La subversión de Beti García, de José Avello

La subversion de Beti[Prepublicado en El Cuaderno: 5-VI-2019]

Pocos caminos resultan tan dolorosos como aquel que conduce a una derrota que se prevee inevitable, aunque la dignidad nos exija recorrerlo y la memoria nos reserve para el futuro una justa reivindicación. Porque no es otra la historia de Betsabé, la protagonista de esta excepcional novela de José Avello, La subversión de Beti García: apasionante relato de la lucha que emprende una mujer para liberarse de los condicionantes sociales y de género que la oprimen. Quienes hayan disfrutado ya de Jugadores de billar (2001), la obra cumbre de José Avello, no se sentirán defraudados tras la lectura de esta primera novela suya, La subversión de Beti García (1984), texto narrativo de una menor extensión, pero copartícipe del mismo interés, maestría artística y densidad significativa. Si es verdad que algunos grandes escritores han validado en una obra de madurez promesas anunciadas en textos anteriores de menor relevancia, no es ese el caso que nos ocupa; y el lector podrá recorrer en ambos sentidos estas dos cimas de la literatura española ―separadas por un lapso de casi veinte años― sin merma alguna de su admiración. Finalista del Premio Nadal de 1983, pero agotada su edición en Destino hace ya muchos años, La subversión de Beti García vuelve ahora a las librerías gracias a la iniciativa de Ediciones Trea, que culmina así su recuperación de la obra de ese insigne narrador que fue el asturiano José Avello (1943-2015), labor inaugurada en 2018 con la publicación de Jugadores de billar.

Admira comprobar que en 1983 el autor de La subversión de Beti García recogiera ya en su novela algunas problemáticas que hoy en día, transcurridos más de treinta años, continúan marcando la actualidad, como son el olvido de las víctimas, la marginación de las mujeres o las suplantaciones de paternidad: una condición del texto que certifica su vigencia. Por lo demás, no son pocas las correspondencias entre las dos novelas de José Avello. Ambas tienen su epicentro en los momentos más dolorosos de nuestra historia reciente, como la contienda civil o la inmediata postguerra; aunque en el caso de La subversión de Beti García la acción se focaliza más en la Revolución de Octubre 1934. En las dos novelas hallamos la figura del indiano enriquecido (aunque de signo contrario: en una, como víctima; en otra, como verdugo), que regresa al solar patrio para disfrutar de su fortuna; como también contemplamos en ambas el expolio de los vencidos o la manipulación de las mujeres en una sociedad machista que las ningunea. De igual manera, las dos novelas comparten el fino humor y la ironía inteligente de Avello, que tienen su primera concreción en esa esperpéntica y divertidísima exhibición de fuegos artificiales que acompaña el retorno del indiano Baltasar, y que le sirve al autor para poner en evidencia la común corruptela de los poderes públicos, ya sean liberales o conservadores. Por contra, La subversión de Beti García ofrece como nota propia un componente fantástico, quizás sutil, pero muy perceptible en gran parte de la novela, y que se manifiesta ya en el carácter casi gótico de la casa del Molino de la Veguina, donde la solitaria y abandonada Eulalia la Muda levita sostenida por enjambres de moscas como paso previo a su santificación popular.

La subversión de Beti García es la historia de tres generaciones de una misma familia, cuyo origen conocido se remonta a la llegada de Eulalia la Muda y Baltasar García, supuesto hijo suyo, al pueblo asturiano de Ambasaguas: una sospechosa pareja que, instalada en el Molino de la Veguina, parece arrojar una sombra de culpa sobre los descendientes de su estirpe. El desarrollo de la trama, compuesta de una compleja red de órdenes temporales diferentes, avanza hábilmente engranada y secuenciada en la voz de un narrador, José Manuel, que bebe su información en dos tiempos distintos, el correspondiente a su infancia (a partir de las confidencias e insinuaciones de Ramón, el zapatero jorobado) y su madurez (con el testimonio del Boticario). El carácter trastornado del narrador, recluido en un sanatorio mental desde el mismo inicio de la novela, es sin duda un valioso hallazgo del autor; y no solo porque su alteración contribuye a dotar al discurso narrativo de un plus de fantasía y ambigüedad que lo enriquecen, sino sobre todo porque su alienación representa un poderoso símbolo de la amnesia que sufre una sociedad incapaz de reconocerse en sus víctimas, que cierra voluntariamente los ojos a las verdades dolorosas del pasado: una postura que veremos encarnada, al final de la novela, en los ancianos Nachito del Río y su mujer Beatriz. Una postura opuesta a la protagonizada por el narrador, que junto a la crónica de la subversión de Beti nos ofrece la no menos dolorosa y difícil lucha por recobrar la memoria. Consumada ya la derrota, la memoria nos permite al menos levantarnos.

Pero la protagonista de la novela es Beti García (Betsabé, nombre con una importante carga simbólica; como la tienen también el de Eulalia la Muda ―contradictio in terminis―, Olvidín, Rosario o el propio Volga). Inolvidable figura en una patética galería de mujeres enclaustradas, Beti será llamada a protagonizar una radical subversión contra el cúmulo de mentiras y represiones que la mantienen encadenada desde la infancia, situación simbolizada en los grandes pechos ocultos de su acomplejada madre, y que se sustancia en el encierro ultramarino que sufren las mujeres de la familia, ignorantes del indigno negocio que regenta el padre en tierras bonaerenses. El primer gesto de rebeldía de la niña será el de una voluntaria mudez: su obstinación en no hablar hasta cumplidos los diez años. Pero a diferencia de Eulalia la Muda, Beti romperá al fin su silencio, emitiendo una sorprendente retahíla de complejos vocablos, inusitados para su edad, que llenarán de un temeroso respeto a sus progenitores: otro destello más de esa fantasía y humor luminosos que tanto enriquecen la trama de la novela.

Una vez retornada la familia de Beti a España, e instalada en la reconstruida casa de Ambasaguas, Baltasar García podrá materializar al fin su soñado destino de indiano enriquecido, prócer influyente de una sociedad corrompida que se rinde a su fortuna. Por contraste, las féminas de la casa continuarán abismadas en una existencia tan carente de horizontes, tan alienada y trivial como la que disfrutaban al otro lado del Atlántico, y cuya máxima aspiración se resume en la figura de «una mujer bien alimentada cosiendo sin pensar». Beti, sin embargo, se sustraerá pronto a la férrea norma que dicta su lugar en el mundo a través de su relación amorosa con el maestro particular que le ha puesto su padre, Delfín López (enseguida bautizado por Beti como Volga): un joven idealista que esconde sus firmes convicciones anarquistas bajo una capa de mansedumbre. Volga no solo aleccionará ideológicamente a la niña, sino que también le provocará ―reaparece el componente fantástico― una acelerada metamorfosis corporal parangonable a la obrada por el mítico Pigmalión sobre su estatua de mármol. Un amor precoz que culmina en esa tremenda escena en que los dos amantes, tras hacer el amor, son sorprendidos desnudos en el salón de la casa por toda la familia al completo. La situación provocada por el autor no puede arrojar una mayor carga de ironía contra el rostro de unos personajes que, tras haber fundamentado su vida entera en la represión y los negocios prostibularios, se horrorizan al contemplar por vez primera una exhibición de sexo puro, espontáneo y desinteresado. La fulminante muerte de la madre, Rosario, que no puede soportar una escena que tanto contradice su asumida limitación, viene acompañada por la ruina de los negocios ultramarinos y la muerte del padre: una crisis familiar que parece encontrar su eco simbólico en la inmediata proclamación de la Segunda República.

El momento culminante de la subversión de Beti no llegará hasta unos años después, con la Revolución de Octubre de 1934, cuyos disturbios iniciales posibilitan el reencuentro de Beti con el huido Volga. Dejando atrás una vida de encierro en la tétrica casona de Oviedo, donde sus desquiciadas hermanas sobreviven cercadas por una sociedad hostil que ha descubierto los sucios negocios que sustentaban la fortuna familiar, Beti culminará su liberación uniéndose a la revolución, encarnada en Volga. Fracasada pronto la revuelta, Beti y su amante huirán, en compañía de un variopinto grupo de revolucionarios, a las Brañas del Acebal, un inhóspito paraje de la alta montaña asturiana. Allí encontrarán refugio en una fabulosa casa a medio construir, obra de un imaginativo indiano que no pudo regresar para disfrutarla (contrafigura inequívoca de Baltasar). Un albergue aún más fantástico que el Molino de la Muda, también cercado de helechos, donde no faltan ni la porcelana fina ni los manteles bordados, y que guarda en su estrecho torreón un inesperado piano de cola que en ocasiones hasta toca solo. En este medio tan excepcional, el aislamiento extremo y los padecimientos del hambre inducen en los revolucionarios una experiencia trascendente que se consuma mediante la comunión colectiva de los cuerpos; así como en los arranques de misticismo teísta en que recae Volga, ciego como un profeta por efecto de la nieve, que parece encarnar el rol chamánico propio de una sociedad primitiva. Como suscribirían muchos místicos, las experiencias sobrenaturales se viven en situaciones excepcionales, casi al borde de la muerte. Y es en este contexto tan extremo donde Beti tomará la palabra para narrar a sus sorprendidos compañeros la historia de su vida, que alcanza su punto álgido en la explicación de su mudez, y de alguna manera también, en la escena del estupro paterno, que dibuja un dramático paralelismo con la malsana atracción que el narrador experimenta hacia su hija. La experiencia comunitaria, lastrada desde sus inicios por unos obstáculos casi insalvables, finaliza con el estallido de la Guerra Civil, arrojando como saldo más significativo el alumbramiento de ese hijo de la comuna que es Acebal: un heredero, un mesías que será llamado con el tiempo a salvar su memoria.

Narrada la disolución de la comuna, la novela desemboca en un largo y emocionante final en el que se nos van a desvelar tanto el destino último de Beti como la verdadera identidad del narrador, José Manuel. Una revelación que nos ha sido anunciada antes por señales sutiles (una de las claves narrativas más admirables del autor es la inteligente dosificación de los indicios, la desvelación paulatina de la información). En este sentido anticipador actúan la manifiesta obsesión del narrador por la problemática filiación paterna del Guerrero del Antifaz (alter ego infantil que todavía, en la madurez, continúa atormentándolo), o la perturbadora atracción que experimenta José Manuel por su propia hija Beti, fiel retrato del ángel custodio que velaba sus sueños de niño carente de afecto, y que el testimonio final del Boticario ilumina por completo, restituyéndola a la normalidad. Será también ahora cuando el nombre de Betsabé (Beti) manifieste toda su carga simbólica. Porque la revelación de que Acebal es hijo de Armengol y no de Volga, del «marinero jovial» y no del ideólogo militante (es decir, de David y no de Urías, un soldado), me parece que encierra un significado relevante para la interpretación de la novela. A la par que se aclaran los últimos enigmas de la historia, constatamos que el humor y la ironía que formaban parte del discurso inicial se han apagado por completo, concentrado su autor en el doloroso fin de la inocente Beti, condenada primeramente a una vida de topo en la mansión familiar, y luego, al exilio: un destino que, por encima de su condición de mujer, comparte con el de todo un pueblo. En el presagio formulado por el narrador de que Beti continúa viva y volverá algún día late, sin embargo, un rescoldo de esperanza que se extiende mucho más allá de lo meramente individual.

Creo que es de justicia considerar La subversión de Beti García una obra muy relevante en la indagación de nuestra historia más cercana, y conceder a su narrador, José Avello, un puesto destacado entre las voces literarias que con mayor acierto han sabido retratar la condición humana contemporánea. Al igual que en Jugadores de billar, José Avello ha creado para su primera novela una trama compleja, repleta de acontecimientos atractivos y cuidadosamente seleccionados para su propósito, hábilmente engarzados mediante una polifonía narrativa que sabe armonizar los tiempos y dosificar la información, manteniendo viva en todo momento esa tensión que nos impele a progresar en la lectura: una urdimbre donde no faltan los hilos de oro de la fantasía, la aventura, el humor y la ironía inteligentes. A todo esto hay que sumar la belleza y perfección propias del estilo de Avello, así como el diseño de unos personajes verosímiles, creíbles, convincentes por la fuerza de su humanidad. Me parece que todos estos valores combinados (y no la mera acumulación de datos históricos o la grosera intervención de la voz del autor) son los que conceden a un texto literario la cualidad de verdadero testigo de la historia. Se dibuja así el único camino posible para provocar en el lector esa subversión que la literatura con mayúsculas ha soñado siempre con operar sobre el destino de la humanidad, y que forzosamente se inicia, en un orden menor de acontecimientos, en ese reinventarnos a diario que tanto necesitamos todos para sobrevivir.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Sus padres habían tratado obstinadamente de obligarla a hablar, pronunciar sus nombres, papá, mamá; pero Beti resistió en el silencio y en el balbuceo sin enajenarse en las palabras representantes de las personas y las cosas, yendo a las personas y las cosas mismas; había comprendido que sus padres trataban de hacerla olvidar, separarla de aquel mundo indeciblemente grande y hermoso que era su cuerpo: el aire era su cuerpo y el agua donde la bañaban y las suaves ropas de la cuna, los objetos todos eran parte de ella y ella parte de ellos. Sus padres pretendían ponerle cortinas de palabras, barreras, relaciones y afectos para que tras ellas olvidase la infancia y el nacimiento. No lo lograron».

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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