Decía Hermann Hesse, en uno de sus poemas más celebrados, que todo comienzo alberga un particular encanto («ein Zauber inne»). De parecida manera, la primera obra de un narrador inspira el respeto de lo novedoso, de lo que acaba de nacer, sobre todo cuando promete ser el inicio de un largo camino. Si el autor, además, ha puesto toda su ilusión, trabajo y talento en la tarea de escribirla, leerla o hablar de ella no puede ser sino un privilegio. También una responsabilidad. Iluminaciones (Pie de Página, 2023), de César Niño Rey, cumple con creces las expectativas que despierta la publicación de un primer libro de narrativa. El lector descubrirá en sus páginas una variada colección de relatos, compuestos con una admirable perfección y dotados de una originalidad innegable. De muy diversa extensión, algunos textos podrían ser considerados nouvelles, mientras que otros entrarían fácilmente en la categoría de la minificción (es el caso de «Apocalipsis»). El libro manifiesta además una notable disparidad de registros, propia quizás de un libro de relatos donde, por un lado, se recogen escritos de diversa data (así lo revela el autor), y por otro, se dibuja una encrucijada de caminos. Los textos de un libro de relatos no tienen que estar todos afinados, como la suite barroca, en una misma tonalidad. Los de César Niño no lo están, y como sucede en muchas ocasiones esta variedad también la agradecerán los lectores.
El primer relato, «Materia oscura», es uno de los más extensos y de mayor atractivo de la colección. La historia narrada es mínima. La tumbona de un jardín, en una bella y tranquila noche de verano, se convierte para el narrador en el centro del universo: una especie de ónfalos desde el que puede extender su mirada tanto al pasado como al presente, a lo más alejado como a lo más cercano y familiar. Una meditación, en suma, que gravita entre polos contrapuestos: lo colectivo con lo individual, el recuerdo con la observación, el tono científico con el emotivo. El texto atesora descripciones nocturnas de una indudable belleza, donde la nota más original la pone un curioso sesgo didáctico de la narración, que gira en torno a la afición del protagonista a la astronomía. El autor se ha propuesto dejar constancia de uno de esos escasos momentos en que nuestra mente se expande y cree poder abarcarlo todo en una mirada integradora, comprensiva y reconfortante: una visión donde no existe conflicto alguno y donde todo parece encajar y descansar en la armonía que brindan los opuestos.
Basta con leer el segundo relato de Iluminaciones, «Cuatro palabras», para presentir que la diversidad será una de las principales credenciales del libro. El texto narra la rememoración de un ignorado malentendido que, agazapado durante muchos años en el pasado (como la «bestia» del relato de Henry James), retorna para proyectar una sombra de inquietud en la vida del narrador. «6-3, 5-7, 4-4» confirma esa primera impresión de variedad, como también una evidente voluntad de hacer bandera del estilo y abandonar los caminos de lo previsible para sorprender al lector: un elaborado tour de force narrativo orquestado en torno a una partida de tenis. La ironía, otro elemento que me parece consustancial al hacer literario de César Niño, se hace presente en el siguiente relato: «Cómo acabé de una vez por todas con el insomnio». El texto reproduce la conferencia de un charlatán que, no obstante su insufrible verborrea (reproducida en un solo párrafo, apenas nos deja respirar), acierta a resumir algunos de los males que padece nuestro mundo, y que se traducen en la dificultad de conciliar el sueño. El lector atento quizás se pregunte si la solución propuesta por el conferenciante no es la mejor manera de agravar el problema; sobre todo porque resulta sospechoso el entusiasmo de sus oyentes, igual de impulsivos y descerebrados (sus reacciones, anotadas entre paréntesis, así lo testimonian) que aquellos otros que Julio Verne pintaba aplaudiendo los progresos de la técnica. «Una historia fantástica» parece señalar que su autor no desea dejar de pulsar ninguna tecla narrativa. Leeremos ahora un relato de aparecidos, difundido a media voz en un exclusivo club de caballeros británicos. El tono irónico con el que está narrado, sin embargo, apenas permite al espectro imponerse al lector. Una parodia, quizás, de algunos tópicos y clichés propios del relato victoriano de fantasmas.
A mi manera de ver, «Cosmos» es uno de los mejores cuentos de Iluminaciones. Es también un relato fantástico, pero de un orden completamente opuesto al anterior. Narrado con mucha riqueza de detalle, se inicia con la toma de conciencia, por parte del narrador, de la inesperada y enigmática soledad que se disfruta en un parque urbano. Al poco descubrirá que la ciudad entera se ha vaciado también de sus habitantes. Sorprende bastante la nula alarma que provoca en el personaje esta situación tan excepcional, ante la que reacciona con la mesura y sentido práctico de un Robinsón Crusoe. Poco a poco iremos apreciando que aquello que parecía ser en un principio una distopía apocalíptica (recordemos La nube púrpura, de Shiel) deriva en la narración de lo que me atreveré a denominar una fantasía cumplida, protagonizada por un personaje (algunos lectores lo tildarán, quizás, de misántropo) que se congratula de su soledad, sin preguntarse demasiado por el destino de sus paisanos. La descripción de la ciudad abandonada constituye un indudable logro del narrador, que describe los paseos del protagonista por las calles y comercios desiertos con una notable verosimilitud (la experiencia de aislamiento sufrida durante la gran epidemia quizás haya suministrado algunos materiales al autor). En las estampas de la ciudad abandonada, poco a poco conquistada por la naturaleza, hallaremos también cierta complacencia estética, cercana o parecida a la que induce la contemplación de unas ruinas antiguas. El relato finaliza con la concesión a la humanidad de una segunda oportunidad en un edén recuperado.
«Canta, oh diosa» representa un ingenioso juego metaliterario lleno de ironía y con abundantes entrecruzamientos temporales. El autor se complace en una minuciosa narración del proceso de escritura, que se convierte en el argumento del relato. Tanto los contratiempos sin trascendencia del vivir cotidiano como los condicionantes y pequeños accidentes de la escritura se describen de una manera un tanto burlona, con la intención confesa de incorporarlos en un futuro relato. Todo vale para arrojarlo a la hoguera de la narración. El escrito se convierte así en un «autorretrato» del narrador, tanto de su realidad diaria como de sus fantasías como creador. Cierra la colección el relato más extenso de todos, «Una vida plena»: un texto del que puede afirmarse que está forjado en una sola pieza. César Niño reconstruye, en unas decenas de páginas, la vida entera de «una gran dama» victoriana y su exclusivo y reducido mundo social y familiar. Una acelerada biografía que se extiende desde la cuna hasta la sepultura: infancia, matrimonio, hijos, muerte de los padres, relaciones, aficiones, progreso social, vacaciones, ancianidad… La dama, dotada de una admirable entereza moral, protagoniza una vida tan plena de dones que enseguida empieza a parecernos vacía o, al menos, carente de relieve, pues adolece del condimento ineludible y natural de esos contratiempos, desgracias y fatalidades que, al parecer, tanto nos enseñan. Pero esta es, sin duda, la particular esencia que el autor ha querido infundir a su texto: ofrecernos una narración sin sucesos imprevistos ni altibajos emocionales que nos recuerda la clásica imperturbabilidad y armonía de algunas páginas de Stifter, y que habría que entender como un consumado ejercicio de «elipsis», o quizás también, de ironía.
Reseña de Manuel Fernández Labrada






