Consuelo de la filosofía, de Boecio

COB-Consuelo-Boecio-scaledEs un lugar común señalar la importancia de la filosofía en la vida diaria. Enfrentar los problemas con una actitud filosófica es algo que parece estar al alcance de todos, un remedio para el que solo hace falta un poco de calma y buena voluntad. No es raro que hasta el más insensato de nuestros amigos se atreva a brindárnoslo como consejo; como tampoco lo es que nos sulfuremos un poco al recibir una ayuda de efecto tan retardado. Y es que la paciencia (uno de los aliados más estrechos de la filosofía) es una virtud que en estos tiempos (los del 5G) escasea bastante. Y sin embargo, la filosofía es una de las pocas herramientas seguras con que cuenta el hombre en momentos de tribulación, cuando falla todo lo demás, ya sea nuestra particular buena suerte o ese gran paraguas llamado estado del bienestar. Y esto es así ahora más que nunca, cuando las teologías y religiones se baten en retirada, y los dioses nos dejan solos como si quisieran certificar nuestro ateísmo. Sin embargo, la filosofía todavía aguanta. Es más, empezamos a sospechar que aquella famosa máxima latina, Primum manducare, deinde philosophari, no era rigurosamente cierta. La mayor escuela de filosofía es la adversidad.

Hay muchas obras de filosofía famosas por su valor consolatorio frente a la mala fortuna. Hay, incluso, escuelas filosóficas enteras consagradas a esa difícil tarea de endulzar los tragos amargos. Ahora que confundimos muchas veces la filosofía con la felicidad (y el egoísmo con la autoayuda), no nos faltan tampoco manuales asequibles, fáciles y rápidos de leer. Pero si hay una obra clásica que puede encarnar a la perfección el valor terapéutico del pensamiento es este bellísimo texto que reseñamos, Consuelo de la filosofía (De consolatione philosophiæ), escrita en momentos de gran aflicción por una de las mentes más preclaras de su tiempo: Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (489-524). Espléndidamente traducida del latín por Eduardo Gil Bera, y publicada por Acantilado en su colección Cuadernos, Consuelo de la filosofía nos brinda un apasionante testimonio de coraje y supervivencia. No hay espectáculo mayor que el ofrecido por una mente poderosa poniendo en pie todos sus recursos, en duelo con la adversidad que la golpea. Se ha dicho que la figura de Boecio («el último romano») enlaza el pensamiento de la Antigüedad clásica con el medieval. Escrita en los albores de la Edad Media, Consolación de la filosofía (c. 524) resume, ciertamente, todo el valioso legado de la cultura grecolatina; en especial, su filosofía, que expresa arropada por el imaginario mitológico pagano y el ejemplo de algunas de sus grandes figuras históricas. Es así que Boecio no duda en servirse del astrónomo Ptolomeo para enfatizar la mezquindad del teatro de operaciones de la Fama, replica bellamente el topos de la Edad de Oro para censurar el acopio de bienes innecesarios, o cita a tiranos famosos como ejemplo del carácter mudable de la Fortuna. Cristiano de credo, mártir incluso para la fe católica (San Severino Boecio, desde 1883), Boecio no dedicará en Consolación de la filosofía ni una sola palabra a la nueva religión, más allá de defender la existencia de un Dios omnipotente que encarna el bien y la felicidad supremas.

Recuerdo que la primera vez que tuve noticia de Boecio (más allá de su mero nombre) fue leyendo un libro del musicólogo madrileño exiliado Vicente Salas Viu (1911-1967), Momentos decisivos de la música (Chile, 1954). El libro reunía (un poco a la manera de Stefan Zweig) una serie de viñetas de músicos ilustres en momentos clave de su vida, que a su vez servían como testimonio de cambios trascendentales en el devenir histórico. El primero de todos era Boecio, el autor del tratado De institutione musica, importantísimo puente de unión entre el pensamiento musical griego y el medieval. La imagen que nos pintaba Salas Viu 51Zs+FaC9lLno podía ser más patética: Sentado a su mesa, sin apenas tiempo para asomarse a la ventana de su calabozo en Pavía, Boecio escribe incansable su última obra, De consolatione philosophiæ, pues sabe que le queda poco tiempo antes de ser decapitado. Esto es, al menos, lo que nos transmite la tradición. Boecio, perteneciente a una encumbrada familia romana y depositario de una cultura fuera de lo común, había merecido desempeñar cargos públicos de enorme relevancia en el reino ostrogodo: cónsul, consejero y mano derecha de Teodorico el Grande. El mismo Boecio refiere en Consuelo de la filosofía muchos detalles acerca de su caída en desgracia, acusado de conspiración por el partido filogótico. Se autoincluye así Boecio en esa trágica nómina de sabios y filósofos de todos los tiempos que han sufrido persecución por inmiscuirse en la política defendiendo lo justo: Sócrates, Zenón, Séneca… Una música que ya hemos escuchado muchas veces.

Como bien podía esperarse de un autor con tan acusada impronta clásica, Boecio inicia su libro apelando a las musas, para que lo ayuden a materializar literariamente su pesar. Sin embargo (y ahí es donde ya se aparta de sus modelos homéricos o virgilianos), será la Filosofía quien responda a sus llamadas de auxilio: una severa dama que comienza su discurso afeándole su invocación a «sirenas» y «cortesanas del teatro», algo impropio de su condición de sabio (¡sus sufrimientos le han hecho olvidarlo!). Pero que no se alarme el lector, las paralizantes censuras de la nueva musa filosófica no le impedirán vestirse con todas las galas de «la retórica y la música», para ofrecernos un diálogo filosófico dotado de un acusado perfil artístico y literario. Así lo veremos en muchas de sus páginas, como en esa bellísima oración en la que se contrapone el armónico y acompasado ritmo de la Naturaleza, sus estaciones y bien regidos movimientos planetarios, con el desgraciado mundo de los hombres, sometidos al cruel y caprichoso imperio de la Fortuna. Y es que la Fortuna (sobre todo cuando es favorable: «indicio de una calamidad venidera») va a ser el primer objetivo de los ataques de la dama Filosofía, que pone de relieve, ante el atribulado Boecio, su irrenunciable carácter voltario, así como la necedad que entraña exigirle una estabilidad ajena a sus propias señas de identidad. A partir de este punto, la medicina se le irá aplicando al sabio de manera progresiva, brindándole cada vez remedios «más poderosos».

En una segunda etapa, tras el desprecio de la Fortuna, la Filosofía le va a enseñar a Boecio la difícil virtud de saber contentarse con poco. A tal fin, despliega ante el sabio la pintura de los grandes bienes que ha disfrutado en el pasado, así como de los que aún conserva, haciéndole ver algo tan evidente como es el hecho de que nadie está contento con su suerte. La felicidad verdadera nace de la victoria sobre las pasiones que enturbian la mente, un ideal estoico cuyo alcance se ve obstaculizado por todos aquellos «bienes falsos» que desvían la búsqueda del sabio: riquezas, dignidades, celebridad, poder, deleites, belleza física… Falsas vías que nos vuelven cada vez más dependientes y desgraciados, y cuyo prestigio la Filosofía desmonta con agudos razonamientos filosóficos, adornados, para nuestro mayor deleite, con bellas alegorías, relatos mitológicos y ejemplos señeros extraídos de la historia antigua. Pero no se quedará ahí la lección. En los últimos capítulos la Filosofía calmará otras incertidumbres que afligen al sabio, como son el triunfo del mal y de los malvados en un mundo sujeto, en apariencia, a la bondad divina; así como otras que animo al lector a descubrir y valorar ya por su propia cuenta.

No siendo probablemente tan sabios como Boecio, creo, sin embargo, que algo de positivo sacaremos de la lectura de este libro. Quizás nos cueste validar todos los razonamientos que defiende la Filosofía. El propio Boecio no deja de traslucir en ocasiones su escepticismo (con un fin meramente dialéctico, claro está). «Es una conclusión asombrosa y difícil de aceptar», opina el sabio, al oír a la Filosofía asegurar que la mayor infelicidad de un malvado es lograr sus fines o permanecer impune. En cualquier caso, la próxima vez que alguien nos sugiera tomarnos un problema con filosofía, es casi seguro que nos acordaremos del libro y no despreciaremos el consejo tan a la ligera. Aparte de disfrutar de un texto literario de gran belleza, habremos aprendido tal vez a relativizar unos grados nuestra suerte particular, a no envidiar a todos los «malvados» cuando triunfan (aparentemente), o incluso ―en el mejor de los casos― a contentarnos con menos cosas (la verdadera felicidad es «la que nos hace autosuficientes»). Quizás nos parezca entonces que el zorro de las uvas no era tan estúpido como lo pintan.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Si tratas de amasar riquezas tendrás que arrebatárselas a alguien. Si pretendes ostentar altos cargos tendrás que suplicar a quien los concede, de modo que para lograr elevarte por encima de los demás habrás tenido que rebajarte y humillarte suplicando. Si deseas tener poder, tendrás que someterte a las insidias y conjuras de tus súbditos. Si aspiras a la fama te debatirás entre complacer a unos y otros hasta que te consuman las preocupaciones. Si decides llevar una vida entregado a los placeres te convertirás en el despreciable esclavo del amo más mezquino y caprichoso, el cuerpo. Quienes presumen de sus atributos físicos ¡en qué frágiles posesiones basan su dicha! ¿Acaso es posible superar en tamaño a los elefantes, al toro en fuerza o al tigre en velocidad? Levanta la mirada hacia la bóveda celeste: contempla su permanencia, la velocidad con que se mueve y deja de admirar cosas insignificantes. Y comprueba que lo más admirable del cielo es la razón que lo gobierna» (traducción de Eduardo Gil Bera).

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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