Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos, de Yasutaka Tsutsui

Yasutaka Tsutsui (1934) es un escritor japonés de excepcional interés, descubierto en nuestros pagos por ediciones Atalanta, que tuvo el acierto de traducir al castellano, hace ya una década, Hombres salmonela en el planeta Porno (2008). Luego publicó una segunda recopilación de relatos, seleccionados por el propio autor, Estoy desnudo y otros cuentos (2009), a la que siguió la novela Paprika (2011). La buena aceptación que ha tenido en nuestro país este escritor tan particular explica sobradamente que ahora se nos presente una cuarta entrega de su obra: Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos: un conjunto de relatos publicados originariamente por entregas en la revista Shōsetsu Shinchō (1970-1971), y que tienen como protagonista a Nanase, una joven con poderes paranormales que le permiten adivinar el pensamiento de quienes la rodean.

Yasutaka Tsutsui es considerado en su país un destacado cultivador de la ciencia ficción comprometida, de aquella que, siguiendo la estela se Swift, Bulgákov o Čapek, se centra en el análisis crítico de la sociedad, y no se manifiesta solo como literatura de entretenimiento. Un nuevo punto de vista, aunque parezca imposible, nos permite a veces afinar el tiro, dar en el blanco. Internados en el terreno de la fantasía y aceptado lo improbable, nos resulta más fácil tirar de la manta y que lo oculto salga a la luz. En la novela El Diablo cojuelo, el demonio levanta los tejados de las casas madrileñas para mostrar la impudicia de sus moradores, y en Diario de un perro, de Panizza, una mascota especialmente dotada se convierte en testigo de cargo de la Humanidad. En los cuentos de Tsutsui, la clarividencia de Nanase, una criada de dieciocho años, nos desvela que la sociedad se fundamenta en la hipocresía. Nuestras relaciones casi nunca son sinceras, pues lo que decimos y lo que pensamos se corresponden raramente. Ya intuíamos algo de esto, pero no nos dábamos cuenta de todo su alcance, quizás porque solo veíamos nuestra propia doblez, y para esta tenemos siempre comprensión y tolerancia infinitas. La mordaz escritura de Tsutsui nos pone frente al espejo. Con un estilo de admirable sencillez y un desarrollo lógico implacable, el afilado bisturí del japonés nos imparte ocho lecciones magistrales de anatomía, ocho disecciones de la sociedad japonesa vista a través de la institución familiar. No son relatos de complaciente lectura, pues sus dardos se clavan siempre en lugares que nos duelen. ¿Es que no somos todos unos farsantes? ¿No nos obliga la sociedad a protagonizar parecidas imposturas? Sí, lo sospechábamos: nos pasamos todo el santo día actuando. Pero nadie nos lo había mostrado antes con tanta imaginación, humor y eficacia.

Leído el primer relato, «Zona de las calmas», implacable radiografía de una disolución familiar, nos asaltó el temor de que las restantes historias fueran una simple repetición. Inventada la herramienta, el trabajo se vuelve rutinario. Pero no es así. Ya en el segundo de los cuentos, «Cautivos de la suciedad», admiramos la originalidad del planteamiento: el exagerado desaliño que comparte una familia numerosa es ahora el foco de atención. Pero la basura no está solo en el polvo y la ropa sucia, sino también dentro de las personas. Nanase solo puede vencer a la primera. En «Himno a la juventud» profundizamos en el conocimiento de las extraordinarias habilidades de Nanase, testigo en esta ocasión de la fuerte personalidad de Yōko, su nueva ama, a la que es capaz de seguir telepáticamente a gran distancia, incluso cuando va de compras a la ciudad o se cita con su joven amante. El punto de mira está ahora puesto en una pareja sin hijos, incomunicada e incapaz de enfrentarse constructivamente al fin de su juventud. En «El melocotón» se hace escarnio de esa obsesión patológica por el trabajo que se atribuye de manera proverbial a los japoneses. Katsumi, padre de familia de 55 años, vive dolorosamente su prematura jubilación, hostigado doblemente por una pulsión erótica insatisfecha y por el desprecio apenas velado de su familia, que comienza a verlo ya como un trasto inútil. Un cuento cruel, casi sádico, donde ni siquiera la joven mentalista sale bien librada. A partir de este relato, el acoso machista que sufre Nanase se convertirá en un leit-motiv importante del libro. «Una Bodhissattva entre las llamas del infierno» nos muestra la represión emocional de una esposa, Kikuko, que profesa un código de honor matrimonial que le impide exteriorizar el sufrimiento provocado por la infidelidad de su esposo, un profesor universitario de Psicología conocedor de los antecedentes paranormales del padre de Nanase. Durante algunas páginas la narración se vuelve pedagógica y aprendemos qué son las cartas de Zener, que le serán aplicadas a la joven sirvienta. Aunque el relato es un varapalo a los psicólogos y a las ambiciones profesionales desmedidas, el final de la historia pertenece a la esposa, a Kikuko: su particular «bushido» matrimonial desembocará en un auténtico seppuku. Aunque el fondo de los relatos se mantiene constante a lo largo del libro, enseguida apreciamos la pasmosa habilidad del autor para dotarlo de variedad. Podríamos hablar de un tema con variaciones, con una implicación progresiva de la narradora, que pasa de manifestarse como mera observadora a convertirse en víctima de sus propios poderes, cuando no en una manipuladora sin escrúpulos (¿quién podría resistirse a serlo, manejando tanta «información privilegiada»?). Así lo vemos en el siguiente cuento, «Fruta del cercado ajeno», donde se evidencian las fantasías sexuales cruzadas entre dos parejas. El final feliz es propiciado involuntariamente por la intervención de Nanase. En «El pintor de los domingos» se retrata un nuevo tipo, el del artista narcisista: un pintor de cuadros abstractos que se muestra perfectamente indiferente a su entorno familiar. Nanase, que en un principio se siente atraída por él —quizás porque solo lee en su mente figuras geométricas—, terminará comprendiendo que no es mejor que los demás. «Querida mamá, que en paz descanses» se desarrolla durante el funeral de una madre patológicamente posesiva, una ceremonia de la hipocresía llevada hasta el extremo. En este cuento negro, el más tétrico de todos, constatamos algo que ya presentíamos: que las variaciones estaban compuestas en crescendo, y que ahora nos toca escuchar los últimos acordes, aterradoramente ensordecedores.

Se impone una reflexión final sobre la protagonista de los cuentos. Es evidente que la arista más afilada de su clarividencia apunta siempre hacia fuera, pero no puede asegurarse que falte, en los relatos de Tsutsui, una reflexión moral —al menos implícita— sobre los límites que sobrepasa Nanase con sus poderes. Ser invisible, vivir eternamente o adivinar el futuro son imposibles que nos seducen. Hemos fantaseado muchas veces con protagonizarlos, olvidando que, si se cumpliera nuestro deseo, nos conducirían inevitablemente al desastre. La literatura nos lo ha advertido con frecuencia. No nos conviene ser ni Midas ni el Judío errante, ni tan siquiera el hombre invisible. A este respecto, la elección de una joven de dieciocho años no es gratuita. ¿Podrá vivir Nanase muchos años más con la terrible carga de enfrentarse cada mañana a la mirada de la Gorgona? Lo dudo mucho. Nuestra hipocresía —nos guste o no— es el espejo que nos salva de los otros.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Al fin, Nanase se dio cuenta de que esa aparente armonía familiar no se había mantenido gracias a la cháchara de Eiko, sino a la música de fondo que procedía del televisor. Una vez apagado éste, un silencio asfixiante agredió a la familia. No había más remedio que irse a la cama.» (Lo que vio la criada, traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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