Un perro de carácter, de Sándor Márai

Ahora que los canes nos ladran desde los estantes de todas las librerías, no hay escritor apenas al que le falte el suyo o editorial que no disponga de una camada repartida entre sus colecciones, resulta gratificante constatar que la pasión literaria por los perros no es ocurrencia de última hora ni resabio oportunista crecido al amparo de los anuncios de comida para mascotas y series de televisión. Es decir, no escasean autores de toda la vida que tributaron sinceros homenajes a la tribu de los pulgosos. El aficionado a la buena literatura podrá, pues, sumar a los emotivos relatos de Kipling, al Señor y perro de Thomas Mann o al Flush de Virginia Woolf (cito solo algunos de los textos más memorables) esta simpática novela (Salamandra, 2024) del húngaro Sándor Márai (1900-1989), un autor muy conocido, leído y apreciado en nuestro país.

Un perro de carácter (1932) es el ameno y divertido relato, nada banal, de las graves alteraciones que un cachorro de cuatro semanas introduce en un hogar burgués de clase media cuyo cabeza de familia es —muy providencialmente— un escritor. De entrada, la novela parece querer avisarnos de los grandes peligros que entrañan las compras compulsivas y poco meditadas de la Navidad: una mala costumbre que no ha perdido un ápice de actualidad. Hay debilidades que siempre se pagarán muy caras. Porque aquí, como sucedía con el bulldog Ponto de la impagable novelita de Stefan Zweig (¿Fue él?), nos topamos con un perro dotado de un exceso de «carácter». Es decir, un can capaz de cometer trastadas merecedoras de figurar en la página de sucesos de cualquier periódico. ¿Acaso un perro paciente y dócil sería mejor protagonista para una novela? Si los animales pueden darnos alguna lección que merezca la pena escuchar, seguro que no será la de la obediencia y la resignación.

La novela de Márai tiene como principal protagonista a Chútora, un individuo canino perteneciente a una raza de perros poco conocida en España: el puli húngaro. Con tan solo un mes de edad y a modo de regalo, es presentado en sociedad durante la cena de Nochebuena de un hogar burgués situado en la ciudad de Buda. Desde el primer momento, Chútora se revela como un perro problemático y con ideas propias (o al menos, así lo perciben sus dueños). Cualquiera que haya disfrutado de las «alegrías» que conlleva la crianza de un perro reconocerá en la novela de Márai la crónica convincente del primer año de vida de un cachorro. Una descripción bien ajustada al comportamiento de un perro joven, aunque interpretado desde una perspectiva humanizada: un recurso necesario para que el texto sea algo más que un tratado de etología. La marcada personalidad de Chútora pronto lo convertirá en un poderoso enemigo del debilitado medio burgués que lo acoge. Porque, chuchos aparte, la novela nos ofrece el retrato de una sociedad en crisis donde los antiguos valores, aún no sustituidos por otros nuevos, muestran signos inequívocos de vejez.

O así al menos lo percibe el dueño de Chútora, que atraviesa una crisis existencial, prisionero de unas rutinas que no le convencen. La irrupción del cachorro abre en su ordenada vida poderosas grietas. El aplomo del animal, su certero instinto, el afán de descubrimiento que mueve su ingobernable vida despiertan en el «caballero» protagonista tanto el cansancio como una sincera admiración. Chútora parece contravenir esos artificiales y añejos valores burgueses en los que ya no cree. Su mera presencia tiene la capacidad de ponerlo todo en cuestión. Hasta en su rebeldía ante la correa cree descubrir su dueño una lección moral. ¡Qué magnífica pintura la que nos ofrece Márai de esa tradicional cena de Navidad en una casa burguesa venida a menos; una familia que subsiste entre el querer y el no poder, alimentada por el recuerdo de los viejos tiempos y que no parece tener mejor entretenimiento que el de evocar las apolilladas rencillas familiares de toda la vida… A todo este orden decadente se opone el seguro instinto animal de las cuatro semanas de Chútora.

Pero el interés de la novela no se reduce al relato de la personalidad de un perro, de su dueño o del ambiente familiar. Márai también dirige nuestra atención hacia otros personajes del entorno vecinal. Es el caso del herrero Zsombolya y del carpintero Telkes, copartícipes de un odio irracional y virulento que los asemeja a dos perros furiosamente enfrentados. O las dos mujeres mayores, madre e hija, que conviven en su anticuado piso, aisladas del mundo y ancladas al pasado, y a las que Chútora provoca una terror desproporcionado. Otra estampa estupenda es la del paseo del cachorro, exultante de fuerza y juventud, ante los ancianos del asilo, que, sentados a la puerta de la institución, contemplan su paso con una envidia codiciosa. O la de esos estrafalarios propietarios de perros con los que el caballero se cruza durante sus paseos con Chútora: seres solitarios que han reducido toda su relación afectiva al trato con una mascota. Pero las mayores dosis de ironía nos aguardan en la divertida burla que Márai trama contra el psicoanálisis, parodiado mediante la aplicación de sus principios terapéuticos al comportamiento disfuncional de Chútora.

Tal como se viene anunciando desde el inicio de la novela, el encaje familiar de Chútora se vuelve cada día más problemático. Tras una decisión educativa seguramente equivocada (ignorar al animal), el comportamiento de la mascota empeorará con rapidez, de tal manera que su salida del hogar se le impondrá al lector como una opción inevitable. Sobre todo tras una escena, tan cruel como grotesca, en la que el enfrentamiento entre amo y mascota se sustancia en el terreno de la pura animalidad. Que el hombre se rebaje a ese nivel no puede significar otra cosa que su derrota. Aunque la novela testimonia, como cabía esperar, lo mucho que ha cambiado en estos años transcurridos nuestra manera de relacionarnos con los animales domésticos (algún lector quizás rotule mentalmente la novela como «Un perro mal adiestrado»). la historia de Chútora encierra un innegable núcleo de actualidad, y la enseñanza que el narrador extrae de su lamentable experiencia con el perro me parece que sigue siendo plenamente válida en nuestros días.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Entonces, frunciendo el ceño de preocupación, el caballero se da cuenta de que, a partir del momento en que adoptó a ese ser vivo, hace apenas unas horas, no existía ya otra posibilidad que ocuparse de él sin descanso. Como cualquier ser vivo que introducimos en nuestras vidas, incluso ese renacuajo exige tener a una persona siempre a su disposición, una atención permanente, una entrega total».
«Se ha quedado dormido porque no tiene noción del tiempo, porque está agotado y es joven, porque, para él, el día ha terminado. En sueños, mueve nerviosamente las patas, como si corriera; sueña como suelen hacerlo los perros jóvenes: sueña que persigue a una presa, que participa en una cacería muy antigua, de hace muchísimos años, tal vez de los tiempos en los que los perros aún no habían hecho ese extraño pacto con los hombres».
Traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo
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