Clausewitz o Moltke a Bismarck; de Lutero, Nietzsche o incluso Goethe.
No todo en el poema es descalificación y arenga bélica. También hallamos, sobre todo en su primera parte, una aguda reflexión sobre los conceptos de derecho, justicia y fuerza, que se resume en una denuncia de la fuerza cuando no la asiste el derecho, como también en la futilidad del derecho cuando no lo respalda la fuerza. El derecho sin una fuerza que lo ampare es un imposible que despierta la risa del enemigo. Para Suarès, en la dramática situación en que se encuentra Francia, «la retórica de la paz es la más vil de las retóricas», y «la blandura idealista, que desprecia las armas y se niega a defenderse, no tiene cabida». De ahí su clamorosa llamada a tomarse la revancha combatiendo al enemigo con su misma ferocidad. De manera parecida a como Goya legó a la posteridad algunas de las más crueles escenas de la guerra de la independencia, Suarès hace recuento en su libro de algunas de la más vergonzosas brutalidades perpetradas por los alemanes. Todo ello con el fin de abrirle los ojos a los franceses y hacerles ver que es necesario pagar a los alemanes con su misma moneda, aunque sea preciso hacer violencia a los innatos valores humanitarios galos. A los alemanes solo se les puede vencer mediante la fuerza, no por el derecho ni por la justicia. Alemania es, en suma, un «perro rabioso» que es lícito exterminar.
Desde un punto de vista formal, el libro de Suarès se nos presenta como una sinfonía del horror bélico que alcanza su cima en el treno apocalíptico de su último movimiento. Agotadas las invectivas, denuncias y descalificaciones de los anteriores capítulos, Suarès echa mano de la alegoría para elevar un tono más el diapasón de su diatriba contra los alemanes, a los que representa como el Topo del Apocalipsis (oportuna figura en el contexto de una guerra de trincheras). Porque si Estrabón acertó a ver en los perfiles de Iberia la figura de una piel de toro extendida, Suarès descubre en los de Alemania el dibujo de un topo monstruoso, ciego de rabia y sediento de sangre. Su insaciable hocico y sus crueles garras se extienden entre los países vecinos, mientras sus inmundas posaderas ensucian la sagrada tierra de Francia. Una poderosa estampa alegórica que nos trae a la memoria los mapas satíricos de la prensa política del momento (donde Rusia se representaba como un pulpo o un oso, Alemania como una hidra y España, como un toro o… ¡una maja dormida!). Suarès alcanza, pues, en esta coda final de su libro una cota aún más elevada en su causa general contra Alemania; es decir, retoma los motivos expuestos en los capítulos precedentes pero en un tono aun de mayor dramatismo, de tal manera que la invectiva contra los alemanes y el ansia de infligirles un castigo ejemplarizante se modula en un crescendo de frenesí casi enloquecido.
Para finalizar, señalaré el magnífico trabajo de traducción realizado por el escritor vallisoletano José Carlos Turrado de la Fuente, que ha sabido poner en juego su conocimiento y talento literario para acercarnos, con la riqueza, plasticidad y fuerza expresiva necesarias, este amargo y complejo texto de André Suarès, donde la invectiva bélica más punzante se conjuga con el imaginativo vuelo de la alegoría. Es la guerra viene así a sumarse, con todos los honores, a la reciente y exquisita colección creada por Ápeiron Ediciones, «Grodek», que al amparo del famoso poema de Trakl está recuperando para nuestra lengua valiosos testimonios líricos (Ricarda Huch, Richard Schaukal) de la primera mitad del siglo XX: una época especialmente convulsa y significativa de la historia europea moderna.
Reseña de Manuel Fernández Labrada






