Memorias de un antihéroe, de Kornel Filipowicz

Parece que la figura del antihéroe goza de una asentada tradición literaria. En un famoso fragmento lírico conservado, Arquíloco de Paros (s. VII a. C.), poeta y mercenario, se jactaba de haber abandonado su escudo en el transcurso de una batalla, a fin de ponerse a salvo con mayor facilidad. El detalle parece tan relevante (la ética guerrera espartana exigía «volver a casa con el escudo o sobre él») que algunos filólogos han llegado a ver en dicho poema nada menos que el testimonio de un primer declive de la épica. El motivo tuvo éxito, desde luego, y después lo encontramos en otro poeta griego, en Alceo, que tambien deja su escudo en manos enemigas. Unos siglos más tarde, todavía Horacio se vanagloriaba en una de sus odas de haber arrojado el suyo en la batalla de Filipos (42 a. C.). Las cosas han cambiado poco desde entonces, y en la célebre novela de Stephen Crane, La roja insignia del valor, la primera acción bélica del protagonista consiste en tirar el fusil y salir corriendo. Los griegos disculpaban la cobardía de sus ejércitos echándole la culpa a Pan, que provocaba en los soldados, al igual que en los rebaños, un pánico invencible que los ponía en fuga. Nosotros le quitamos hierro al asunto amparándonos en el instinto de conservación y en la repugnancia que nos inspiran las guerras. No resulta demasiado difícil ponerse en el lugar del antihéroe. Sobre todo, cuando no se sabe muy bien por qué se lucha.

Una de las más sorprendentes y originales recreaciones de la figura del antihéroe la encontramos en Memorias de un antihéroe (Pamiętnik antyboatera, 1961), del escritor polaco Kornel Filipowicz (1913-1990). Una novela admirablemente escrita, que atrapa irremisiblemente al lector desde la primera página, y que ahora podemos disfrutar en la estupenda traducción de Teresa Benítez, publicada por la editorial barcelonesa Las afueras. Ambientada durante la invasión alemana de Polonia (1939-45), la novela tiene como protagonista a un acabado ejemplo de antihéroe; pero no de aquellos que —como Alonso Quijano o Lázaro de Tormes— alcanzan sus fines conquistando el aprecio de los lectores. Hay muchas variedades de antihéroe (sobre todo en la literatura moderna), y el que ahora nos ocupa es de los de última clase; es decir, de aquellos con los que resulta imposible identificarse. No es la suya una disculpable debilidad de un momento, como tampoco una cobardía vergonzante que se intenta ocultar. Todo lo contrario. El protagonista de Memorias de un antihéroe expone sin tapujos sus pensamientos y acciones más viles, disfrazando su egoísmo y falta de compromiso bajo los ropajes del sentido común, esbozando una filosofía del sálvese quien pueda a la que pretende elevar a principio universal, relativizando cualquier valor que no sea el de la propia supervivencia. Un antihéroe que tiene mucho del trepa sin escrúpulos, dotado además de una desconcertante sinceridad que ni tan siquiera parece un ejercicio de cinismo.

La personalidad de Kornel Filipowicz no parece corresponderse, desde luego, con la figura del antihéroe. El escritor polaco luchó en la guerra contra los alemanes, participó en la resistencia antinazi y fue apresado e internado en varios campos de concentración. Simpatizante de la izquierda desde muy joven, Filipowicz padeció, al igual que otros muchos escritores e intelectuales centroeuropeos, la paradoja de vivir sus últimos años enfrentado a la deriva totalitaria del régimen que gobernaba en su país. Estos y otros datos, de gran utilidad para una mejor comprensión de la novela, los hallaremos en el interesantísimo prólogo que abre el libro, escrito por el recientemente desaparecido Adam Zagajewski (1945-2021), que nos regala además una vívida estampa de la personalidad de Filipowicz, que se extiende incluso a la de su compañera, la eximia poetisa Wisława Szymborska (Premio Nobel de 1996). Pero, sobre todo, Zagajewski sitúa al novelista en el contexto de la literatura polaca de su tiempo. Ajeno a los juegos experimentales de otros insignes escritores de su país, como Gombrowicz o Witkiewicz, Filipowicz fue un autor de talante más clásico, moderado y humanista, que en sus escritos prefiere siempre sugerir más que afirmar (Memorias de un antihéroe es un texto ejemplar a este respecto), que deja libre al lector para que valore y extraiga sus propias conclusiones. Una muestra de confianza que el lector siempre agradece.

La sorpresa inicial que nos depara la lectura de la novela creo que se explica por la descarada sinceridad de que hace gala el protagonista en la crónica de sus infamias. Esto viene magnificado, sin duda, por la nula intervención del autor en la historia, que nos ahorra cualquier juicio propio sobre su personaje, al que deja defender sus ideas sin contrapeso; es decir, le permite modular sin contradicción alguna, en todos los tonos imaginables y en las más variadas circunstancias, la cantinela de que él, por así decir, nunca volverá a pasar hambre. Solo algún destello de feroz ironía nos permite adivinar la opinión del autor. Así sucede cuando le hace decir a su personaje (que había sido abofeteado previamente por un oficial de las SS): «estampó en mí el sello de ciudadanía que me ha permitido vivir en paz durante tres años». El lector se queda, pues, a solas con el antihéroe, en libertad plena para juzgarlo según le parezca, lo que probablemente le incitará también a plantearse, haciendo un ejercicio de honestidad, qué hubiera hecho él en una situación similar; o lo que resulta todavía más inquietante, a preguntarse cuántas personas preferirían seguir la cómoda senda del antihéroe si se les presentara la oportunidad. En cualquier caso, parece segura la intención del autor: avisarnos del peligro que entraña la falta de compromiso, una debilidad en la que todos estamos siempre a punto de recaer.

Otro rasgo muy llamativo del protagonista es su completa falta de empatía hacia los perdedores. El patriotismo no es, desde luego, uno de sus puntos fuertes. Así lo testimonia la mirada favorable que dirige al ejercito alemán vencedor, contrastante con el desprecio que le merecen los soldados polacos derrotados, con sus uniformes arruinados en un solo día de combate y sus viejos fusiles de la Primera Guerra Mundial. Su nula simpatía por los vencidos es el apoyo que le permite levantar la cabeza sin sonrojo. Es decir, sustituye la vieja táctica de rebajar al enemigo por otra aún más mezquina: rebajar al amigo para poder traicionarlo luego sin complejos. Otro recurso del que se vale para acallar cualquier escrúpulo consiste en relativizar todo lo que sucede a su alrededor, acogiéndose a una especie de fatum histórico al que le parece poco inteligente oponerse. Las fronteras cambian, también los gobernantes y algunos nombres, pero los países permanecen. Consumada la ocupación, el periódico local, tras unos días de confusión, vuelve a publicar ecos de sociedad, chistes y la misma hoja filatélica de antes. Todo ha cambiado y todo sigue, aparentemente, igual. Es fácil cerrar los ojos y dejarse llevar por una indiferencia cobarde, como la de esos pobres animales de rebaño que escuchan impávidos, sin espantarse, las detonaciones de los disparos que los van diezmando. ¿Solo nos sentimos concernidos cuando nos golpean en la cara?

Al protagonista, por de pronto, no le va nada mal en su papel de antihéroe. Mientras todo el mundo sale corriendo al enterarse de la llegada de los alemanes, él termina tranquilamente sus vacaciones en el campo, actuando en todo momento como un espectador neutral de los hechos. Retornado a la ciudad, encuentra su apartamento en perfecto estado de conservación, y puede volver a disfrutar de sus pequeños lujos burgueses. La nueva situación de excepcionalidad le permite, además, regodearse en algunas miserables ventajas: nadie le reclamará ahora los pagos pendientes de sus nuevos muebles y de la bicicleta. Es el mezquino consuelo del no hay mal que por bien no venga. Tampoco experimenta incomodidad alguna al percatarse de que los judíos andan por las calles ignominiosamente marcados con una cruz, ni tan siquiera cuando descubre entre sus filas a algunos de sus conocidos. También se burla de todos aquellos que aseguran ingenuamente que la guerra apenas durará un año, pues los países de occidente en bloque acudirán pronto al rescate de Polonia. La mirada que dirige a sus compatriotas es fría como el hielo, y donde otros verían gestos heroicos, manifestaciones patrióticas o afán de rebeldía, él solo descubre zafias bravuconadas condenadas al fracaso. Aplaude la delación y se ratifica en su derecho a disfrutar de una vida tranquila al precio que sea. Para él lo heroico no es un valor moral, sino, en el mejor de los casos, el precio que algunos pagan interesadamente para alcanzar una fama póstuma (pero que no está en modo alguno garantizada). En consecuencia, pronto lo veremos iniciar una cómoda senda de colaboracionismo con los enemigos de su patria, adoptando incluso una identidad alemana. Pero la guerra, que ha ido cambiando de signo de manera lenta pero imparable, lo privará de su ventajosa posición, relegándolo de nuevo a una situación de incertidumbre en la que lo prioritario será, una vez más, asegurar la propia supervivencia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Lentamente la profesora fue asomando la punta del cañón por la ventana entreabierta de la buhardilla y empezó a disparar. Disparó y disparó, y repuso todos los cargadores hasta llegar al último. Y qué cosas, ¡disparó cien balas y mató solo a dos alemanes! La vi al día siguiente; la trasladaban en un coche descapotable. Llevaba un vestido negro con lunares blancos, tenía la boca torcida, debajo de la nariz una mancha negra, uno de sus ojos estaba cerrado, como si todavía apuntara a un objetivo, y llevaba el pelo enmarañado, como gallina mojada. Una loca. ¿Era esa la apariencia de un héroe? ¡Valiente heroísmo! ¡Eso era una bazofia! Iba sentada entre dos oficiales alemanes. Uno lucía unas gafas con montura dorada. Ambos tenían una expresión muy tranquila y amable».
Traducción de Teresa Benítez

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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