Piedras de colores, de Adalbert Stifter

Desde que me inicié en la lectura y apreciación de la literatura de Adalbert Stifter (1805-1868) no he dejado de esperar la aparición de este singular libro, Piedras de colores (1853). Creo que a todos los «stifterianos» —supongo que los hay— les habrá sucedido algo parecido, pues hasta la fecha solo contábamos con la versión publicada por Cátedra: una edición cuidadosamente prologada, anotada y muy bien traducida, pero que solo recogía dos de las seis novelitas que comprende el libro original. Además, actualmente está agotada, por lo que la edición completa que acaba de sacar a la luz Pre-Textos (en la traducción de Carmen Gauger) llena un imperdonable hueco en nuestro panorama editorial, sumándose a los otros titulos ya existentes: El solterón, El sendero en el bosque, Brigitta, Abdías y Verano tardío; esta última, su obra cumbre, también publicada por Pre-Textos. Aunque Stifter fue poco valorado por sus contemporáneos, que le reprocharon la endeblez de sus tramas, la inconsistencia de sus personajes y un supuesto conservadurismo, destacados autores posteriores, como Nietzsche, Rilke, Thomas Mann o Handke, supieron redimirlo del olvido resaltando sus valores particulares —que no son pocos—, hasta el punto de ser estimado en la actualidad como el gran maestro de la narrativa austríaca del siglo XIX. Nacido en Oberplan (en la antigua Bohemia), Stifter vivió casi toda su vida entre Viena y Linz, lo que no le impidió ambientar sus obras en medios rurales y de alta montaña, siempre inspirados en los inmensos bosques de su Bohemia natal, trufados de castillos y aldeas, donde los hombres viven en armonía con la naturaleza, aunque sometidos al imperio de una tradición inmutable.

Piedras de colores (Bunte Steine, 2 vols., 1853) es un conjunto de seis novelitas, cinco de ellas publicadas por separado con anterioridad. Al recogerlas en un solo libro, Stifter no solo las retocó, sino que también les cambió el título original para conferirle una mayor unidad a la colección: Granito, Cristal de roca, Turmalina… Además, compuso dos textos preliminares de notable interés, necesarios para comprender este curioso y original «lapidario» de piedras modestas, que alcanzó un notable éxito en el momento de su publicación. En el Prefacio, Stifter nos ofrece una breve defensa de su arte poética, donde lo pretendidamente menor guarda la misma relevancia que los «grandes asuntos». Una breve Introducción nos desvela seguidamente el significado del enigmático título del libro: un homenaje a las piedrecillas que el autor recogía y coleccionaba de niño; símbolo de ese tono discreto, pretendidamente menor de sus relatos, y anuncio del protagonismo infantil que se repite, en mayor o menor medida, en todas las historias.

Granito (Granit), la primera novela del libro, es un relato de admirable perfección, con varios niveles de narración y cuidada simetría formal. Un ingenuo niño que ha cometido una travesura inconsciente es consolado por su abuelo llevándoselo a pasear por la montaña, circunstancia que aprovecha para narrarle la historia —bastante apocalíptica— de una epidemia de peste que asoló la comarca en tiempos pasados. El egoísmo de los que pretenden hallar su salvación huyendo de la compañía de los hombres es contrapesado por la proeza del niño superviviente, que salva la vida de un niña que luego resultará ser una especie de «princesita». Nos quedaremos, pues, con la divertida duda de si el abuelo no le habrá narrado a su nieto un cuento de hadas. Llama la atención en este relato la alusión que hace el abuelo a los protagonistas de otra novela de Stifter, Alta selva (*), que sufren, durante la guerra de los Treinta Años, una peripecia comparable a la de la peste. Piedra calcárea (Kalkstein) tiene como protagonista a un cura rural que vive atormentado por un trágico pasado. Su patética historia, expuesta con una notable maestría, tiene en el minimalismo de su anécdota final (el peligroso vado para los niños) todo el encanto que Stifter saber infundir a las cosas pequeñas. La escena de la tormenta estival, que obliga al narrador a refugiarse por una noche en la casa del cura, constituye, no obstante su gratuidad, una página antológica, compuesta con ese pormenor con el que Stifter observa y describe los fenómenos de la naturaleza. Un relato donde el color blanco de la piedra que lo nombra está muy presente, con la significativa excepción del hábito del cura: un juego cromático que el autor —también notable pintor— hace extensible a todas las restantes piedras de su colección. Turmalina (Turmalin) es una encantadora novelita breve que nos desvela una inesperada habilidad de Stifter para urdir una trama de intriga que se matiene viva hasta el final. Es el único relato ambientado en la ciudad, en las afueras de Viena, aunque no faltan en la historia una vieja casona semiabandonada, varios personajes estrambóticos y unas misteriosas melodías de flauta interpretadas al claro de luna. Cristal de roca (Bergkristall) es uno de los más conocidos y apreciados relatos del libro, ya recogido en la edición de Cátedra anteriormente citada. Incansable pintor de bosques, senderos y cumbres, Stifter inicia su novela con una demorada descripción de la alta montaña austríaca, de sus aldeas aisladas y sus peculiares habitantes, herederos de unas tradiciones seculares. Inspirada, al parecer, en una historia real escuchada por el autor, Cristal de roca tiene, sin embargo, el encanto de una leyenda rural: dos niños que regresan de visitar a su abuela en la víspera de Navidad deberán cruzar un peligroso paso de montaña bajo una colosal nevada. Su aparente simplicidad, sin embargo, es engañosa. Desde los indicios atmosféricos iniciales, que tejen un sutil clima de amenaza, hasta las sobrecogedoras escenas nocturnas en el hielo, la aventura está narrada mediante un perfecto y bien medido crescendo, lleno de verosimilitud y detalles realistas, que confirman de nuevo el perfecto observador de la naturaleza que fue Stifter. Mica blanca (Katzensilber) es el único relato del libro no publicado con anterioridad, compuesto específicamente para la recopilación de 1853. Una destructiva tormenta de granizo, una misteriosa niña del bosque, los encantadores cuentos de hadas que narra la abuela y un incendio (sin víctimas) son los elementos sobresalientes de esta apacible crónica rural, donde la naturaleza es la verdadera protagonista. No obstante su brevedad, Calcita (Bergmilch) es un texto de mayor densidad, que se ha querido comparar, en virtud de su argumento, con La marquesa de O, el famoso relato de Kleist. Sin embargo, es difícil imaginar dos temperamentos más opuestos que los de estos dos insignes escritores. Ambientada en las postrimerías de las Guerras Napoleónicas, la novela de Stifter narra —sin que medie hecho violento alguno— una historia de amor entre una joven y un oficial enemigo que se presenta inesperadamente en su castillo. Esta estupenda novelita, que fue también recogida en la edición citada de Cátedra con el título de Creta blanca, es una de las mejores y más amenas de Stifter, y cierra brillantemente el libro.

(*) Alta selva (Der Hochwald): una atractiva novelita de Stifter que merece también ser rescatada. Por el momento solo se puede leer en una liliputiense edición de Montaner y Simón de 1946.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Hacia el sur se ve desde el pueblo un monte nevado que con sus picos brillantes parece estar casi encima de los tejados de las casas, pero en realidad no está tan cerca. Todo el año, verano e invierno, mira hacia el valle con sus peñascos salientes y sus blancas planicies. Por ser lo más llamativo que tiene en su entorno, ese monte es objeto de contemplación por parte de los habitantes y se ha convertido en punto central de muchas historias. No hay hombre ni anciano en la aldea que no sepa contar algo sobre los picos y las puntas quebradas de ese monte, sobre sus grietas heladas y sus cavernas, sus corrientes de agua y sus masas de guijarros, algo que haya vivido él mismo o que haya oído contar a otros.» (Cristal de roca, traducción de Carmen Gauger)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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