El primer libro de un narrador siempre resulta significativo. El lector que se acerca a sus páginas puede tener la certeza de que todo lo que allí se le ofrece es la sincera confesión de una personalidad. Al autor novel le acucia una urgencia de autenticidad, de desnudarse ante sus lectores, de mostrarse y verse tal como es. En el caso de que escriba una novela, el componente autobiográfico será quizás determinante. ¿Qué mejores materiales para alimentar una historia que los brindados por la propia experiencia? Si se trata de un conjunto de relatos, el libro revelará además un valioso muestrario de los diversos caminos narrativos que el autor ha tomado en consideración. Tal es el caso de Nuestro destino común (Caligrama, 2026), de Miguel A. Castro, un extenso acopio de textos donde ficción, reflexión y memoria se reparten de manera equilibrada y diversa. A pesar de lo variado de la colecta, detectaremos enseguida un hilo conductor que la unifica. En todos los relatos que componen el libro se manifiesta una preocupación constante por lo vulnerable de la condición humana, por esa herencia común que nos hermana en el dolor, en la añoranza del pasado, en el anhelo de una existencia mejor que todos creemos merecer y por la que debemos luchar… La meditación surge al compás de los recuerdos, y la ficción busca medios para vestirla de manera artística, trascenderla, mostrárnosla de mil maneras diferentes. Son los tres componentes (memoria, reflexión, imaginación) de esa inquietud humanista que constituye el corazón de este hermoso y sincero libro.
No obstante su diversidad, el autor ha sabido imbuir a la colección una tonalidad afín. Ya se revistan de ficción, autobiografía o reflexión, todos los textos hacen hincapié en esa suerte común que padecemos los hombres, el destino que nos hace enfrentarnos a nosotros mismos, que nos mueve a empatizar con lo perecedero y olvidado: una vida difícil donde es preciso luchar sin tregua porque el azar reparte sus premios y castigos de manera caprichosa. Nuestro destino común se inicia, ciertamente, en una tonalidad menor, con el trazado de una alegoría donde la grieta de un pared o las ruinas de una casa de campo abandonada («La casa en ruinas», «Las grietas») simbolizan la destrucción casi inevitable de nuestras ilusiones. En este primer apartado del libro, el autor muestra una especial sensibilidad por los objetos cotidianos abandonados, olvidados, en los que parece dibujarse un reproche tan tierno como doloroso; pero también una advertencia al lector: su destino quizás no vaya a ser mejor. Al fin y al cabo, la sociedad actual no solo tiende a deshacerse enseguida de los objetos que considera inservibles, sino que también margina a los perdedores, a los rezagados, a los diferentes, a los ancianos… En «Copias e impresiones» son los diversos materiales de una copistería los que pasan gradualmente de la actividad a una triste inoperancia. En «Fragmentos de ti», las hojas otoñales caídas al suelo entonan una callada advertencia de caducidad que los transeúntes ignoran. Frente a todo ello, el autor manifiesta su empatía por la peculiaridad y valor de cada vida humana («Prismas»), o por el dolor propio de las situaciones más difíciles («Los colchones desnudos del verano»).
Un importante número de textos atesoran recuerdos personales, más o menos fugaces, más o menos ocultos. Ya Rilke señaló que la infancia era el reservorio más valioso de experiencias con el que podía contar un poeta. Infinidad de autores han echado mano de ellos, tanto para ensalzar su niñez como para denostarla o, incluso, señalar las raíces de un destino torcido. Aunque no aparecen en muchos relatos, los recuerdos más tempranos guardan para Miguel A. Castro una indiscutible magia, como podemos apreciar en «Jose y Oliver». «Las acequias» constituye otra bella narración nutrida de recuerdos infantiles, vividos en una vieja casa de campo familiar, perdida en el tiempo y recuperada por la memoria. Vivencias más recientes también afloran, en muy diverso grado, forma y propósito en numerosas páginas del libro. Es conveniente señalar que muchas veces el recuerdo y la meditación se anudan de manera casi inseparable en el relato. La meditación puede surgir durante un tranquilo viaje en tren («El caos del universo») donde el viajero se vuelve clarividente, pues durante unas horas se verá liberado de ese tráfago imparable de la vida cotidiana que lo ciega. Hay mucho de nostalgia en estas sentidas meditaciones, en el contraste que media entre aquello que la mente y el deseo vislumbran como posible y lo que la realidad impone. El retorno de los recuerdos deja con frecuencia un poso de melancolía, como podemos apreciar en «Introspecciones recuperadas» o en «Don Leocadio»; aunque también puede manifestarse en estampas líricas algo menos personales. «Briznas de hierba» es una breve narración donde se abre otra ventana a la reflexión, ahora propiciada por un viaje en automóvil. En la meditación siempre se paga el precio de la lucidez.
Otra faceta significativa del libro la conforman los relatos de ficción, que se agrupan principalmente en el último apartado, Urdimbre y trama. «La ballena en la montaña» es un cuento fantástico muy imaginativo, con cierto aire de leyenda, del que resulta posible extraer una lección. En «El tiempo transcurrido» descubrimos también cierto componente fantástico, aunque solo sea en la mente alterada de su anciano protagonista, cuya soledad el texto denuncia de manera sutil. Otras ficciones, por el contrario, se desarrollan en un entorno más realista. Es el caso de «Rumbo a Italia»: crónica de un viaje de fin de estudios que obrará en su protagonista la súbita revelación de un destino que quizás estaba a punto de perderse. Decía Hesse que todo aquel que regresa de un viaje es una persona distinta a la que se fue. Sin embargo, el cambio aquí se produce incluso antes del regreso, lo que confiere a la resolución de su protagonista un plus de rebeldía (sobre todo si consideramos el motivo familiar que lo había impulsado al viaje). Otra historia de transformación personal la hallaremos en «Un breve periodo de oscuridad antes de la luz». Una vez más, el protagonista es capaz de torcer el destino y orientar su vida hacia un horizonte más acorde a su verdadero ser, aunque sea a una edad avanzada. El poder del destino, modulado ahora en un registro fantástico, reaparece en «Los Reyes magos», un imaginativo y divertido relato breve dotado de una estupenda resolución. A diferencia de los cuentos anteriormente citados, su protagonista no logrará hacerse dueño de su destino, sometido a un hado adverso (una verdadera maledizione) que lo acompaña desde la infancia y que termina proyectándose ―gracias a un guiño final irónico― sobre todos nosotros.
Resulta difícil dar cuenta, en una simple reseña, del medio centenar de textos que componen Nuestro destino común. Si quisiera profundizar una poco más, antes de finalizar, en la variedad formal de la colecta. El texto breve, cuidadosamente trabajado y, en ocasiones, modulado en un registro lírico, aparece ampliamente distribuido por todo el libro: «El tiempo es un muro», «Los dimanantes», «Códigos», «Las páginas pegadas»… En el polo opuesto situaremos textos narrativos más extensos y complejos, como el citado «Rumbo a Italia», o incluso alguno dividido en capítulos («Alameda»). No desdeña Miguel A. Castro cultivar la distopía. «El escritor» es un enigmático relato protagonizado por el único habitante de una ciudad abandonada que sobrevive, a la manera de un Robinsón moderno, sin acertar a recordar qué es lo que ha sucedido. No faltan tampoco textos imbuidos de la brevedad y poder de sugerencia propios del poema en prosa; como esa emocionada proclama («Somos oriente, somos occidente») que conforma por entero el tercer apartado del libro (señal evidente de su relevancia). También leeremos algún texto que semeja un esbozo o apunte de una posible obra más extensa («El retorno de las ondas transmitidas»). No cabe duda de que Nuestro destino común recoge algunos de los trabajos más valiosos de su autor. Antes de emprender su singladura hacia esa isla ―todavía desierta― del primer libro, el escritor hace acopio en su nave de todo aquello que considera merecedor de salvarse del olvido. Son sus herramientas de futuro y necesita tenerlas cerca. Es demasiado pronto para tomar precauciones, para limitar el horizonte. Es el momento de la sinceridad, de arriesgar y de plantar muchas semillas. De alguna de ellas brotará la obra futura.
Reseña de Manuel Fernández Labrada







