Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov

bulgakovbuena.jpg15-junio-2020Quizás como consecuencia de las primitivas religiones tribales y sus componentes totémicos, nos hemos acostumbrado a proyectar sobre los animales valores morales propios de los humanos. En las fábulas de todas las épocas el león representa el valor, el zorro, la astucia; el águila es orgullosa y las liebres son tímidas… El perro, en virtud de su estrecha relación con el hombre y sus valiosos servicios, ha simbolizado la lealtad. Sin embargo, y por idénticos motivos, el perro es también, en ocasiones, una sombra incómoda: una circunstancia que puede convertirse, en manos de un escritor inteligente, en una irresistible fuente de comicidad. Así lo hizo Cervantes en El coloquio de los perros, o Panizza en su Diario de un perro. Y así ocurre también en esta divertida novela de Mijaíl Bulgákov (1891-1940), Corazón de perro (1925), donde la prueba de cargo que nos brinda el mejor amigo del hombre se conjuga con el feo asunto de la experimentación con animales, una práctica doblemente horrorosa cuando se pretende imponerles rasgos o caracteres humanos: una abominación (Infandum!, como diría Virgilio) que ya se manifestaba —con muchísimo menos humor— en la célebre novela de Wells, La isla del doctor Moreau. Traducida por Marta Sánchez-Nieves para Mármara Ediciones, Corazón de perro vuelve a recordarnos que la ciencia-ficción puede ser mucho más que un vehículo de evasión: una literatura comprometida que, apuntando en apariencia hacia el futuro, pone en cuestión nuestro propio presente.

El núcleo de Corazón de perro lo constituye una ambiciosa operación quirúrgica que se corona con un resultado fantástico e increíble, encuadrable en el ámbito de la más pura ciencia-ficción. En la estela de los doctores Frankenstein, Moreau y otros ilustres científicos frikis, Filipp Filíppovich Preobrazhenski es un hábil cirujano aficionado a la eugenesia, tan osado como para proponer a una de sus pacientes un transplante de «ovarios de mona». Sus excelentes relaciones con las altas jerarquías soviéticas le permiten disfrutar del inmoderado lujo de un apartamento con siete habitaciones, dotado de criada y cocinera, y donde consume a diario manjares sin cuento. Así lo veremos en ese desternillante almuerzo descrito en el capítulo tercero: una especie de cena de Trimalción en la que Filipp Filíppovich imparte lecciones de savoir vivre a su modesto ayudante, el doctor Bormental, mientras lanza pullas contra los revolucionarios de la sociedad colectiva de la vivienda, que cantan a coro hacinados en un piso cercano y han intentado infructuosamente arrebatarle alguna de sus estancias. Si en el protagonista de Diario de un joven médico podíamos entrever un retrato autobiográfico de Bulgákov, de sus experiencias tempranas como médico rural, más difícil nos resultará reconocerlo en la figura de Filipp Filíppovich: un cirujano bastante sospechoso, cuyo sibaritismo e indisimulado egoísmo le quitan mucho hierro a sus críticas, por muy fundamentadas en el sentido común que le parezcan. Como en casi todas las sátiras, el punto medio, las medias tintas, brillan por su ausencia.

Pero el verdadero protagonista de la novela —o al menos, el personaje que concitará las mayores simpatías del lector— es Shárik: un perro vagabundo al que un cocinero desalmado ha arrojado agua hirviendo y se encuentra, de la noche a la mañana, recogido en el lujoso apartamento de Filipp Filíppovich, que lo trata a cuerpo de rey. Un perro que manifiesta una divertida mezcla de sensatez e instintos caninos, que no duda en morder al ayudante, al doctor Bormental («el marcado con dientes», «la víctima del can»), cuando intenta curarlo; que también se ensaña con una lechuza disecada, pero que —en un rasgo muy humano— se rinde a la lujosa correa con la que lo sacan a pasear, en la que su avispado instinto ha descubierto un símbolo de estatus que hace rabiar de envidia a los otros perros y le granjea el respeto del galoneado conserje del edificio. Shárik, que comparte muchas de las exquisiteces que se consumen en la mesa de su patrón, y es bien acogido en el sancta sanctorum de la cocinera, manifiesta una sincera admiración por su nuevo amo, en el que ve a un hombre de poder. Lo que ignora el satisfecho can es que su protector, preocupado por hallar un procedimiento que rejuvenezca a sus influyentes pacientes, tiene entre manos un ambicioso experimento: implantar en un perro una hipófisis y unas gónadas masculinas. La escena de la operación, de cierta dureza, quizás no le guste a muchos lectores, «encariñados» ya con Shárik. El autor bien podría habernos ahorrado algunos detalles, aunque tal vez deseara mostrarnos la inhumanidad de los experimentos con animales, que no solo se extienden a las ratas de laboratorio. Parece ser que el cirujano francés Serge Voronoff (1866-1951), de origen ruso y autor de controvertidos transplantes entre hombres y animales, fue el personaje real sobre el que se modeló la figura del doctor Philipp Philíppovich. En el caso concreto de los perros, tampoco creo que Bulgákov desconociera los crueles experimentos de Ivan Pávlov, el famoso premio Nobel (1904) ruso, descubridor del reflejo condicionado.

Pero volvamos a lo que nos ocupa. Llevada a feliz término la difícil operación, nos adentramos en la verdadera sátira, que comienza con la parodia de un diario de científico, ordenado por fechas, donde el maravillado doctor Bormental va dando cuenta de la extraordinaria metamorfosis de Shárik. La espontánea aparición de un lenguaje rudimentario en el nuevo ser, aunque reducido en un principio a palabras aisladas, es tan cómico como podía esperarse de quien ha sido concebido literariamente con el exclusivo fin de poner en la picota a un sistema político trufado de contradicciones. La convivencia con el transformado Shárik, cada día más parecido a un ser humano («un hombre pequeño y mal proporcionado»), propiciará una serie de graciosos malentendidos, así como numerosas escenas de gran comicidad que ponen en serio peligro la tranquilidad del médico y su estatus privilegiado. Sin perder del todo algunos atavismos caninos (los menos gratos), Poligraf Poligráfovich Shárikov se nos revela, en su recién adquirida faceta humana, como un verdadero impresentable: un descarado que enseguida reclama papeles de ciudadano, se emborracha y hurta, intenta abusar de las criadas, blasfema, comienza a leer a Engels y, para finalizar, consigue ser nombrado director de la subsección de limpieza de Moscú, un cargo que le permite… ¡exterminar gatos callejeros! Sin perder de vista la sátira política, Bulgákov parece extender su desagrado a la propia condición humana; o al menos, a una ciencia capaz de convertir «a un can dulcísimo en un malandrín tal que pone los pelos de punta». La crítica se vuelve más universal, ¡ya no golpea solo a los bolcheviques!:

Comprenda que lo terrible es que ya no tiene el corazón de un perro, sino precisamente uno humano. El peor de todos los que existen en la naturaleza.

Llegados a este punto, algunos lectores echarán de menos al perro Shárik de los primeros capítulos, su cálida «humanidad» y sus graciosas observaciones y comportamientos. Pero no deben preocuparse; no están solos. Los dos doctores también lo echan mucho de menos (quizás por razones más egoístas), y no se quedarán de brazos cruzados. Es lo bueno de la ciencia-ficción: admitido lo imposible, todo lo demás resulta relativamente fácil.

No hay que saber mucho de historia contemporánea para sospechar que Corazón de perro no pudo ser bien recibido en la URSS de 1925. Cuando la censura aprieta, escribir para las generaciones venideras puede ser algo más que una muestra de orgullo. Es el caso de la mayor parte de la obra de Mijaíl Bulgákov, al que la censura soviética apenas dejó publicar nada, sobre todo a partir de 1929. Aunque parece ser que el mismísimo Stalin apreciaba algunas de sus obras, y que le procuró un trabajo en el Teatro de Arte de Moscú, Bulgákov, que no simpatizaba nada con el nuevo régimen soviético, sufrió un ostracismo continuado. De poco sirvió que, en Corazón de perro, Filipp Filíppovich declarara que sus críticas no eran «contrarrevolucionarias», sino tan solo defensoras del sentido común. Lo cierto es que la sátira del nuevo homo sovieticus que se reflejaba en sus páginas —no demasiado agria quizás, pero peligrosamente divertida— determinó que la novela se prohibiera aun antes de publicarse (aunque disfrutaría, como otras obras perseguidas, de una prolongada difusión clandestina, en las copias, mecanografiadas o manuscritas, denominadas samizdat). No fue hasta 1987, al amparo de la Glásnot, cuando Corazón de perro vio finalmente la luz en una editorial rusa. Y es que, como viene a decirnos Lord Dunsany en un famoso cuento (De cómo llegó el enemigo a Thulnrana), la risa es el adversario más poderoso y temible, pues, «aunque habita entre los hombres, se trata de uno de los dioses».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«¡Esto sí es una personalidad! Dios mío, ¿hasta quién me has traído, destino perruno mío? ¿Qué hay tras una persona que puede, en presencia del conserje, meter a perros de la calle en una casa de la sociedad colectiva de vivienda? Fijaos, el canalla no hace ni un sonido o movimiento. Cierto que sus ojos están sombríos, pero, en general, se le ve indiferente debajo de la banda con galones dorados. Como si fuera lo que corresponde. Es estima, señores, ¡cuánta estima! Bueno, señor, y yo estoy con él y detrás de él. ¿Qué, conmovido? Pues ¡toma! Estaría bien darle un mordisco en esa pierna proletaria encallecida. Por todas las humillaciones de sus hermanos. ¿Cuántas veces me has desfigurado el morro con el cepillo, dime?».
(Traducción de Marta Sánchez-Nieves)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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