Historia de una novela, de Thomas Wolfe

Thomas Wolfe (1900-1938) fue una de esas figuras dramáticas que nacen como predestinadas a disfrutar de una corta existencia. Tocadas por el genio, y como anticipándose a su limitado futuro, se entregan a una labor creativa implacable, no exenta de ciertas dosis de letalidad autodestructiva. Autor de cuatro inmensas novelas (dos publicadas póstumamente), relatos, poemas y piezas dramáticas, Wolfe escribió también una autobiografía, Historia de una novela (The Story of a Novel, 1936): un resumen apasionado y sincero de la intensa actividad literaria que colmó su vida. Recién publicada por Periférica, Historia de una novela encierra un texto de gran interés, fraguado en un registro cordial y muy cercano al lector, trufado de estupendas anécdotas; una crónica, en suma, con vocación de convertirse en el libro de culto de todos aquellos temerarios que han hecho ―o han pretendido hacer― de la literatura una profesión. Seducido por el modélico fervor de Wolfe, el lector se sentirá arrastrado a meditar sobre el apasionante problema de la creación literaria y sus altas exigencias de compromiso. Pocas vidas más ejemplares, a este respecto, que la de Thomas Wolfe.

Historia de una novela es, además, un texto escrito desde la modestia: la autobiografía de un joven autor que ha saboreado ya el éxito, pero que no se siente todavía autorizado para impartir lecciones a nadie. No encontraremos en el libro, pues, recetas para escribir una novela, y menos aún fórmulas que garanticen al autor novel la publicación de sus escritos. Wolfe solo nos transmite sus propias experiencias y aprendizajes personales. La sinceridad, sin embargo, siempre aporta una luz poderosa a todo cuanto toca, y no serán pocas las lecciones, indirectas al menos, que podremos extraer de la lectura de esta confesión, que toma como bandera la defensa del compromiso sin condiciones. Porque Historia de una novela es el testimonio de una entrega absoluta a la creación literaria; así como la expresión de un insaciable anhelo de memoria, que se traducía para Wolfe en una escritura desbordante, que no estaba dispuesta a orillar ninguna experiencia, por muy insignificante que pareciera. Es como si, anticipando lo efímero de su vida, Wolfe valorara al máximo cada átomo de sus vivencias, cada persona que se ha cruzado en su camino, cada palabra escuchada, cada imagen entrevista… Una difícil meta que nunca se alcanza por completo, pues pretende nada menos que transmutar la vulgar materia de lo cotidiano en los áureos lingotes de lo imperecedero. Una alquimia casi imposible que muy pocos logran.

Autor de una escritura calificada de torrencial, Thomas Wolfe nos brinda en Historia de una novela un texto cuidadosamente estructurado y bien medido. El autor inicia su memoria autobiográfica repasando brevemente el entorno cultural norteamericano que le tocó vivir, así como el suyo propio, correspondiente a una familia modesta y trabajadora de clase media. Sus estudios universitarios, la primera estancia en Londres (1926) o sus modelos literarios (como Ulises, de Joyce) dan pronto paso a la noticia del clamoroso e inesperado éxito que cosechó El ángel que nos mira (1929): una novela de trescientas mil palabras que, en el lapso de unos pocos meses, pasó de sufrir el rechazo de un primer editor ―que la calificó de ejercio torpe y amateur― a proporcionarle a Wolfe un contrato de edición y quinientos dólares de anticipo (una típica historieta en la línea del American Dream). Aunque la autobiografía de Wolfe se centra principalmente en la gestación de su segunda novela, Del tiempo y el río (1935), el autor ha creído necesario comenzar su relato desde antes, dando cuenta de las lecciones recibidas por un autor novel que, de la noche a la mañana, se ve convertido en un personaje famoso. Los éxitos repentinos, en ocasiones, no son fáciles de digerir. Algo así le sucedió a Wolfe con El ángel que nos mira. La presión de entregar pronto su siguiente libro, la responsabilidad que entraña un éxito aún no consolidado o la planificación de una prometedora carrera literaria compusieron un panorama no tan idílico como cabría esperar. Una consecuencia importante de este fulgurante éxito fue la pérdida del anonimato, que el autor vivirá como una experiencia incómoda, sobre todo en lo referido a su entorno más cercano. Creía Wolfe que las experiencias vividas son la únicas que permiten al autor «crear algo que posea un valor sustancial». Sin embargo, es preciso que el escritor sepa distanciarse de sus modelos reales, para no herir susceptibilidades: una lección pronto aprendida por Wolfe, que ilustrará con un puñado de sabrosas y divertidas anécdotas, referidas todas a la hostil recepción que El ángel que nos mira mereció en su ámbito familiar y social más próximo.

Pero el asunto principal de la autobiografía es la gestación de la segunda novela de Wolfe, Del tiempo y el río (1935). Una experiencia agónica que se inicia con su viaje a París y Londres de 1930, y se extenderá, ya de vuelta a su país, hasta finales de 1934. Durante esos cinco años de intenso trabajo, veremos a Wolfe preso de un rapto creativo que lo absorbe por completo. Su ya conocida hipertrofia narrativa, que le dificulta imponer un orden al conjunto, es el principal ingrediente de esta nueva etapa de un autor que necesita revalidar un primer éxito, clamoroso pero único. Su breve estancia en las dos capitales europeas —no se prolongará más allá de la primavera de 1931—, permite a Wolfe ofrecernos su opinión de los denominados «lugares de trabajo»: emplazamientos prestigiosos y cosmopolitas donde la creación artística respira, supuestamente, una atmósfera favorable. Desde su perspectiva particular, sin embargo, tales lugares son solo aptos para «escapar del trabajo». La inspiración que le brinda a Wolfe una ciudad extranjera como París opera a través de la nostalgia que le induce de su propio tierra. Los apreciados escenarios parisinos y londinenses constituyen para Wolfe el telón de fondo que le permite evocar y valorar por contraste aquello que verdaderamente le interesa. Al igual que en su primera novela, también ahora el elemento vivido es lo esencial. El objetivo vuelve a ser escribir un texto que abarque la totalidad de su experiencia, y en el que no quede olvidada ninguna nota de color, sonido o matiz: elementos quizás modestos por separado, pero tan cruciales para el conjunto como las notas musicales de una gran sinfonía. Este prodigioso ejercicio de memoria se saldará con un texto de más de un millón y medio de palabras, cuya acción se extiende a lo largo de ciento cincuenta años y cuenta con más de dos mil personajes. La consecuencia de tanto exceso será una lucha a vida o muerte con el manuscrito, que se resiste a tomar una forma definitiva.

Será en esta difícil coyuntura cuando tome cartas en el asunto el editor del libro, Maxwell Perkins, que convencerá a Wolfe de la necesidad de dar por terminada la novela y consagrar los siguientes esfuerzos a seleccionar y armonizar los materiales escritos. Su «buen amigo» Maxwell será como ese Deus ex machina de las tragedias clásicas, que baja de una nube en el momento oportuno y salva la situación; y lo hará, claro está, poniendo en juego su indudable olfato literario (nos referimos a un editor mítico, que goza de su propia novela y filme), pero también sirviéndose de sencillas dosis de sentido común y sano pragmatismo. Gracias a su editor, el idealista Wolfe aprenderá la dolorosa lección de que «algo que en sí mismo está bien escrito no necesariamente tiene por qué encontrar un lugar en el manuscrito final» (es el caso de ese diálogo entre cuatro personajes que ocupaba ochenta mil palabras en el original). Se inicia, pues, una implacable labor de poda, de cuya dificultad nos ilustra el sorprendente hecho de que el propio Wolfe, pretendiendo escribir nexos de transición entre las distintas partes, fuera capaz de añadir otro medio millón más de palabras al montante, que a su vez fueron eliminadas. La expeditiva medida que arbitrará Maxwell Perkins para poner punto final a tanta desmesura, ya a inicios de 1935, dejará probablemente boquiabierto al lector. Y es que la obra debe acabar en algún momento, para que el artista quede de nuevo libre, y la lección aprendida pueda dar su fruto en textos venideros. Sin embargo, cuando el futuro casi no existe, algo parece que falla. Tantos esfuerzos, tantas duras lecciones aprendidas con tanto sufrimiento, bien podrían darse por buenas en un autor de vida prolongada. No es el caso de Wolfe. Sentimos que un hado adverso ha vuelto a escamotearnos algo importante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«A lo largo de dos meses, el pueblo cayó en una espiral de furia y resentimiento que jamás imaginé posible. La novela [El ángel que nos mira] fue denunciada desde el púlpito de los pastores de las principales iglesias. Los hombres se juntaban en las esquinas para censurar su contenido. Durante semanas los clubes femeninos, las partidas de bridge, los salones de té y las recepciones, los grupos de lectura y todo el complejo tejido de la vida social de aquel pequeño pueblo quedaron absorbidos por un clamor de indignación. Recibí cartas anónimas llenas de insultos y vilipendios. En una de ellas incluso amenazaban con matarme si volvía al pueblo; otras eran simplemente obscenas. Una venerable anciana a quien conocía de toda la vida me decía en su carta que, pese a no ser partidaria del linchamiento, no movería un dedo para impedir que una turba arrastrara mi “corpachón abotargado” por la plaza del pueblo. Más adelante me informaba de que mi madre estaba postrada, “más pálida que un fantasma” y que “ya no se levantaría más de su cama”».
«El efecto final de esos cinco años de escritura incesante fue la sensación de que no podía descartar nada y que, además, estaba obligado a contarlo absolutamente todo, que nada podía quedar meramente insinuado».
(Traducción de Juan Cárdenas)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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